miércoles, 28 de enero de 2015

Cómo acabar con los escritores (y resucitar la literatura)

Entre las páginas del relato de Roal Dahl El gran gramatizador automático se encuentra escondida la visionaria solución para terminar con los (mediocres) escritores y resucitar la (buena) literatura: tecnología aplicada, visión empresarial, modelo agresivo de negocio, ventajosos contratos editoriales y…

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El obituario de la literatura se ha escrito en numerosas ocasiones. La más lucida que he leído últimamanete es la que escribió @olahjl hace ya algún tiempo y que tenía el definitorio título de La muerte de la literatura.

Pero tengo la solución. Y vengo hoy a compartirla con ustedes. Se encuentra escondida en las páginas de un relato de Roal Dahl: El gran gramatizador automático.

A Roal Dahl se le suele asociar con literatura infantil y juvenil. Pero no es del todo justo.

El hecho de que muchos de sus personajes sean niños, (los casos más notables son la consumada lectora Matilda y la cinematográfica Charlie y la fábrica de chocolate), no significa que sus historias sea infantiles.

De hecho, tiene multitud de relatos que nada tienen de infantil aunque su lectura sí pueda ser perfectamente recomendable para adolescentes con cierta inquietud literaria.

Pero volvamos al Gran gramatizador automático y a la solución que plantea para resucitar a la literatura.
Se lo explico, aun a riesgo de destripar la trama de un texto que, de todas formas, #RecomiendoLeer.

La idea es sencilla.
La empresa que dirije el Señor Bohlen acaba de construir una máquina sin par:
“Acaba de concluirse la construcción de la gran calculadora automática, encargada por el gobierno hace algún tiempo. Probablemente se trate de la calculadora automática más rápida que existe actualmente en el mundo. En cinco segundos da la respuesta correcta a un problema que un matemático tardaría un mes en descifrar”.
Pero su principal desarrollador, Adolph Knipe, no está contento,  porque él, en realidad, lo que quiere es ser escritor. Pasa sus ratos libres dedicado a escribir relatos que envía compulsivamente a las revistas con la esperanza de que se los publiquen. Esperanza que nunca se ve satisfecha.

Y un día, frente a su máquina de escribir tiene una brillante revelación:
"…una idea fantástica, pero tan impracticable que en realidad no merece la pena pensar en ella".
que básicamente consiste en que
…podrá construirse una máquina con el mismo sistema que la calculadora electrónica, transformándola de modo que colocase palabras en un orden determinado en lugar de números, acorde con las reglas gramaticales. Se introducen verbos, nombres, adjetivos y pronombres; se almacenan en la selección de memoria a modo de vocabulario, y con un mecanismo adecuado se extraen cuando sea necesario.
Tras quince días de intenso trabajo le presenta su idea a su jefe el Señor Bohlen.
Como podrán imaginar, no se lo toma muy en serio. Su principal objeción, como buen empresario, es "¿qué dinero nos producirá?".

La respuesta es sencilla, a la par que brillante:
Verá, con mi máquina, gracias a un coordinador adaptado entre la sección de “memoria” de argumentos” y la de “memoria de palabras”, puedo producir cualquier tipo de relato que quiera, simplemente apretando el botón correspondiente.
Esta máquina puede producir un relato de cinco mil palabras, mecanografiarlo y terminarlo en treinta segundos. ¿Cómo pueden competir con ella los escritores?
Y es ahora cuando el relato se vuelve visionario cuando predice la actual situación de la literatura:
Hoy en día un artículo hecho a mano no tiene ningún porvenir. No puede competir con la producción en serie, sobre todo en este país, y usted lo sabe.
A nadie le importa cómo se hacen las cosas con tal de que se vendan. ¡Los venderemos al por mayor! ¡Rebajaremos los precios para competir con todos los escritores del país! ¡Acapararemos el mercado!
Roal DahlTras hacer unos cálculos sobre el dinero que cobran los autores por publicar un relato y una estimación de la aceptación que tendrían sus producciones en serie, la conclusión es que será un buen negocio. Y así es como el Señor Bohlen accede a construir la máquina.

Deciden montar una agencia literaria, con nombres de autores ficticios, desde la que mandarán sus originales automáticos a las revistas y gestionarán los ingresos. Así parecerá juego limpio. Y para aportar más veracidad a su iniciativa, algunos de los relatos irán firmados por ellos mismos.

Excuso decirles que, después de unos primeros intentos de prueba, el invento acaba por funcionar a la perfección. De los trece primeros relatos que enviaron, seis fueron aceptados de inmediato, tales eran la calidad literaria y la solidez de los argumentos.

En vista del éxito, el Señor Bohlen, llevado por su nueva ambición de escritor de éxito, decide darle una vuelta de tuerca al proyecto:
- quiero escribir una novela
Y así fue como la máquina fue transformada para que escribiera novelas, con un sistema de control fantástico que permitía al autor, literalmente, preseleccionar cualquier clase de argumento y de estilo.
…al pulsar uno de los botones principales, el autor tomaba la primera decisión para incluir la novela en una de las siguientes categorías: histórica, satírica, filosófica, política, romántica, erótica, humorística.
Después, entre la segunda fila de botones (que eran los básicos), elegía el tema: vida militar, época de los pioneros, guerra civil, guerra mundial, problema racial, salvaje oeste, vida en el campo, recuerdos de infancia, vida en el mar, fondo del mar y muchísimos más.
La tercera fila de botones permitía elegir el estilo literario: clásico, fantástico, picante, Hemingway, Faulkner, Joyce, femenino, etc.
La cuarta fila era para los personajes; la quinta, para el léxico, y así sucesivamente, hasta diez largas filas de botones de preselección.
Pero esto no era todo, mediante un sistema podía matizar o mezclar continuamente cincuenta elementos distintos y variables, tales como tensión, sorpresa, humor, patetismo y misterio.
A partir de este punto el Señor Bohlen y Adolph Knipe comienzan a intercambiar sus papeles. El que antes era el empresario preocupado por la rentabilidad del proyecto se transforma en un ambicioso creador, ávido de reconocimiento literario; y el escritor con ínfulas demuestra un inusitado talento para los negocios.

Y ese talento se pone en marcha con la estrategia de comprar a todos los escritores; y si no se venden, se les aplasta.
Tengo una lista de los cincuenta escritores de mayor éxito del país, y lo que he pensado es ofrecerles a cada uno un contrato de por vida. Lo único que tienen que hacer es comprometerse a no volver a escribir ni una palabra y, naturalmente, permitirnos que firmemos nuestra producción con sus nombres.
Tras algunas negociaciones fallidas, al cabo de unos pocos meses el setenta por ciento de los escritores de su lista había accedido a firma el contrato.
– ¿Sabe usted por qué ha firmado?
– ¿Por qué?
– No es por el dinero. Le sobra.
– ¿Entonces?
– Porque ha visto que el material hecho a máquina es mejor que el suyo.
Trancurrido un año, la mitad de los relatos y novelas publicados eran obra de Adolph Knipe con el Gran Gramatizador Automático.
Y a medida que se divulgaba el secreto aumentaba el número de los autores que corrían a asociarse con el señor Knipe, y así el tornillo se iba apretando con más fuerza sobre los que no se deciden a firmar.

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La historia termina con Dahl hablando en primera persona de esta aterradora manera:
En este preciso momento, mientras oigo los alaridos de hambre de mis nueve hijos en la otra habitación, noto que mi mano se acerca más y más a ese contrato dorado que está al otro lado de la mesa. 
¡Oh, Señor, danos fuerzas para dejar que nuestros hijos mueran de hambre
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Lo mismo este relato le aporta una idea de negocio a la gente de Molino de Ideas.
Solo espero que, si lo ponen en práctica, me nombren director de la agencia literaria que creen para llevar a cabo su tarea.

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Para leer más:
• Roal Dahl: El gran gramatizador automático.
Profesor en la Secundaria. Blog
Mariano José de Larra: Literatura.  Rápida ojeada sobre la historia e índole de la nuestra. Su estado actual. Su porvenir. Profesión de fe. El Español. Diario de las Doctrinas y los Intereses Sociales, n.º 79, lunes 18 de enero de 1836, Madrid.

Larra. Facsímil del su artículo "Literatura"
Mariano José de Larra: Literatura.  Rápida ojeada sobre la historia e índole de la nuestra.
Su estado actual. Su porvenir. Profesión de fe
.
Facsímil del original publicado en El Español. Diario de las Doctrinas y los Intereses Sociales,
n.º 79, lunes 18 de enero de 1836, Madrid.

martes, 27 de enero de 2015

El primer libro que mató a su lector

Varios siglos antes de que se escribiera la famosa novela que transcurre en una Abadía, en la que suceden luctuosos acontecimientos que giran en torno a un "libro asesino", varios siglos antes incluso de la época en la que se desarrolla la novela, ya se había escrito un relato en el que dos protagonistas dirimen sus diferencias frente a un valioso libro, lleno de misterios, que, ingeniosamente envenenado, es utilizado como arma homicida.

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Cuando les digo que es conveniente leer a los clásicos es por curiosidades como la que les voy a contar. Para que vean que, en realidad, no estamos inventando nada; solo reinterpretando y reescribiendo.

Umberto Eco
Umberto Eco es catedrático de Semiótica en la Universidad de Bolonia. Sus primeras obras fueron ensayos relacionados con esta temática, algunos tan imprescindibles como Apocalípticos e integrados, de 1964, el Tratado de semiótica general, de 1975, Lector in fabula, de 1979, o sus más recientes La historia de la belleza y La historia de la fealdad.

Aunque su popularidad se debe más a su producción literaria que a la académica. Y esa producción comenzó en 1980 con una de las novelas de mayor impacto en el panorama literario internacional de los últimos tiempos. Nos referimos a El nombre de la rosa.

Novela histórica, relato detectivesco, ensayo medievalista, la obra permite múltiples lecturas a gusto del lector. Eso suponiendo que sea capaz de sobrepasar las primeras 50 páginas, filtro con el que Eco comenzó la obra con la consciente intención de seleccionar de inicio a sus lectores. Como ven, un curioso ejercicio de elección inversa: no es el lector el que elige su lectura, sino el autor el que selecciona a sus lectores.

La no menos exitosa versión cinematográfica despertó las iras de los fans de la novela por su simplificación y allanó el terreno a aquellos que no superaron la prueba de las primeras páginas.

La novela se desarrolla en el invierno de 1327 en una abadía benedictina, famosa en toda la cristiandad por su impresionante biblioteca, no solo por los volúmenes que contenía sino por su estructura arquitectónica en forma de laberinto y peculiar sistema de organizar sus contenidos.

Acuden allí numerosos doctores de la iglesia a dirimir cuestiones tan relevantes como si Jesucristo rió en algún momento de su vida o sobre si era dueño de las ropas que vestía. Estos temas pueden parecer irrelevantes pero algunos siguen sin solución teológica definitiva, como el de la pobreza de la Iglesia; y ese debate teológico fue muy cruento en su época.

Como aderezo fundamental, algunos luctuosos acontecimientos acaecidos en la abadía han llenado de desasosiego a los monjes, a su Abad y, en particular a un veterano miembro de la congregación, guardián de la ortodoxia monacal y del acceso al conocimiento.

Y uno de los invitados al debate, conocido por su astucia, agudeza mental y dotes deductivas, recibe el encargo de investigar discretamente estos lamentables acontecimientos. Empujado por su propia soberbia intelectual, tendrá que infringir algunas de las normas de la abadía para descubrir el misterio.

<spoiler>

Tractatus Coislinianus. Primera páginaEse misterio tiene que ver con un libro. Un libro del que no se tiene certeza de que fuera escrito realmente, pero cuya sola mención en un tratado antiguo causa un inusitado interés por la cantidad de seguidores y detractores que suscitan tanto el autor como la obra en sí.

Se trata del Segundo libro de poética de Aristóteles. No existen copias ni más referencias que el Tractatus Coislinianus, en el que se recoge un resumen de su contenido. Esta segunda poética de Aristóteles trata sobre la comedia como medio de conseguir la catarsis.
En román paladino, que "a través del placer y la risa se produce la purgación de las emociones".

Este contenido es el que resulta polémico para el debate teológico que tiene lugar en la Abadía.

Y como su supuesto autor, Aristóteles, es reconocido como una autoridad en cuanto escribió, el solo hecho de que hablara de la comedia y de sus efectos benéficos y aleccionadores frente a la tragedia provoca terror en los más reaccionarios guardianes del dogma cristiano.

Fray Jorge de Burgos y Jorge Luis BorgesA los efectos del tema que nos ocupa, de entre los protagonistas de ficción, porque otros son históricos, conviene destacar a dos: Fray Jorge de Burgos y Fray Guillermo de Baskerville.

Jorge de Burgos es el pérfido monje de origen español, temido y respetado a partes iguales. Bibliotecario frustrado a causa de su ceguera, es pese a todo quien controla lo que sucede en torno a la biblioteca a través de sus bien aleccionados sicarios.
El propio Eco ha reconocido que este personaje es deudor de Jorge Luis Borges.

Sherlock Holmes y Fray Guillermo de Baskerville
Guillermo de Baskerville es un brillante mestizaje a medio camino del Sherlock Holmes de Conan Doyle (el apellido no deja lugar a dudas) y de Guillermo de Ockham, el de la Navaja de Ockham, principio filosófico y metodológico de impresionante claridad: "en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la correcta".

Con las virtudes y defectos de ambos personajes a sus espaldas, Guillermo de Barkerville, con la inestimable colaboración de su "fiel escudero" Adso de Melk, narrador en primera persona de la historia, investigan, y resuelven, los crímenes ocurridos en la Abadía.

De ese "libro que nunca fue escrito" existe una copia en la Abadía; seguramente la única copia. Pero Jorge de Burgos tiene terminante prohidida su lectura, por los motivos antes expuestos. Y todos aquellos que osan infringir esa prohibición padecen en sus carnes el castigo máximo: la muerte en extrañas circunstancias.

El nombre de la rosa. Libro envenenadoPero Guillermo de Baskerville desenmascara toda la farsa. El libro está envenenado, impregnado en la parte superior de las hojas de un veneno letal que va haciendo su efecto conforme el ávido lector va humedeciendo sus dedos con su saliva para poder pasar las páginas del manuscrito más facilmente.

Y aunque Jorge de Burgos, en un falso gesto de reconocimiento y admiración, permite a Guillermo de Baskerville la lectura del libro, nuestro astuto franciscano ya ha deducido el método por el que el libro mata, no cae en el ardid y se pone unos guantes. Y como también padece de cierta incontinencia verbal, confiesa su descubrimiento al propio Jorge en la escena cumbre de la novela.
En este momento dan comienzo "largas horas de zozobra", la muerte del pérfido ciego, la pérdida del libro y la destrucción total de la biblioteca y de todos los tesoros que guarda.

</spoiler>

Esta escena de dos personajes enfrentados, de la curiosidad intelectual de uno de ellos, del envanecimiento de ambos, del destino trágico que han de correr, y de un libro envenenado como arma homicida tiene su origen varios siglos antes de la novela de Eco; incluso varios siglos antes de la época en la que transcurre la obra.

Por eso comenzaba este apunte hablando de la importancia de leer a los clásicos.

Y es que una situación similar ya apareció en la más célebre recopilación de cuentos y relatos orientales: Las mil y una noches.

Entre sus pasajes más conocidos se encuentran Aladino y su lámpara mágica, Alí Babá y los cuarenta ladrones o Simbad el marino.
Pero contiene otros muchos que ha sido después reescritos o reinterpretados en la literatura posterior, desde las novelas de caballerías a los relatos detectivescos, pasando por la ciencia ficción.

La historia se narra en la Noche XIV.

El rey ha decidio decapitar a su médico, persuadido por sus consejeros de que quiere asesinarle. Y el médico, después de despachar sus asuntos y repartir la herencia, comunica al rey que:
"A fe que tengo un libro que es verdaderamente el extracto de los extractos y la rareza de las rarezas, que quiero legarte como un obsequio para que lo conserves cuidadosamente en tu armario".
- ¿Qué libro es ese?

Y contestó el médico:

- Contiene cosas inestimables; el menor de los secretos que revela es el siguiente: cuando me corten la cabeza, abre el libro, cuenta tres hojas y vuélvelas; lee en seguida tres renglones de la página de la izquierda; y entonces la cabeza cortada te hablará y contestará a todas las preguntas que le dirijas.

(…)

Entonces entró el médico y se colocó de pie ante el rey, con un libro muy viejo y una cajita de colirio llena de unos polvos. Después se sentó y dijo:

- Que me traigan una bandeja.

Le llevaron una bandeja, y vertió los polvos, y los extendió por la superficie. Y dijo entonces:

- ¡Oh rey! coge ese libro, pero no lo abras antes de cortarme la cabeza. Cuando la hayas cortado colócala en la bandeja y manda que la aprieten bien contra los polvos para restañar la sangre. Después abrirás el libro.

Pero el rey, lleno de impaciencia no le escuchaba ya; cogió el libro y lo abrió, pero encontró las hojas pegadas unas a otras. Entonces metiendo su dedo en la boca, lo mojó con su saliva y logró despegar la primera hoja. Lo mismo tuvo que hacer con la segunda y la tercera hoja, y cada vez se abrían las hojas con más dificultad. De ese modo abrió el rey seis hojas, y trató de leerlas, pero no pudo encontrar ninguna clase de escritura. Y el rey dijo:

- ¡Oh médico, no hay nada escrito!

Y el médico respondió:

- Sigue volviendo más hojas del mismo modo.

Y el rey siguió volviendo más hojas. Pero apenas habían pasado algunos instantes circuló el veneno por el organismo del rey pues el libro estaba envenenado. Y entonces sufrió el rey horribles convulsiones (…) y cayó muerto.

Como habrán comprobado, este pasaje sirvió claramente a Umberto Eco de inspiración.

Y si no me creen, acudan al capítulo de la noche del Séptimo día de El nombre de la rosa, "donde, si tuviera que resumir las prodigiosas revelaciones que aquí se hacen, el título debería ser tan largo como el capítulo, lo cual va en contra de la costumbre".

viernes, 23 de enero de 2015

Si decimos Modisto… ¿por qué no Taxisto, Dentisto o Pianisto?

Si no decimos taxisto, dentisto, astronauto, burócrato o pianisto para referirnos a estos grupos de personas, profesiones, actividades o atributos… ¿por qué sí está aceptado el término modisto?

Se trata de una anomalía gramatical.

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El otro día escuché a un afamado modisto reivindicar que él en realidad era un ModistA, no un ModistO.

Y su argumento era impecable desde el punto de vista gramatical: los sustantivos comunes terminados en -ista no admiten la forma masculina terminada en -isto.

Porque no decimos taxisto, pianisto, dentisto, electricisto, automovilisto
Así que él considerada que debía hacerse referencia a este grupo de profesionales en su forma original "Modista".

Me ha intrigado un poco esta reflexión porque la RAE incluye en su diccionario el término "Modisto" como "Hombre que tiene por oficio hacer prendas de vestir". Pero no encontrarán los demás términos mencionados.

¿Por qué? Veamos.

Según el "Manual de la Nueva Gramática de la Lengua Española"
Son comunes en cuanto al género los sustantivos de persona que designan tanto a hombres como a mujeres. Estos sustantivos no permiten distinguir el sexo de las entidades a que se refieren mediante el empleo de desinencias, sino solo a través de la concordancia con adjetivos y determinantes: el cónyuge / la cónyuge; el testigo / la testigo.
Y continúa definiendo las Clases morfológicas de los sustantivos comunes en cuanto al género (#2.2.2):

Entre los sustantivos que designan personas, suelen ser comunes en cuanto al género los siguientes:

- la mayoría de los los terminados en -E; conserge, cónyuge, detective, intérprete, pobre… No son posibles las formas feminizadas termiandas en -a.

- la mayor parte de los que acaban en -I o en Y (tónica o átona); maniquí, pelotari, yóquey…

- algunos terminados en -O: modelo, soprano, testigo, sabelotodo… no siendo aceptables tampoco sus equivalentes terminados en -a.

- algunos terminados en consonante;
* Casi todos los no agudos acabados en -R, -S, -T, como mártir, papanatas, pívot.
* También los agudos terminados en -AR o -ER, como auxiliar, canciller, mercader
* los procedentes de adjetivos que terminan en -AL, como comensal, corresponsal, heterosexual, profesional… (Algunos sí añaden -a para el femenino: colegial, español, zagal, concejal
Y ahora llegamos al punto clave para el tema que nos ocupa. Entre los sustantivos que designan personas, suelen ser comunes:

- muchos acabados en -A; normalmente de origen griego que denotan profesiones, actividades o atributos: astronauta, burócrata, cabecilla, demócrata, turista

Como habrán deducido, no son gramaticalmente correctas las formas maculinizadas terminadas en -o.

Entre estos sustantivos se encuentra un grupo numeroso de nombres comunes en cuanto al género que se forman con el sufijo -ISTA: artista, automovilista, dentista, pianista, taxista, violinista.

¿Por qué sí está aceptado ModistO?

La propia Gramática nos da la solución:
El sustantivo modista generó la forma —anómala morfológicamente, pero ya extendida— modisto (varón).
¡ea!

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Si tienen curiosidad por conocer la doctrina académica respecto al género y todos sus casos posibles, tendrán que acudir al Manual de la Nueva Gramática de la Lengua Española, el mamotreto de más de 1000 páginas, capítulo 2.
Y si lo prefieren, vayan directamente a la obra completa.

Por desgracia, un pdf del Manual que andaba colgado en la red ha desaparecido por incumplir las normas de uso de Google Drive.


P.D. Una vez terminado esta apunte encontré esta reflexión sobre el término Modisto en el Blog de Lengua de Alberto Bustos.

lunes, 19 de enero de 2015

El año en el que Nobel de Literatura fue declarado desierto

Las Primera y Segunda Guerras Mundiales ocasionaron, por razones obvias, que no se concediera el Nobel de Literatura en las ediciones de 1914 y 1918 (sí se concedió en las ediciones de 1915, 1916 y 1917), y de 1940 a 1943, ambos inclusive.

Pero 1935 fue la única edición en el que el prestigioso premio fue sido declarado desierto; no se concedió a ninguno de los nominados. 

Entre los nominados de ese año se encontraban G. K. Chesterton y Miguel de Unamuno.


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Uno de los privilegios que se suelen arrogar los organizadores de premios literatarios es la potestad de declararlo desierto, como forma de asegurarse de que el autor u obra premiados estarán a la altura de las expectativas del galardón.

Da igual si eres una Institución pública o privada, un influyente grupo de comunicación o una modesta editorial. Este cuidado suele ser directamente proporcional a la importancia social, repercusión mediática o dotación económica del premio.

Lógicamente no es lo mismo que el premio esté dotado con un montante de cinco o seis cifras y una edición multitudinaria que se trate de un diploma y una publicación testimonial.

Y aunque no es extraño encontrarse con convocatorias declaradas desiertas con el argumento de que ninguna de las obras presentadas reunían la calidad necesaria para hacerse merecedora del premio, lo normal es que los grandes premios nunca tangan que pasar por esa "humillación", bien porque han conseguido atraer a grandes o famosos escritores (llamados por el generoso importe, porque son mediáticos o directamente por encargo, como el Planeta), bien porque se otorgan directamente a una obra notable (como el Nacional de Literatura), bien porque se conceden como reconocimiento a toda una obra (como el Príncipe de Asturias).

Ni el Planeta ni el Goncourt, por citar únicamente los más célebres en España y Francia, respectivamente, han sido nunca declarados desiertos.
El Planeta tiene expresamente excluida esta posibilidad en sus bases, pero son de sobra conocidas las sospechas que recaen sobre la elección de los ganadores.
El Goncourt es un caso singular, porque el premio consiste en 10 euros. Eso sí, su concesión suele acarrear un enorme éxito de ventas.

Lo que uno no esperaría es que un premio convocado por una prestigiosa institución, a nivel mundial, de los que se otorgan a toda una vida de dedicación a la creación literaria, y que pueden escoger entre todo el elenco de escritores vivos, se quedara sin ganador.

Pero el Premio Nobel de Literatura de 1935 no se concedió, siendo esta la única edición en el que el prestigioso premio ha sido declarado desierto.

Las Primera y Segunda Guerras Mundiales ocasionaron, por razones obvias, que no se entregara el galardón en las ediciones de 1914 y 1918 (sí se concedió en las ediciones de 1915, 1916 y 1917), y de 1940 a 1943, ambos inclusive. 

Para ser candidato al premio Nobel de Literatura hay que pasar por determinado proceso:
• El Comité envía cartas de invitación individualizadas a personas cualificadas para nominar
Estas personas cualificadas son:
• miembros de la Academia Sueca y de otras academias, instituciones y colectivos con similares normas de funcionamiento y tareas, de todo el mundo;
• catedráticos de universidades y de escuelas universitarias dedicados a materias literarias y lingüísticas, de todo el mundo;
• anteriores premiados con el Nobel de Literatura;
• presidentes de organizaciones de escritores que son representativas de la producción literaria de sus respectivos países.
• Una vez recibidas las candidaturas, los ganadores son selecionados por el Comité del Nobel de Literatura, que consta de 18 miembros.
• Nadie puede nominarse a sí mismo.

Los estatutos de la Fundación Nobel prohiben expresamente la divulgación de información sobre las candidaturas, nominados y nominadores, así como de las investigaciones y opiniones relacionadas con la concesión de un premio, de forma pública o privada, durante 50 años

Eso hace que no sea posible conocer hasta pasado ese tiempo quiénes fueron la competencia de quienes finalmente ganaron el premio y los motivos de la elección. A día de hoy solo es posible acceder a esta información de las ediciones de 1901 a 1950 y bucear en las búsquedas de la web oficial del Premio Nobel para conocer los candidatos hasta 1963.

¿Qué pasó en 1935?

Ese año hubo 53 nominaciones, algunas de las cuales recayeron en las mismas personas. Destacan, por su cantidad:
Johannes Vilhelm Jensen, que finalmente obtuvo el premio en 1944;
Paul Valéry, nominado en multitud de acasiones desde 1930 hasta 1945, año de su muerte, sin que llegara a conseguirlo;
Correia de Oliveira, otro candidato fijo desde 1933 a 1942 pero que se quedó sin premio.

El resto de los candidatos de ese año son prácticamente desconocidos para el público en general.

Excepto, quizá, dos casos que llaman la atención:

G. K. Chesterton
G. K. Chesterton: popular y aclamado polígrafo, cultivó el periodismo, la poesía, la novela, el ensayo… Su personaje más famoso es el Padre Brown, protagonista de numerosos relatos detectivescos en el que el sacerdote católico resuelve los casos gracias a sus dotes de observación y su conocimiento de la naturaleza humana.
El Padre Brown estaba basado en un personaje real, de gran influencia en el propio Chesterton, y es un claro heredero de la saga de audaces investigadores inspirados en el primero de ellos, el Auguste Dupin de Allan Poe.

Miguel de Unamuno
Miguel de Unamuno. Poco hay que añadir del bueno de D. Miguel, que fue nominado en las ediciones de 1935 y 1936 y que también murió sin obtenerlo, a pesar de que su obra fue exhaustivamente valorada y consierada en la edición de 1935.

Se ve que la Academia Sueca no encontró idóneo a ningún candidato, pese a que algunos de los mencionados bien podrían haber engrosado la lista de laureados por la cantidad y calidad de su producción, máxime si se comparan sus perfiles con algunos de los premiados en ediciones anteriores y posteriores.

Ese año 1935 fue el mismo en el que James Chadwick recibió el Nobel de Física or su descubrimiento del Neutrón.

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Bibliografía:
The official web site of the Nobel Prize.

martes, 13 de enero de 2015

¡No habéis hecho nada!

Víctor Hugo simultaneó su actividad literaria con la militancia política. Su "Discurso contra la miseria", pronunciado ante la Asamblea legislativa francesa el 9 de julio de 1849, sobrecoge por su vigencia más de 150 años después.

"Habéis salvado la sociedad regular, el Gobierno legal, las instituciones, la paz pública, la civilización misma. Habéis realizado un hecho importante… ¡Pues bien, no habéis hecho nada! ¡Habéis hecho leyes contra la anarquía, haced ahora leyes contra la miseria!"

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Leer a los clásicos es importante porque sus palabras, aun pasados siglos, milenios incluso, siguen vigentes.
Esto da idea de hasta qué punto nuestra superioridad moral occidental, pese a su innegable y positiva evolución en muchos aspectos, no ha conseguido solucionar los principales problemas de las personas y cómo los políticos siguen empeñados en prestar más atención a matener el statu quo y su posición dominante en vez de dar protagonismo a la sociedad a la que representan.

Victor Hugo es uno de esos clásicos a los que conviene revisitar con frecuencia: por su proximidad temporal, por la trascendencia de la época en la que vivió y con la que se comprometió -en la que se fraguaron los cimientos de nuestro actual ordenamiento jurídico y social- y por la sorprendente actualidad de sus palabras.

Fotografía de Víctor Hugo
Hugo es uno de esos escritores que simultanearon su actividad literaria con la militancia y el compromiso políticos, sin que acabe de quedar claro qué fue primero, si la literatura o la política.

Y conviene releerlo por discursos como este, pronunciado en la Asamblea legislativa de la II República Francesa el 9 de julio de 1849, con motivo del debate legislativo sobre la creación de una Comisión para "preparar y examinar las leyes relativas a los socorros populares".

Lean y díganme si no parece sacado de algún debate reciente, y cambien los términos que crean obsoletos por los más actuales:
"…quisiera que esta Asamblea no tuviese más que una solo alma para marchar hacia ese grande, hacia ese magnífico, hacia ese sublime objeto ¡la abolición de la miseria!"
"…acabáis, con el concurso de la Guardia Nacional, del ejército y de todas las fuerzas vivas del país, acabáis de afirmar el estado… No habéis retrocedido ante ningún peligro, no habéis tutubeado ante ningún deber. Habéis salvado la sociedad regular, el Gobierno legal, las instituciones, la paz pública, la civilización misma. Habéis realizado un hecho importante… ¡Pues bien, no habéis hecho nada!"
"¡Nada habéis hecho en tanto que el pueblo sufra!
¡Nada habéis hecho en tanto que por debajo de vosotros haya una parte del pueblo desesperada!
¡Nada habéis hecho en tanto que los que están en toda la fuerza de su edad y que trabajan puedan encontrarse sin pan;
En tanto que aquellos que son viejos y han trabajado puedan encontrarse sin asilo;
En tanto que la usura devore nuestros campos;
En tanto que haya quien muera de hambre en nuestras ciudades;
En tanto que no haya leyes fraternales que vengan de todas partes en auxilio de las familias pobres y honradas, de los buenos campesinos, de los buenos obreros, de las gentes de corazón".
"¡Nada habéis hecho en tanto que el espiritu de la Revolución (francesa) tenga por auxiliar el sufrimiento público!"
"¡Habéis hecho leyes contra la anarquía, haced ahora leyes contra la miseria!"

Permítanme que termine con una de sus frases más manoseadas pero no por ello menos reveladora:
Atreveos; el progreso solamente se logra así.
¿Le suena, verdad?
Pues tiene 150 años.

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Firma de Víctor Hugo





Víctor Hugo. 9 de julio de 1849.
Détruire la misère. Fragmento original en francés.
Discurso sobre la miseria. Transcripción completa en castellano, en pdf.
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