jueves, 22 de enero de 2009

Cuando la cultura entra en crisis, la crisis económica no tarda en llegar

Cuando la cultura entra en crisis, más temprano que tarde también entra en crisis la economía; es un proceso cíclico que viene repitiéndose a lo largo de la historia.

Y es que una y otra están inevitablemente relacionadas y son mutuamente dependientes.

El análisis más simplista dice que si la situación económica es buena, habrá recursos y tiempo para dedicarlo a "otras" cosas; y si la situación económica es mala, lo primero que se recorta es el gasto "superfluo". Tal es la consideración que merece la cultura, en términos generales, en la sociedad y ante los poderes públicos. Así que el proceso debería ser al revés: primero crisis económica y luego crisis creativa.

Pero, en realidad, el esquema es inverso. Cuando se agota la capacidad creativa y los autores (en su sentido más amplio) se acomodan, desaparece el impulso creador y el estímulo imaginiativo; los discursos se banalizan y trivializan y los productos se generan para que no cueste esfuerzo digerirlos; el consumo rápido y simple se impone sobre el esfuerzo intelectual.
Es la muestra del agotamiento de una sociedad, perezosa, que rehuye el esfuerzo y encumbra la inmediatez.
Esa falta de estímulo es la que impide que, como sociedad, estemos dispuestos a dar lo mejor de nosotros mismos cada día. Y, así las cosas, la debacle es sólo cuestión de tiempo.

La cultura entró en crisis hace muchos años, seguramente como consecuencia del periodo de bonanaza que hemos vivido en el mundo occidental. Ya dimos cuenta hace casi 3 años de lo que ya entonces era una realidad.

Y pasado este tiempo, la crisis económica nos ha saltado a la cara sin que "nadie" haya sido capaz de anticiparla en toda su crudeza.

Habría bastado con ver la tendencia descendente que experimentaba el nivel de los productos culturales para prever lo que se nos venía encima: literatura, cine, música, por citar sólo los productos de mayor consumo, se han instalado en la copia, repetición, seguidismo, simplificación, brevedad... sin innovar ni experimentar lo más mínimo, primando casi exclusivamente el producto comercial y la cuenta de resultados antes que la calidad del producto. Y esto ha sido posible porque la exigencia del público ha caído a niveles preocupantes. Un público que utiliza la cultura como evasión y no como formación.

El auge de la cultura muestra la inquietud de una sociedad por desarrollarse en todos sus aspectos. Cuando esa inquietud desaparece, la sociedad está condenada.

En el discurso de Obama en su toma de posesión, la única mención a la cultura se encuentra en el párrafo:
"Porque sabemos que nuestro legado como mosaico de culturas es un punto fuerte, no una debilidad. Somos una nación de cristianos y musulmanes, de judíos e hindúes, y de no creyentes. Estamos moldeados por todas las lenguas y culturas, sacadas de todos los rincones de esta Tierra; y como hemos probado la amarga bazofia de la guerra civil y de la segregación, y hemos emergido de ese tenebroso capítulo más fuertes y unidos, no podemos evitar creer que los viejos odios pasarán algún día; que las líneas tribales pronto se disolverán; que a medida que el mundo se vuelve más pequeño, nuestra humanidad común se dejará ver;..."


Pero se refiere a ella el plural, en su acepción de "
conjunto de modos de vida y costumbres" de los pueblos y no a su acepción individual de "conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico".*

Y aunque la declaración de intenciones es fantástica, nada dice de mejorar la educación o incentivar las iniciativas que mejoren el nivel de formación de la gente o su acceso a la cultura o a la creación, y conseguir, a través de todo ello, aumentar el nivel intelectual de la gente para que mejore la aportación de cada uno a la mejora de la sociedad en su conjunto.

Dice Pablo Paniagua en "Literatura y crisis mundial":

Hoy, sin lugar a dudas, en la literatura y en el sector editorial se ve el reflejo de la crisis mundial que estamos viviendo, y me refiero al vacío de pensamiento y de actitud que los domina. La mayoría de los escritores, en su connivencia, han perdido la capacidad de ejercer la crítica ante los males de este mundo, los problemas y el fracaso que enfrenta, y más parecen espectadores complacientes de una Humanidad que camina hacia la distopía. La industria editorial, en su generalidad, se ha basado en promover la literatura fácil, aquella que es una manifestación más de la banalidad ensalzada por la sociedad de consumo, para hacer un trasvase de la cultura del pensamiento hacia la cultura del entretenimiento. Ciertos editores ya no ven la literatura como una necesidad o bien cultural, sino como un negocio que sólo busca un beneficio rápido en detrimento de la calidad. Ya todo se vale para pisotear el arte, por medio de una simulación de algo que cada vez está más lejano de lo que se pretende. Hoy lo único que importa es vender, a costa de lo que sea, como si los libros fueran hamburguesas de McDonald´s. Eso es el éxito para ellos.

Ahora que la Humanidad se hunde, los escritores, parece ser, han de escribir contenidos superficiales para hacerle el juego a la misma civilización fracasada que se sustenta en la avaricia y en la especulación, en el sometimiento de los más humildes. El vacío de pensamiento, la alienación, la democratización de la ignorancia, es lo que nos proponen, y transmitir a los lectores dicha vaguedad. El hombre ha de buscar lo rápido, lo fácil, la literatura poco exigente, para dejar de aspirar a superarse en su intelecto y estar predispuesto en aceptar cualquier manipulación. ¿Eso es estar de acorde a los tiempos? ¿Buscar y promover la mediocridad en la especie humana? ¿Valerse de ella?


Como ven, estamos de acuerdo. Para él la crisis cultural es consecuencia de la económica. Pero el análisis de la situación es idéntica.

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* Cultura

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