martes, 12 de junio de 2007

¿urgente o importante?


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Una de mis primeras experiencias profesionales, fruto de la desorientación propia de la inmadurez, tuvo que ver con el mundo de los seguros.

Nada más alejado de mis intereses profesionales y personales actuales pero inevitable en su momento como salida personal y alternativa a una errática trayectoria universitaria.


La singladura no duró mucho pero obtuve un curso intensivo de formación comercial orientado a ese mundo específico. Y de aquel curso obtuve interesantes enseñanzas.


El director de formación de la compañía era un tipo curioso.
Argentino él: quizá de los primeros argentinos que ocuparon puestos de cierta relevancia social antes del aluvión posterior.

Siempre tomaba café sólo doble, pero pedía dos: uno para tomarse inmediatamente, como si de medicina se tratase, y el segundo, éste sí, para saborear y apreciar con la compañía pertinente.

Se cambiaba de corbata dos veces al día y su sobrepeso no se correspondía con su aparentemente frugal dieta.

Era un buen dinamizador de grupos: estimulaba al brillante y motivaba al mediocre de forma que todos éramos importantes.


El principal objetivo de nuestra formación era hacernos entender que nuestro trabajo consistía en crear necesidades al cliente para, acto seguido, ofrecerle el servicio necesario para cubrirlas. Brillante ¿verdad?


Me gustaría decir que dejé aquel trabajo por coherencia personal para no tener que comulgar con ese falaz axioma. Pero no fue así. Simplemente encontré algo que consideré mejor y que, hasta la fecha viene siendo mi quehacer diario.


De entre todas las enseñanzas allí impartidas, sólo una ha permanecido en mi vida de forma constante:


Contaba el Sr. Monti (o Monty, no recuerdo) cómo le gustaba leer todos los periódicos el domingo por la mañana mientras su hijo jugaba a su alrededor y cómo no atendía sus constantes demandas de atención para poder preservar su intimidad lectora.


Continuaba contando cómo el chaval, harto de la ignoracia de su padre, reclamaba su atención con la excusa de que algo era urgente. Mr. Monti (o Monty) continuaba haciendo caso omiso. Hasta que la demanda de antención aludía a la importancia del asunto a tratar.


Éso sí merecía toda la dedicación paterna.
Su argumento era: lo urgente puede esperar; lo importante, no.

Buena enseñanza, si no fuera porque olvidó explicarnos cómo diferenciar lo urgente de lo importante, en este mundo de necesidades creadas en el que lo verdaderamente importante queda siempre oculto tras el fuego fatuo de lo urgente.

4 comentarios:

  1. Al hilo de lo que cuentas, antes de casarme un compañero de trabajo me dió el siguiente consejo matrimonial:
    - En el matrimonio las decisiones importantes tienes que tomarlas tú. Tu mujer decidirá cuales son importantes y cuales no.

    En definitiva, y más allá del chiste, si tienes alguna duda: lo que diga tu mujer, porque así estaréis de acuerdo.

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  2. Tengo que decirte algo importante y que me parece urgente... ¿O era al revés? Tengo que decirte algo urgente que me parece importante...

    Dios, qué día llevo!! Es que tengo jaqueca... Mañana volveré a pensar en ello y ya te diré.

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  3. Los clientes importantes son los que marcan los trabajos urgentes.
    Los clientes urgentes son unos impertinentes.
    Los clientes normales son los que saben diferenciar, cuando sus trabajos son o importantes o urgentes.

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  4. Debe ser la edad, Ajovin, pero yo, a estas alturas, sólo pido respeto. Esa es un buena fórmula.

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