lunes, 5 de marzo de 2007

Mentí en confesión



Ave María Purísima
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Con esta fórmula daba comienzo el ritual. Sin apenas comprender su significado último, era la contraseña que me permi­tía acceder, por lo visto, a un mundo intemporal y trascendente de la mano de un particular Virgilio que habría de guiarme por los pro­celosos abismos de mi mente pecadora y que, por ende, habría de librarme de los peligros que la influencia de los poderes del Averno podrían producir en mi infantil y débil carácter.

El padre Rafael era el guía. La llave de su inmensa sabidu­ría era la mágica fórmula de la Más Que Pura María sin la cual no era posible acceder a sus archivos de memoria, cual si computador fuera. Era de general conocimiento que su ver­dadero nombre era Rogaciano pero, en aras de la discreción propia de un religioso y, más que probablemente, para evitar el escarnio generalizado, decidió eludir su auténtico nombre de pila y respon­der por otro menos comprometido. Desde luego, esta noticia la difun­dieron la malas len­guas pero debe ser cierta habida cuenta de que después de todos estos años nunca he recibido un desmentido so­bre el particular.

No era un hombre mayor y se conservaba en bastante buena forma, como procuraba demostrar cada fin de semana ba­tiéndose al tenis con lo más granado de los padres de los alumnos del centro. Tampoco aparentaba ser lo austero que cabía esperar de su reli­giosa condición. Su nariz y cara permanentemente sonro­sadas le fraguaron una, no sé si mala o buena, fama de catador in­discrimi­nado y de invitado permanente a las Bodas de Caná, por más que el profesor de ciencias se empeñara en atribuir su rojizo color de tez a algún tipo de alteración parecida a lo que podría ser en el futuro una embolia. También era de general aceptación su amaneramiento, sensibilidad era el eufemismo habitual que usaban los adultos, aunque nunca nadie divulgó sobre él, lo que sin duda habría sido una difamación, ninguna acusación de comportamiento dudoso o proclividad hacia los menores.

Esta sensibilidad sí era pública en su confeso afán de versificar todo aquello que pasaba por su cabeza, lo que le convirtió en un prolijo creador de versos libres que, con un tufillo apenas di-si­mu­lado a Santa Teresa o San Juan de la Cruz, pero sin su clase, solía utilizar para explicar el sentido, real o alegórico, de unas ho­rribles esculturas de hierros retorcidos que tenía la costumbre de regalar en señal de amistad a aquellos privilegiados que eran mere­cedores de ella.

Uno de estos amasijos de hierros, un torero según todos los que lo vimos, una bailaora según sus rebuscados y cursis versos pseudo-modernistas, apareció en el recibidor de mi casa una tarde ante el asombro de todos lo que intentábamos, sin éxito como dije, averiguar qué era aquello. Lamento no recordar con fidelidad el contenido de las líneas que alababan las cualidades artísticas del arte folklórico y de sus transmisores en osado parangón con el ejercicio poético en el que quedaba plasmado ese panegírico.

Yo era muy joven, nueve o diez años, y no acertaba a com­prender nítidamente el ambiente jocoso, más bien risueño, que se respiró siempre alrededor de aquella escultura y que la condenó sin más dilación a las profundidades del armario más olvidado de entre los dedicados a objetos inútiles o caducos. Ahora la contemplo y me da la sensa­ción de que precios más altos se han pagado por mucho menos. En fin; el padre Rafael era amigo de la familia. Quizá otro destino mere­ció su desinteresado obsequio.

Por tratarse de un Colegio confesional era costumbre ce­lebrar cada mes una Eucaristía, Misa parecía más simple pero no era res­petuoso al parecer, para los alumnos de cada curso, y ofre­cer la correspondiente oportunidad de acceder a la Comunión en paz con todo lo imaginable a través de la previa Confesión. Penitencia, quise decir. Ésta solía tener lugar, de forma individual y voluntaria, la tarde anterior. Aunque era posible no ir, no era posible sustraerse a la emoción de salir de clase en horas lecti­vas y dirigirse por pasillos habitualmente prohibidos hacia una en­trevista personal con un señor que nunca desvelaría el contenido de la conversación. Por supuesto, los más osados aprovechaban el cambio de clase para repetir su turno de salida y pasear un rato por desiertos Halls, ojear aburridos y secretos tablones o sentirse hé­roes mientras arriesgaban su pellejo por un poco de popularidad.

Siempre tocaba en clase de religión o plástica, nunca en matemáticas o lenguaje. El conducto habitual era el de la lista previa y llamamiento personal a través del anterior, que era el que te avi­saba a su regreso. La picaresca hacía el resto. Yo no era un pícaro, ni siquiera un valiente, temeroso de ser descubierto, transparente a todo lo que intentaba ocultar. Yo pensaba si eso no sería una espe­cie de merecido por intentar engañar. El caso es que llegó mi turno, no accedí a comerciar con él por miedo a incurrir en grave delito disciplinario –si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán en la hoya–, y me dirigí a las dependencias donde habría de tener lugar la entre­vista al más alto nivel.

Era habitual saber con antelación el nombre del cura, perdón, sacerdote, que en esa ocasión ejercería de tal, así que podía haber evitado el en­gorroso encuentro, pero en mi ingenuidad no se me ocu­rrió sospe­char o prever, para evitar situaciones comprometidas, por donde podía llegar a discurrir una conversación trivial y amistosa con un mayor, trivialidad y amistad, por cierto, que serían utili­zadas como medio de sonsacar mis pecadillos y que tenían el efecto de dejarme muy satis­fecho por mi correcto comportamiento y, de paso, me quitaban el oculto temor a la reacción de aquel individuo que se decía poseedor del privilegio de ponerme en contacto con Dios: se contaban terri­bles penitencias impuestas por banales faltas e in­cluso impúdicas escenas que harían enrojecer al más desvergon­zado. No era esto lo que se decía del padre Rafael.

Llamé educado a la puerta, asomé la cabeza y su sonrisa, creo que sincera, me invitó a pasar. Recité la contraseña: ahora ya se po­día empezar a hablar. Preguntas insulsas, respuestas vagas, de la familia, de estudios, del tenis al que jugaban mi padre y él, todo muy su­perficial, disfrazado de conversación entre hombres. Y entonces fue cuando ocurrió. No es que él no tuviera derecho a co­nocer el destino seguido por su regalo pero no era ese el momento adecuado para preguntar por él ni tenía delante a la persona ade­cuada para responderle. Quizá pensó que yo no daría las típicas explicaciones que no dicen nada; quizá nuestra conversación se dirigió en aquella direc­ción; quizá yo cometí alguna imprudencia y mencioné lo innombra­ble; no sé, el caso es que me preguntó por su escultura, pero no sólo eso, sino que también pretendió saber si la habíamos colgado en alguna pared de la casa, ese debía ser su cometido.

–Sí–, mentí. ¡Elí, Elí, lemá sabakhthaní!

Consciente de que lo hacía, lo único que me empujó a ac­tuar de aquella, censurable a todas luces, manera, fue un doble te­mor: a la reacción del despechado artista –…arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes– y a la de mis pa­dres cuando descubrieran, abochornados, que de nada se podía hablar en mi presencia porque todo lo contaba. Desde aquel día decidí eludir al padre Rogaciano y a sus conflictivas curiosidades sobre intimidades familiares. El padre Florentino, quien nunca en­cubrió su verdadero nombre y, por tanto, nada ocultaba, anciano y con su sempiterno olor a ajo, no hacía preguntas.

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Relato publicado originalmente en www.desequilibros.com.

2 comentarios:

  1. Et circa horam nonam clamavit Jesus voce magna dicens:
    Eli, Eli! lamma sabacthani

    ¡cómo disfrutamos Tio Petros y yo, cuando en la soledad de un templo románico, cantamos esto, él como barítono y yo como soprano!

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  2. tienes que colgar el video en youtube... ;-)

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