miércoles, 26 de agosto de 2009

Libros para olvidar

Escribir una obra maestra es complicado. También lo es, a su manera, escribir un libro catastrófico. Lo curioso es que los autores se esfuerzan al máximo y consiguen casi siempre lo segundo. Una y otra vez. La historia de la literatura, lo dijo Auberon Waugh, es un enorme mausoleo de papel sucio erigido a mayor gloria del fracaso.

Auberon Waugh, por cierto, escribió unos diarios magníficos, cientos de artículos muy divertidos y cinco novelas bastante malas. Su padre, Evelyn, legó a la humanidad maravillas como Scoop, Decadencia y caída o Los seres queridos. También Retorno a Brideshead, novela decididamente pesada que generó una serie de televisión muy célebre y que Martin Amis y William Boyd han calificado repetidamente como un suflé esnob de proporciones olímpicas.

Resumiendo: lo habitual es que el libro sea malo. Eso le ocurre a su vecino, que ensaya la novela esotérica de corte autobiográfico y, salvando las distancias, a Leon Tolstoi, que hoy esculpe en mármol Guerra y Paz y mañana exuda El reino de Dios está en vosotros, uno de los libros favoritos de Mahatma Gandhi y, paradójicamente, uno de los libros que hacen que a uno le entren unas ganas bastante serias de abandonar por un rato la no violencia.

Lo que sí es cierto es que la mayoría de las veces el libro malo de un gran escritor suele tener siempre muchas cosas interesantes. Es curioso cómo en ocasiones en los fracasos late exactamente la misma pulsión que insufla de vida a los éxitos. Las novelas primerizas de Balzac son invariablemente soporíferas, pero en ellas ya está de algún modo una versión inviable de la poderosa energía que descubriremos después en Las ilusiones perdidas o Papá Goriot.

Ni siquiera los más grandes se salvan de publicar un texto deficiente. En ocasiones los genios consiguen escribir genialidades perversamente malas. Estamos en mayo de 1939 y alguien de Faber&Faber ha decidido inexplicablemente publicar la nueva novela de James Joyce, uno de los grandes novelistas del siglo. Es el Finnegan's wake, un libro que nadie en su sano juicio puede leer sin terminar pegando aullidos de furia e incomprensión. ¿Recuerdan la primera frase del libro? «Correrrío, pasada [la iglesia de] Eve and Adam, desde el viraje de la ribera hasta el recodo de la bahía, nos trae por un vicio comodicio de recirculación de vuelta al Howth Castle y Enrededores».

Libros primerizos
Pura prosodia, sí. «Creo que Joyce ha escrito el Finnegan's wake para acabar con la literatura», dijo Borges, que por cierto fue un lector devoto del Ulises. En opinión del argentino, que en cierto modo fue ese lector ideal -anglófilo, brillante, aficionado a las lenguas extrañas y a los libros polvorientos- al que suele hacerse referencia cuando se habla de la incapacidad de leer las páginas más herméticas de Joyce, el Finnegan's wake era un libro que tenía un solo defecto: el de la ilegibilidad.

Borges, que fue sin duda otro de los grandes escritores del siglo, se adelantó a su propia posteridad y trató en vida de acabar él mismo con algunos de sus libros primerizos, que estimaba no estaban a la altura del resto de su obra. Tres títulos de juventud (Inquisiciones, El tamaño de mi esperanza y El idioma de los argentinos) fueron arrinconados por el autor y excluidos del canon borgiano. Aquello duró poco. Una vez muerto el autor, María Kodama se encargó de publicar los textos vagamente malditos. En el prólogo a la reedición de El tamaño de mi esperanza, la viuda daba algunas explicaciones: «Como el Gran Inquisidor mismo, a través de un donoso escrutinio, Borges creyó haber alcanzado su destrucción (...) Quizá el Gran Inquisidor, en su afán de buscar lo perfecto, fue injusto con ese libro de juventud. Creo que los lectores se alegrarán de que la obra exista».

Es muy común que los escritores terminen arrepintiéndose de alguna obra temprana. Muchos lo hacen sinceramente. Otros por coquetería. Sorprende, por ejemplo, que Ana María Matute repita que Pequeño teatro -la novela con la que ganó el Planeta en 1954- es su peor libro. La autora siempre recuerda que, pese a que cuando el libro apareció ella frisaba la treintena, en realidad el texto fue escrito cuando sólo tenía diecisiete años.

Preguntado por cuál es el peor de sus títulos, Enrique Vila-Matas no duda en señalar Al sur de los párpados, el tercero de sus libros, que apareció en 1980 y que el autor asegura que nunca se reeditará. Curiosamente, leída hoy la novela -que en su día el autor sitúo entre Hitchock, Duchamp y Helenio Herrera- no parece en absoluto disonante con el trabajo posterior de Vila-Matas. Probemos con el comienzo: «¿Dije ya que me resulta dramático ver cómo se repiten ciertos temas de pesadilla y que, en muchas ocasiones, soy capaz de preparar un primer borrador, al que siguen versiones en las que cambio detalles, pulo el argumento, introduzco alguna nueva situación, encubro la forma autobiográfica y, a pesar de ello, relato cada vez una versión de la misma pesadilla que es, en definitiva, la aventura de mi destrucción?»

En otras ocasiones, la peor novela del buen escritor es la última. Quizá el caso más evidente sea el de Truman Capote, cuyos años finales estuvieron marcados por la redacción de una novela, Plegarias atendidas, que aspiraba a reflejar el mundo del famoseo y la alta sociedad de Nueva York. Es probable que nunca un libro haya causado tanta expectación en la historia de la literatura estadounidense. Capote cobró como adelanto un millón de dólares mientras afirmaba en todas las entrevistas que su libro iba a ser su gran obra maestra: la novela que Proust no pudo escribir.

Se sospecha que en realidad ni siquiera Capote fue capaz de escribir aquel libro. La publicación se pospuso, los manuscritos se perdieron. Tras la muerte de Capote, no había rastro del libro entre sus papeles. Al final, el libro apareció algo misteriosamente y se publicó en 1987. No impresionó a casi nadie.

Cervantes poeta
Por razones muy distintas, Una fábula suele considerarse como el peor libro de William Faulkner. La novela no es demasiado conocida entre nosotros, pero suele ser objeto de debate en el mundo anglosajón. Apareció en 1954 y ganó el Pulitzer. Sin embargo, es un texto extrañamente faulkneriano que aborda el asunto de la Primera Guerra Mundial desde una óptica entre fantástica y simbólica.

Quizás lo más extraño de todo sea que la novela es una alegoría de la pasión de Cristo. El resultado es cuando menos discutible, aunque la ambición del autor es máxima. Faulkner aspiraba a escribir una obra maestra, pero a veces las intenciones quedan lejos de los resultados. Incluso a los más grandes les ocurre. Se sabe que Cervantes creía firmemente que el Persiles era su obra maestra, muy por encima del Quijote.

Por supuesto, el Persiles no ha pasado a la historia como la obra magna de Cervantes. De hecho, esta novela bizantina se caerá de las manos de muchos lectores contemporáneos. Comparada con el Quijote, resulta acartonada y artificial: le falta vida. Sin embargo, el texto encierra un pequeño y valiosísimo tesoro: el prólogo. Se trata de un pequeño texto en el que Cervantes, consciente de que su muerte está cercana, ni siquiera presenta su libro. Simplemente, se despide en unas líneas inolvidables, con el tierno humor y el excepcional conocimiento del ser humano que caracterizan sus mejores páginas.

Aunque quizá la mayor frustración de Cervantes no fue pasar a la historia como el autor del Quijote, una novela al fin y al cabo paródica y humorística, sino no haber sido nunca reconocido como poeta. Desde su época hasta la nuestra, la crítica ha discutido el valor de sus versos y en general éstos nunca han salido demasiado bien librados del análisis. Cervantes es un poeta que traslada una extraña sensación: la de estar siempre esforzándose. El mismo autor ironizó sobre el asunto en el prólogo del Viaje del Parnaso: «Yo que siempre me afano y me desvelo / por parecer que tengo de poeta / la gracia que no quiso darme el cielo».
Es un vago consuelo, pero ni siquiera los más grandes se libraron de escribir libros menores, de abordar proyectos fallidos, de fracasar con los textos más cuidadosamente diseñados para el triunfo. El caso de Shakespeare es muy curioso. Si tomamos cualquiera de sus obras y buscamos un poco, podemos encontrar opiniones autorizadas que dicen que se trata de la mejor y otras igualmente respetables que sostienen que es la peor. Hamlet, por ejemplo, es considerada habitualmente como uno de los mejores trabajos de Shakespeare. Pues bien, a T. S. Eliot le parecía sin lugar a dudas la peor. Para él, la mejor era Coroliano. Para Coleridge, que fue un brillantísimo lector de Shakespeare, la peor obra del genio de Stratford es Medida por medida, obra que el crítico Walter Pater no dudó en igualar en excelencia a Hamlet. La tempestad, que suele considerarse como el valioso testamento de Shakespeare, levanta en Harold Bloom la sospecha de que se trata de una «obra de desecho». No es fácil, como puede verse, poner de acuerdo a la posteridad.

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Libros para olvidar. Pablo Martínez Zarracina

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