viernes, 30 de octubre de 2009

La subvención como método de subordinación intelectual

Morder la mano que te da de comer nunca ha sido una buena idea.
Porque puede ponerte a dieta, racionarte la cantidad o, a lo peor, retirarte el plato.

Son muy pocas las instituciones, fundaciones, empresas o grupos de comunicación que "regalan" sus recursos a cambio de nada. El subvencionado debe entregar algo a cambio: puede ser en forma de creación artística, literaria, cultural, científica, cinematográfica...
Este sería el justo intercambio.

Qué criterios se usen para seleccionar los candidatos a subvención depende de cada institución. Y, en general, no suelen estar muy claros por la cantidad de matices subjetivos que intervienen en la selección: de oportunidad, de moda, de renombre del candidato, del signo político imperante en el momento, de la repercusión mediática...

Pero hay un criterio oculto, inconfesable por ambas partes: el de la subordinación intelectual.

Dice el aforismo que "de bien nacido es ser agradecido".

Pero el agradecimiento nunca puede impedir la independencia de criterio y la libertad para discrepar. Y si esas independencias y criterios tienen consecuencias, es el momento de demostrar que era reales.

Tal y como están las cosas a día de hoy, la subvención se ha convertido en un método de subordinación intelectual. Cada día hay menos voces discordantes de la línea oficial entre los intelectuales. ¿Dónde se meten cuando hace falta su voz alternativa?
Pues parece que están ocultos bajo el cálido manto de la subvención.

Inteligente política la de acallar las críticas a base de "dar de comer" a los disidentes. Pero esto suena a soborno. Y en estos casos, tan culpable es el sobornador como el sobornado: el sobornador por coartar intencionadamente la libertad de creación y de opinión; el sobornado porque ha dejado que encuentren su precio.

Los intelectuales han desempeñado siempre esa doble función de servir al régimen y de combatirlo. Pero yo no veo, en este momento, más que a los primeros.

Todos parecen más precupados en cuidar de su cuenta corriente y en servir a su amo que en desenmascarar las incoherencias de una política cultural restrictiva, dadivosa y, con frecuencia, represora.
Y últimamente, para colmo, el fútbol es el rasero por el que se miden las aportaciones en los medios de comunicación.

Sé que soy injusto por generalizar. Pero es que la única crítica que encuentro es la que se produce en los blogs y algunas redes sociales.
Y me preocupa el silencio del resto.

Hablo de la actual situación española. No pretendo validez universal.

Hay algunas excepciones honrosísimas, que trataremos en otra ocasión para darles el protagonismo que merecen.


(La frase del título se la escuché a Giorgio Israel, historiador de la ciencia y catedrático de la universidad de Roma "la Sapienza". Y es la que inspira esta reflexión).

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Bibliografía
Ministerio de la culpa.

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