martes, 21 de julio de 2009

Se valora más la botella que el contenido y nos han aleccionado para que nuestros ojos no traspasen el cristal

Vivimos en un tiempo donde se valora más la botella que lo que la botella contiene y, además, nos han aleccionado visualmente para que nuestros ojos no sean capaces de traspasar el cristal. No creo que se trate de que la literatura se convierta en algo minoritario y elitista; todo lo contrario, debería tener una capacidad de seducir e intervenir socialmente, de perturbar, de poner en cuestión las convenciones reinantes, pero eso, desgraciadamente, va perteneciendo cada vez más a otras épocas.

Porque lo dominante en la industria cultural, aunque la literatura sea una de las partes menores de ella, padece su misma contaminación, antepone sus intereses comerciales sobre cualquier otro.

Así, las dos caras de la moneda del acto creativo, el escribir y el leer, han sido sumergidas en un mundo teledirigido, de normas y convenciones que, aunque no estén marcadas, son más poderosas que nunca. No hay peor censura que la autocensura social y colectiva, aquel lugar donde hasta lo más 'subversivo' está dentro de los sibilinos hilos de lo políticamente correcto.


Bajo estas líneas, el artículo completo. Merece la pena echarle un vistazo.

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PEDRO ANTONIO CURTO
17.07.2009

APROXIMARSE a un texto, leerlo, creo que es ante todo un acto intimo, una especie de comunicación donde una persona, al abrir las tapas de un libro e introducirse en sus letras, se adentra en un mundo creado por otro, viaja por los renglones de quien lo ha creado en un acto parecido al de la lectura. Saber que el texto al que accedemos pueda estar escrito hace cientos de años, que su mundo fuese totalmente distinto al nuestro y sin embargo poder confluir emotiva y sensorialmente, compenetrar intelectualmente, abrir puertas a cosas y sensaciones que desconocíamos, es una de las magias que tiene el arte. Es la metafórica habitación de la que nos habló Virgina Wolf que necesitaban las mujeres para escribir, pero que podríamos ampliarla mucho más: un lugar en el que apartarse del mundo para poder comprenderlo mejor, reinventarse cognitivamente como ser humano a través del que creo es uno de los mejores medios, el arte y la cultura.
A partir de ese acto se supone que debería girar todo lo demás, que promoción, edición, crítica literaria, serían los elementos para colocar el momento de la lectura, en su papel social, colectivo e histórico. Es decir, lo que podemos llamar 'mundo literario', debería estar al servicio de la literatura. Sin embargo, ese 'mundo literario' ha ido creciendo y extendiéndose, creando sus particularidades, sus supersticiones, sus prejuicios, sus mitos, sus bondades y maldades, hasta el punto de que han indo empequeñeciendo el acto primigenio.
Hace unos años, Juan Marsé, poniendo en cuestión la calidad de las obras galardonadas en el premio Planeta del que él mismo había sido jurado, les decía a sus autores que les gustaba más el mundo literario que la literatura. Y es que ese 'mundo' se ha terminado convirtiendo en algo muy atrayente, tiene muchas luces, prebendas y, esencialmente, fama y triunfo, mágicos elementos de la sociedad de mercado en la que vivimos. Porque el acto creativo sigue partiendo de un ejercicio tan básico como situarse ante una página en blanco y levantar algo a partir de la nada o más bien sacando de lo que está en el interior de uno como un crisol de todo lo que le rodea. Sin embargo, la distancia entre uno y otro es abismal. Son tales las fronteras e intereses existentes, que ese 'mundo literario' condiciona todo lo demás.
Marcel Proust, un escritor que subliminó como nadie el acto solitario y creativo, encerrándose entre las cuatro paredes de una habitación que llegó a aislar sonoramente, reprochó a Sainte-Beuve su idea de que la persona pública del escritor pueda tener más importancia para el entendimiento de la obra que la obra misma, pues es lógicamente ésta quien avala al autor. Si esto lo decía Proust en su época, qué diría ahora cuando el márketing es un factor tan determinante que es en muchos casos quien crea al autor como una estrella y la obra como un producto de consumo.
Vivimos en un tiempo donde se valora más la botella que lo que la botella contiene y, además, nos han aleccionado visualmente para que nuestros ojos no sean capaces de traspasar el cristal. No creo que se trate de que la literatura se convierta en algo minoritario y elitista; todo lo contrario, debería tener una capacidad de seducir e intervenir socialmente, de perturbar, de poner en cuestión las convenciones reinantes, pero eso, desgraciadamente, va perteneciendo cada vez más a otras épocas. Porque lo dominante en la industria cultural, aunque la literatura sea una de las partes menores de ella, padece su misma contaminación, antepone sus intereses comerciales sobre cualquier otro.
Así, las dos caras de la moneda del acto creativo, el escribir y el leer, han sido sumergidas en un mundo teledirigido, de normas y convenciones que, aunque no estén marcadas, son más poderosas que nunca. No hay peor censura que la autocensura social y colectiva, aquel lugar donde hasta lo más 'subversivo' está dentro de los sibilinos hilos de lo políticamente correcto. Son los condicionantes de esa sociedad de espectáculo de la que nos hablase Guy Debord, multiplicados por el poder de una luces demasiado deslumbrantes.


Bibliografía
La literatura y sus envoltorios

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