lunes, 13 de julio de 2009

1.0 + 2.0 = 3.0

Que el término 2.0 está devaluado por su excesivo uso no es un secreto para nadie.
Pero si realmente ha perdido el etéreo contenido que originalmente se le atribuyó es porque no somos capaces de hacer un correcto uso de su significado.

Se nos llena la boca cantando sus excelencias: interactividad, inmediatez, difusión, economía, comunicación, colaboración, intercambio... hay muchos enlaces por ahí que hablan del tema: los más antiguos suelen ser descriptivos; luego pasaron a ser encomiásticos; más tarde han empezado a aparecer críticas y dudas; finalmente hay apocalípticos que ya hablan de que ha quedado obsoleto y que necesita una evolución al 3.0, término todavía sin definir adecuadamente y cuyo único mérito actualmente es ser sucesivo al anterior.

(Aplicaremos a 1.0 el sentido preinternet aun a sabiendas de que se refiere a los inicios de la era digital. Y lo hacemos así porque, en el fondo, creo que el 1.0 fue un esfuerzo por llevar a internet lo que ya existía en el mundo real. Mientras que 2.0 pretende tener voz y leguaje propios).

Enterrar el término 2.0 cuando todavía la sociedad no ha podido beneficiarse de sus bondades no es más que una huida hacia adelante. Siempre hay quien prefiere jugar a profeta frente a quienes dedican sus esfuerzos a hacer que los avances resulten alcanzable para todos, o quienes intentan aplicarlos a los diversos ámbitos de la vida diaria: desde el doméstico, informativo, científico o cultural.

Los lectores habituales de este blog sabrán que hemos tratado en varias ocasiones la transformación en 2.0 de conductas que ya eran habituales en la era preinternet: hemos hablado de tontos y de fobias y filias; hemos jugado al gato y al ratón; hemos revisado el afán de protagonismo y a los pelmas; vimos fuentes y la publicidad llegando al absurdo; también hemos visto algunas iniciativas y hemos visto cómo acceder a la ciencia y a la cultura en un click; también pasaron los spammers...

Sin embargo, nos hemos referido siempre la lectura en su aspecto más tradicional.
No porque no creamos que el 2.0 tiene mucho que ofrecer al desarrollo del hábito lector y a otras disciplinas relacionadas con la educación sino porque, en general, leer e internet son contradictorios. Y lo son porque en internet no se suele leer para comprender o para imaginar; se lee para devorar o para poder decir que se ha leido.
La famosa lectura diagonal únicamente enmascara una lectura superficial que suele dar como resultado una deficiente capacidad de comprensión.

Sucedió con el post anterior. Los comentarios que suscitó su envío a una conocida red social ponen en evidencia cómo las supuestas bondades 2.0 se convierten a veces en sus propias miserias, cuando los usuarios, voluntaria y conscientemente, evitan hacer uso de ellas y trivializan el discurso, cegados por su impulso 1.0. Su lectura fue tan apresurada y superficial que no leyeron un enlace fundamental para comprender el sentido real del apunte.
¿Para qué se ponen esos enlaces, enriquecedores y complementarios, si pasamos por encima de ellos como si fueran irrelevantes?
Pues no; no son irrelevantes. Son fundamentales. De eso trataba, entre otras cosas, el 2.0: de enriquecer y abrir puertas y nuevos caminos para la creación y la comunicación.
Pero como usuarios somos todavía analfabetos digitales y como críticos, petulantes e ignorantes.
No me duele la mala interpretación del sentido del post sino la ligereza con la que la gente escupe argumentos como arma arrojadiza "ad hominem" cuando lo que deberían hacer es molestarse en comprender y en aprender.
Pero a estas alturas ya sé que es pedir demasiado.

Dicho lo cual, huyo hacia adelante. El 2.0 no tiene ya mucho sentido, al menos en términos lectores y de compresión intelectual porque no se utiliza como una mejora del 1.0 sino como un lenguaje alternativo, más acorde con la evolución de las nuevas tecnologías, pero esquivo con el uso de la intelgencia.

Así que mi propuesta es: 1.0 + 2.0 = 3.0

Sumemos las cualidades de ambos mundos en vez de oponerlas y obtendremos una versión muy mejorada de nuestra sociedad; dejémonos de esnobismos tecnológicos y centrémonos en la importancia de comprender cómo funcionan las cosas; evitemos la trivialización sistemática del discurso y demostremos altura intelectual en nuestros juicios; molestémonos en entender y respetar los argumentos de los demás en vez de leerlos por encima; fomentemos el intercambio de ideas y no la imposición infalible de criterios.

Mientras ésto no suceda, el 2.0 seguirá siendo una entelequia, el 1.0 seguirá preso en las bibliotecas y la sociedad seguirá amasando términos sensacionalistas para no llamar a las cosas por su nombre.

Este es el auténtico reto 3.0.

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