jueves, 21 de febrero de 2008

¿Literatura magistral? Depende del autor

Recientemente, en un tribunal británico, una escritora declaraba que esnifar pegamento la había hecho escribir un thriller. La autora, Joan Brady, obtuvo 155.000 euros en un acuerdo extrajudicial al alegar que los gases del pegamento y los disolventes que utilizaban en la fábrica de zapatos situada junto a su casa habían contaminado el aire y le habían hecho enfermar.

Sufrió daños nerviosos y una pérdida de concentración que le llevó a abandonar la novela en la que estaba trabajando para escribir una historia menos intelectual. "Los gases me condujeron a la literatura popular".

La empresa demandada no debía saber mucho del negocio editorial si verdaderamente creyó que la autora había sufrido un perjuicio al pasarse al terreno del thriller.
Aunque el título de la novela "Bleedout" resulta decepcionante, ha tenido éxito, con unas ventas de unos 50.000 ejemplares en Gran Breteña.

Lo que se oculta detrás de esta controversia, desde luego, es la suposición de que el género ficción -misterios, thrillers, romances o terror- es una especie de suburbio literario. Tendemos a pensar que este tipo de obras son más fáciles de leer y que, por tanto, son más fáciles de escribir, y, en la medida en que son entretenidas, no pueden ser "serias".

La distinción entre intelectual y popular -entre la escritura de género y la literatura- en realidad es bastante reciente. Dickens escribía historias de misterio y terror, aunque nadie pensó en calificarlas como tales. Más tarde, las novelas baratas a menudo eran crudas y se ceñían a una fórmula, pero también podían estar llenas de ritmo y abordar temas que la ficción erudita ignoraba, hasta el punto de que incluso algunos escritores de literatura "barata" como Raymond Chandler o Dashiell Hammet alcanzaron reconocimiento.

Lo que resulta desconcertante es que esos ascensos y reconocimientos no se produzcan más a menudo. Tanto Ian Rankin como Stephen King se han quejado del doble rasero -en la práctica, una conspiración- existente entre los críticos y que tiende a marginar la novela de género e impedir que la gente se tome en serio a su practicantes.

Pero si existe tal conspiración, los escritores -al menos los intelectuales- son cómplices y a menudo adoptan pseudónimos cuando quieren tener escarceos, por ejemplo, con la novela policiaca. El caso reciente más curioso es el de John Banville, que ha publicado dos libros de misterio que han cosechado buenas críticas, bajo el psudónimo de Banjamin Black, pero no se ha molestado en mantener en secreto su verdadera identidad.

De hecho, estos libros de Black pertenecen a esa interesante categoría de novelas que "trasciende" su género. Esta falsa alabanza solía dedicarse a los thrillers de John Le Carré ambientados en la guerra fría. Para trascender un género, un libro tiene que parecerse más a una novela popular. Un buen ejemplo son los misterios de P.D. James, elogiados por una ambientación tan rica y detallada que olvidamos que originariamente estábamos leyendo una historia policiaca.

Pero ¿verdaderamente siempre queremos olvidar por qué estamos leyendo lo que estamos leyendo?

En una reseña sobre un thriller de Robert Littel, John Updike escribía sobre autores de género -Le Carré y James incluidos- que a veces muestran indicios de querer ser novelistas "de verdad" y se muestran incómodos haciendo honor a su contrato implícito con el lector, que consiste en cumplir la promesa que implica un género en particular, ya sea un asesinato resuelto, un complot frustrado, un horror desenmascarado o un amor correspondido.

Lo que buscamos en la literatura de género, sugiere Updike, es precisamente eso de lo que a veces los críticos: lo previsible de una fórmula ejecutada satisfactoriamente. Sabemos con exactitud qué vamos a recibir y ése es un aspecto seductor. ¿Convierte eso a los libros en obras menores o sólo diferentes? En ocasiones, seguramente ambas cosas. Pero eso no los hace necesariamente más sencillos o menos valiosos a la hora de escribirlos.

La historia de Henry James "La próxima vez" es una tragicomedia sobre Ralph Limbert, un autor que quiere ser popular a toda costa y escribir libros de mala calidad para ganar dinero, pero es incapaz de convertir un bolso de seda en una oreja de cerdo: está condenado a ser un intelectual.

La historia es en parte autobiográfica y no está exenta de cierto esnobismo y autocompasión, pero también se alimenta del sentimiento albergado por la mayoría de los artistas de que no existe una literatura menor. A su juicio, uno escribe aquello para lo que tiene un don; cualquier otra cosa se considerará una impostura.
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Traducción del artículo original, "Great Literature? Depends Whodunit", de Charles McGrath, publicado por The New York Times el 3 de febrero de 2008, publicado a su vez en el suplemento en español The New York Times-El País (sin edición digital) del jueves 21 de febrero de 2008.

La traducción procede del mencionado suplemento en español, de la ayuda de traductores on-line y de aportaciones propias.

La ilustración es la misma que apareció en la publicación original y es de Jeffrey Smith.

9 comentarios:

  1. ¿Y no son todos los escritores unos embaucadores en el fondo?

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  2. No lo lamentes Magda. Lo es. Demasiado centrado en el ámbito sajón. Y la tradución es floja.

    Aún así decidí ponerlo porque el tema me parece interesante y la traducción al castellano no estaba on-line.

    Estas cosas, si no te las dicen los amigos, no te las dice nadie. Gracias.

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  3. Fernando: lo somos.

    Yo usaría la primera persona, no la tercera, por la parte que nos toca.

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  4. Apostillas literarias dijo...

    Lamento decirlo: largo, aburrido.

    26 de febrero de 2008 23:58
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    Apostillas literarias:

    No voy a borrar tu comentario (aunque lo puedes hacer tú y seguramente lo harás) para que quede constancia de tu calaña:

    Has suplantado miserablemente la identidad de otra persona. Tú sabrás los motivos, pero como verás, al final has sido desenmascarado.

    Quizá pensaste que todos éramos tan estúpidos como tú mismo lo eres.
    Esa es tu doble desgracia.

    También dejaré el comentario que yo mismo escribí en respuesta a tu provocación. Es tan buena la consideración en que tengo a esa persona que no me importó el tono seco y directo del mensaje atribuyéndolo a un mal momento o a la falta de tiempo.

    En fin: como dijo Voltarire "La idiotez es una enfermedad extraordinaria: no es el enfermo el que sufre por ella sino los demás"

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  5. Gracias, querido Rafael.

    De todo hay en este mundo, y cuando alguien solo guarda desprecio al otro, estas cosas suceden. Son pobres personas que no tienen respeto ni por ellos mismos.

    Un abrazo

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  6. Perdón por la especie de retruécano, Rafael, pero es difícil creer que haya tanto desequilibrado mental.
    En todo caso, seguiremos creyendo en otro tipo de desequilibrios.

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  7. www.megiashostel.blogspot.com

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  8. anónimo: si quieres decir algo más que hacer spam, dílo.

    Si no... ahórrate el esfuerzo.

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