viernes, 4 de septiembre de 2009

Jubilemos la ortografía (Botella al mar para el dios de las palabras)

Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima ni confundirá revolver con revólver. ¿Y qué de nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una?

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Botella al mar para el dios de las palabras

A mis doce años de edad estuve a punto de ser atropellado por una bicicleta. Un señor cura que pasaba me salvó con un grito: ¡Cuidado! El ciclista cayó a tierra. El señor cura, sin detenerse, me dijo: ¿Ya vio lo que es el poder de la palabra? Ese día lo supe. Ahora sabemos, además, que los mayas lo sabían desde los tiempos de Cristo, y con tanto rigor, que tenían un dios especial para las palabras.

Nunca como hoy ha sido tan grande ese poder. La humanidad entrará en el tercer milenio bajo el imperio de las palabras. No es cierto que la imagen esté desplazándolas ni que pueda extinguirlas. Al contrario, está potenciándolas: nunca hubo en el mundo tantas palabras con tanto alcance, autoridad y albedrío como en la inmensa Babel de la vida actual. Palabras inventadas, maltratadas o sacralizadas por la prensa, por los libros desechables, por los carteles de publicidad; habladas y cantadas por la radio, la televisión, el cine, el teléfono, los altavoces públicos; gritadas a brocha gorda en las paredes de la calle o susurradas al oído en las penumbras del amor.

No: el gran derrotado es el silencio. Las cosas tienen ahora tantos nombres en tantas lenguas que ya no es fácil saber cómo se llaman en ninguna. Los idiomas se dispersan sueltos de madrina, se mezclan y confunden, disparados hacia el destino ineluctable de un lenguaje global.

La lengua española tiene que prepararse para un ciclo grande en ese porvenir sin fronteras. Es un derecho histórico. No por su prepotencia económica, como otras lenguas hasta hoy, sino por su vitalidad, su dinámica creativa, su vasta experiencia cultural, su rapidez y su fuerza de expansión, en un ámbito propio de diecinueve millones de kilómetros cuadrados y cuatrocientos millones de hablantes al terminar este siglo. Con razón un maestro de letras hispánicas en los Estados Unidos ha dicho que sus horas de clase se le van en servir de intérprete entre latinoamericanos de distintos países.

Llama la atención que el verbo pasar tenga cincuenta y cuatro significados, mientras en la república del Ecuador tienen ciento cinco nombres para el órgano sexual masculino, y en cambio la palabra condoliente, que se explica por sí sola, y que tanta falta nos hace, aún no se ha inventado. A un joven periodista francés lo deslumbran los hallazgos poéticos que encuentra a cada paso en nuestra vida doméstica. Que un niño desvelado por el balido intermitente y triste de un cordero, dijo: «Parece un faro». Que una vivandera de la Guajira colombiana rechazo un cocimiento de toronjil porque le supo a Viernes Santo. Que Don Sebastián de Covarrubias, en su diccionario memorable, nos dejó escrito de su puño y letra que el amarillo es el color de los enamorados. ¿Cuántas veces no hemos probado nosotros mismos un café que sabe a ventana, un pan que sabe a rincón, una cereza que sabe a beso?

Son pruebas al canto de la inteligencia de una lengua que desde hace tiempos no cabe en su pellejo. Pero nuestra contribución no debería ser la de meterla en cintura, sino al contrario, liberarla de sus fierros normativos para que entre en el siglo veintiuno como Pedro por su casa.

En ese sentido, me atrevería a sugerir ante esta sabia audiencia que simplifiquemos la gramática antes de que la gramática termine por simplificarnos a nosotros. Humanicemos sus leyes, aprendamos de las lenguas indígenas a las que tanto debemos lo mucho que tienen todavía para enseñarnos y enriquecernos, asimilemos pronto y bien los neologismos técnicos y científicos antes de que se nos infiltren sin digerir, negociemos de buen corazón con los gerundios bárbaros, los ques endémicos, el dequeísmo parasitario, y devolvamos al subjuntivo presente el esplendor de sus esdrújulas: váyamos en vez de vayamos, cántemos en vez de cantemos, o el armonioso muéramos en vez del siniestro muramos. Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima ni confundirá revolver con revólver. ¿Y qué de nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una?

Son preguntas al azar, por supuesto, como botellas arrojadas a la mar con la esperanza de que le lleguen al dios de las palabras. A no ser que por estas osadías y desatinos, tanto él como todos nosotros terminemos por lamentar, con razón y derecho, que no me hubiera atropellado a tiempo aquella bicicleta providencial de mis doce años.


Gabriel García Márquez, en el Congreso de Lengua Española
Zacatecas, México, abril 7 de 1997

3 comentarios:

  1. juvilar la hortografya serya un herror de cohones.

    Hun abraso.

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  2. ¿Sabés? Voy a agrgar algo en este post, algo que me vino a la cabeza gracias a tu post sobre el anonimato, dada la triste realidad de que los anónimos suelen ser una jauría desdiccionarizada (creo que eso es un palabro).

    Por un lado, trato de no cometer errores ortográficos aunque seguramente y más de una vez los cometo, sin embargo no creo que el cometer errores de ortografía sea indicativo de poco entendemiento aunque, seguramente, vos opinarás como yo en cuanto a que el leer ayuda a no cometer faltas ortográficas.

    Sin embargo, he encontrado por allí distintos blogs en los cuales pese a las numerosas faltas de ortografía que comete quien lo administra y escribe demuestran un pensamiento lúcido, un razonamiento bien estructurado, que hace que la ortografía demuestre la razón de su importancia.

    Acerca de estos casos noto que se esfuerzan por llevarte de la mano en cuanto al desarrollo de su pensamiento más la acumulación de errores hace que el mensaje se llene de ruidos parásitos y uno termina preguntándose si entendió lo que deseaban dar a entender.

    Y allí reside la importancia de la normalización del lenguaje, porque la ortografía es eso, una forma de normalizar las palabras que usamos para agilizar la comprensión de un texto. El mismo fin tiene la sintaxis, y todo lo que hace a un idioma: Normalizar la forma de construir un mensaje para evitar malentendidos facilitando la transmisión de la información entre emisores y receptores.

    Eso sí, que el lenguaje esté normalizado no evita los malos entendidos, ni la existencia de mensajes ambiguos (la redacción de las leyes es un ejemplo), pero al menos hace más fácil la comunicación en el día a día.

    Un abrazo.

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  3. Sergio: eres un lujo para este blog.

    Y, una vez más, estoy de acuerdo.

    Como siempre, las formas se pueden transgredir cuando un fondo las sustenta.

    Si no, es la ley del mínimo esfuerzo elevada a norma.

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