viernes, 2 de enero de 2009

Violencia

Menos de veiniticuatro horas después de la detención del boss, encontraron en la rotonda de Arzano a un chico polaco que temblaba como una hoja mientras intentaba con dificultad tirar a la basura un enorme fardo. El polaco iba manchado de sangre y el miedo dificultaba sus movimientos. En fardo era un cuerpo. Un cuerpo maltratado, torturado, desfigurado de un modo tan atroz que parecía imposible que se puediera destrozar así un cuerpo. Una mina que hubieran hecho tragar a alguien y hubiera explotado en su estómago habría causado menos estrago.

El cuerpo era de Edoardo La Monica, pero ya no se dintinguían las facciones. La cara sólo tenía labios; el resto estaba hecho cisco. El cuerpo, repleto de orificios, estaba cubierto de costras de sangre. Lo habían atado, y, con una maza de clavos, torturado lentamente durante horas. Cada mazazo sobre su suerpo era un agujero, mazazos que no solo rompían huesos sino que agujereaban la carne, calvos que entraban y salían. Le habían cortado las orejas, rebanado la lengua, roto las muñecas y sacado los ojos con un destornillado estando vivo, despierto, consciente. Y luego, para matarlo, le habían machacado la cara con un martillo, y con un cuchillo le habían grabado una cruz en los labios. El cuerpo debía acabar en la basura para que lo encontraran podrido, entre la inmundicia de un vertedero.

Todos entienden claramente el mensaje escrito en la carne, aunque no hay más pruebas que esa tortura. Cortadas las orejas con las que has oido dónde estaba escondido el boss, rotas las muñecas con las que has movido las manos para recibir el dinero, arrancados los ojos con los que has visto, rebanada la lengua con la que has hablado. La cara que has perdido ante el Sistema haciendo lo que has hecho, destrozada. Sellados los labios con la cruz: cerrados para siempre por la fe que has traicionado...

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Creo que es la escena más violenta que he leído. No por el crimen en sí, ni por la descripción detallada. Sino por la premeditación, alevosía, intencionalidad y frialdad con el que está cometido.

Nos hemos acostumbrado de tal manera a convivir con la violencia que ya no nos impresiona. Ya no la reconocemos como tal; es más, forma parte de nuestra forma de relacionarnos con los demás; de manifestar nuestra ambición y ansias de poder; una forma de reafirmar la jerarquía y mantener el respeto.

¿Qué nos ha pasado?


----------- Saviano, Roberto: Gomorra. Ed. DeBolsillo, nº 761, pp.145-146. Sexta edición. Barcelona 2007.
Saviano en DesEquiLIBROS
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