jueves, 15 de octubre de 2009

El demonio de las erratas

Una mañana, hace ya demasiado tiempo, los lectores del periódico más beato de Córdoba se desayunaron con un titular a toda plana que atragantó el café a más de uno. La víspera se habían celebrado con gran afluencia de público los fastos de la Purísima Concepción. Bastó una travesura, una juguetona t que acudió donde no debía, para que despidieran sin posibilidad de readmisión al corrector y a un alto cargo del periódico.

Y es que las erratas son viejas conocidas de literatos e impresores. Los correctores puntillosos distinguen entre erratas si son de infantería, gazapos cuando abruman el texto, moscas si cubren abundantes la superficie de la página, y lapsus cálami, que nacen por un error del que escribe. Luis Cernuda decía de ellas que eran la caries de los renglones. Alfonso Reyes las llamó
"lepra connatural del plomo". Para José Martínez de Sousa son, simplemente, heridas en el texto.

De esas heridas da fe un periodista que escribió una loa a la hija del dueño de su periódico. Terminaba así: "Basta escribir su nombre, Mercedes, para que se sienta orgullosa la tinta". Por desgracia, apareció tonta en vez de tinta,
y el autor fue recompensado con el despido y dos sopapos de manos del ingrato padre.

O como le ocurrió a un famoso crítico literario, cuando dedicó su último libro
"A la Condesa de X, cuyo exquisito gusto conocemos bien todos sus amigos". Descubrió demasiado tarde que en vez de gusto aparecía escrito busto, brotando como un deseo reprimido.

El azar no es capaz de explicar ciertos gazapos especialmente resistentes a pruebas y revisiones. Hay erratas poderosas, invencibles, como la que afligió a un pobre plumilla que escribió acerca de una encopetada dama. Reclamaba al ministro una merecida recompensa por sus “infinitos servicios”, pero el demonio de la imprenta –pues de él hablamos– hizo poner "ínfimos". Nuestro protagonista se apresuró a corregir el error, pero la errata mutó incansable, y apareció "infames" al día siguiente. Desesperado, nuestro héroe volvió a corregir la dichosa palabra, sólo para comprobar una vez más que la dama bien merecía un premio del ministro por sus "íntimos servicios".

Pero no debes pensar, travieso lector, que los gazapos son cosa propia de periódicos y revistas. También los poetas han sufrido sus pullas, como aquel que en un verso dedicado a su mujer dejó escrito y bien escrito:

Y Mariuca se duerme,
y yo me voy de putillas.

De nada sirvíó explicar a la tal Mariuca que todo eran juegos de un errático diablillo.

Blasco Ibáñez tuvo su ración cuando su novela Arroz y tartana alojó la siguiente perla: "Aquella mañana, Doña Manuela se levantó con el coño fruncido". El novelista también debió arrugar el suyo al leer la frase de marras. Incluso Alejandro Dumas tuvo que resignarse, cuando La dama de las camelias se transformó en La dama de las camellas.

La simple casualidad no basta para explicar las erratas. Los monjes medievales achacaban las suyas a Titivilo, un demonio menor atento a cotillear los parloteos ociosos de los escribas y a llevar puntillosa cuenta de todos sus pecados para contarlos más tarde a Lucifer. Con el tiempo, el travieso diablo dedicó sus largas veladas en el scriptorium a trastocar letras y cambiar frases. Una de sus mayores hazañas fue asesinar al papa Clemente XI, que murió del berrinche provocado por leer una errata especialmente gorda en un libro con sus homilías. Sin embargo, Titivillo se siente especialmente orgulloso de las que ha conseguido deslizar en la Biblia.

En la llamada
"Biblia del pecado" de 1716, hizo decir a Jesús: “vete y peca más”. Pero la favorita de nuestro demonio es la que obligó a Moisés a bajar del Sinaí luciendo un par de cuernos, en lugar de un rostro resplandeciente. Una mala traducción de San Jerónimo bastó para obrar el milagro. Errata mágica, por encima incluso de la aparecida en el Journal de l'Empire, que provocó la invasión de Rusia por Napoleón. La frase "Uno de los emperadores dominará Europa", en lugar de "La unión de los emperadores dominará Europa", cambió la historia de mundo.

A veces Titivilo sugiere erratas que mejoran versos y novelas, como cuando escribió "mar adentro de tu frente" en vez de "más adentro de tu frente" en un poema de Alfonso Reyes. Son felices ocurrencias de un demonio que a fuerza de relacionarse con escritores, ha desarrollado también un alma de autor.


Puedes leer más sobre este asunto aquí, aquí, aquí, aquí y aquí
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El artículo original es de Libros Malditos, y no me resisto a reproducirlo aquí.
Las imágenes han quedado allí para aligerar un poco el apunte.

3 comentarios:

  1. Genial. Gracias por este post.

    Un abrazo.

    P.S.: Joer, la palabra de verificación es lascras ¿Será una indirecta con errata?

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  2. Una entrada muy divertida, enhorabuena

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