jueves, 13 de agosto de 2009

Un poco de silecio... y de tiempo

La rápida acumulación de información choca con la necesidad de leerla en un tiempo demasiado lento, demasiado espeso, demasiado rugoso, de manera que hemos acabado por conformarnos, no ya con una ráfaga de titulares, sino con la tarea infinita, pero menos fatigosa, sin trabas ni cuestas, de bajarlos de Internet (“Había un hombre que leía tanto que no tenía tiempo para pensar”, decía Stevenson; “había un hombre que archivaba tanto que no tenía tiempo para leer”).

Nuestra Esparta atmosférica, aguacero de bombas y mercancías que reproduce sin cesar la batalla entre los solteros y los huérfanos ha impuesto como todo horizonte subjetivo el tiempo rápido y privado del sexo, del trabajo y de la digestión; es decir, el no-tiempo único, homogéneo, sin mundo, de la digestión.

Nos lo comemos todo con la boca, nos lo comemos todo con las manos y nos lo comemos todo con los ojos;
y por eso quizás la familia (y la escuela pública) deberían tratar de restablecer, sin muchas esperanzas, sin perder las esperanzas, el tiempo más largo del oído, ese órgano desprovisto de puertas y cerraduras, como dice Rabelais, pero necesitado precisamente de un poco de silencio, la cosa más difícil de imponer sin un látigo o un grito.


(Santiago Alba; Leer con niños; Caballo de Troya; pag. 299-300)

Le tomo prestado al apunte a Txetxu Barandiarán, que lo colgó en Facebook.

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