jueves, 31 de diciembre de 2009

¡Mucha mierda!

Se dice en el mundo del espectáculo que desear suerte produce el efecto contrario.

Será por eso que todo aquel que se sube a un escenario utiliza la expresión ¡mucha mierda! para desear suerte a los demás. ¿Por qué?

Dice wikipedia en su entrada sobre mierda:

En muchos países los actores, músicos y artistas del espectáculo se desean suerte antes de subir al escenario diciendo: «mucha mierda». Probablemente provenga de la costumbre en Francia de pronunciar "merde" como señal de éxito. Esto forma parte de una superstición que considera que desear buena suerte generaría justo lo contrario, mala suerte.

El origen de esa costumbre no está claro. Hay quienes explican que esto se debe a que antiguamente, en París, sólo podían permitirse ir al teatro las personas de la clase pudiente, que acudían al mismo en coche de caballo. Entonces, si en la puerta del teatro había gran cantidad de "mierda", significaba que el teatro estaría lleno, o lo que puede suponer mucho éxito.

Otros afirman que el origen de decir «mierda» o «mucha mierda» es que, en la Edad Media, los artistas iban con sus carromatos por los pueblos. Cuando llegaban a uno, si había mucho estiércol a la entrada, calculando la extensión del mismo, eso quería decir que en aquel momento había un mercado, feria u otro acto y por eso entraban, hacían su espectáculo y se iban. Cuando se encontraban con otros artistas, se deseaban entre ellos algo así como «¡Que tengas mucha mierda en el próximo pueblo!»

Tener un blog se parece mucho a actuar en un escenario.

Es más o menos en directo gracias a la redes sociales; hay contacto físico -si quieres, con tus comentarisas-, aplausos -muy cotizados por algunos-, y algunas toses; pero, sobre todo, hay un público al que respetar y una coherencia que mantener.
Y ¿quién no desea mucho público en su próxima actuación?

Así que, para todos aquellos que salimos al escenario virtual con regularidad, y para todos aquellos que formamos parte del público... ¡mucha mierda! para el 2010.

martes, 29 de diciembre de 2009

Letras en la red: Facebook y la literatura

Para hablar de redes sociales y creación literaria es preciso superar varios prejuicios: primero, que las pantallas sean enemigas de la literatura. Segundo, que las redes sociales sólo sirvan para ligar. Tercero, que la literatura accesible en la red sea de escasa calidad, creada por aficionados o, como mucho, que sean obras menores de autores más o menos reconocidos. Así, dos espacios aparentemente antagónicos pueden resultar maravillosa y sorprendentemente complementarios. Como muestra, nos centraremos en la red social preponderante actualmente, facebook. ¿Qué relación mantiene con la literatura?

Escritores en vanguardia
Si en el mundo del libro existe un colectivo atento a las innovaciones ése es el de los autores. Y es que los escritores -con la lógica salvedad de los espíritus clásicos, o las generaciones pre-digitales- no sólo experimentan con el lenguaje o las técnicas narrativas: también se mueven en un entorno social y tecnológico en constante evolución, y suelen ser estar, además, predispuestos a los cambios, como parte del espíritu creativo. A fin de cuentas, escribir es escribir, sea para que aparezca en libros, en papel prensa o en la pantalla de un ordenador. Pero, ¿cómo aprovecha un autor las posibilidades que facebook pone a su alcance?
Aparte de un perfil personal, que le permite un acercamiento a los lectores muy directo, los escritores pueden tener su propia «página». En ambos se pueden difundir noticias, publicar textos o convocar actos públicos, si bien la «página» supone un contexto más formal, pues no suele estar gestionada directamente por el autor, sino por su editor o agente, ni ofrecen información personal. Es habitual, pues, que un escritor cuente con una «página» oficial, en la que sus lectores se inscriben como «fans», y paralelamente mantenga un perfil personal, un reducto más privado en el que se relaciona con los llamados «amigos». Pero es que facebook es también un sistema de publicación, en el que cada usuario cuenta con una especie de blog interactivo, llamado «muro», en el que publicar sus propios textos -los posts de los blogs se llaman aquí "notas"- o exhibir los mensajes que han dejado los visitantes.
Aunque podemos inscribirnos como admiradores de escritores como Álvaro Pombo o Alejandro Gándara, un ejemplo de utilización más dinámica de la red social sería el del ganador del último premio Alegría de poesía, José María Cumbreño, quien publica puntualmente en su perfil noticias de su actividad literaria: críticas y reseñas de su obra, intervenciones en los medios de comunicación o actualizaciones de su blog. En una línea menos expansiva, pero más crítica, es recomendable seguir la página del poeta Regino Mateo quien, más allá de su faceta política, comenta la actualidad social y cultural, aportando enlaces a lo más destacado de la red, y además recoge los artículos que también aparecen en su blog 'Un Santander posible'.

Blogs y libros
Frente al augurado ocaso de los blogs, y la consiguiente atomización de lectores y textos, las redes sociales suponen un impulso a las bitácoras. Por ejemplo, cada bloguero puede programar su perfil para replicar automáticamente en facebook las entradas de su blog. Pero también existen aplicaciones que permiten suscribirse a las actualizaciones de un blog dentro del propio facebook, o incluso recomendar a otros usuarios determinados artículos o posts, añadiendo nuestras propias observaciones mediante el sistema de comentarios. Pero también los libros tienen su espacio en la red social. Por un lado, puede abrirse una página dedicada a una obra concreta, como es el caso de 'Litro de versos', de Felipe Zapico, líder del añorado grupo de rock Deicidas. El libro se presentó este lunes, y horas antes del acto ya contaba con casi medio millar de fans registrados en la web, informados sólo a través de medios digitales, que se han convertido en la versión contemporánea del boca a boca, el boca-oreja tan anhelado por las editoriales.

Negocio a la vista
Precisamente a los editores es a quienes más ha costado arrancar, pero finalmente han tomado al asalto las redes sociales, dispuestos a aprovechar las ventajas que, muchas veces a coste cero, les ofrecen. Un ejemplo evidente es la incipiente editorial cántabra El Desvelo, que en apenas seis semanas cuenta ya con casi 1.500 seguidores, y ha conseguido promocionar sus primeros libros combinando los mecanismos tradicionales con los medios digitales.
Otra aventura editorial ha sido la emprendida por Minotauro Digital, que hasta ahora publicaba la revista (en papel) Cuadernos del Minotauro, y que ofrece en la red, gratuitamente, una edición digital de 'El libro de Angelina', para lo que basta con inscribirse como fan en facebook. La peculiaridad es que la obra se ofrece por entregas, al estilo de los folletines decimonónicos, lo que supone una curiosa mezcla de tradición y modernidad, el «e-book por entregas».
Pero, para los editores, la promoción no es la única utilidad de facebook. Aparte de la publicidad directa, cada día más frecuente gracias a los sistemas de segmentación de clientela de la plataforma, también es posible establecer relaciones de cariz casi sentimental, como 'Regala libros de Anagrama', una curiosa aplicación que permite regalar -virtualmente, eso sí- los títulos favoritos de la editorial «de culto». Un negocio redondo, pues lo crea y lo mantiene, espontáneamente, un internauta ajeno a la editorial. Pasatiempos, que otros resuelven con cervezas o abrazos virtuales, pero que no dejan de tener su encanto.

Un sector completo
Agentes, libreros, instituciones culturales, revistas, críticos. Todos están presentes, en mayor o menor medida, en las redes sociales. Todos contactan con sus clientes, buscan nuevos lectores o compradores a través de sus páginas o grupos de seguidores. En facebook no hay transacciones económicas, pero sí se produce un importante intercambio de información, de recomendaciones y promocional. Es un medio económico, directo y, sobre todo, inmediato.
Un buen ejemplo de su utilidad son las convocatorias literarias. Cualquier librería con un perfil activo, como la ovetense Cervantes, ya no se limita a enviar a los medios la tradicional nota de prensa, sino que en su página avisa de un «evento», lo que se comunica mediante un mensaje a los seguidores de su web. Estos seguidores, además, se han inscrito voluntariamente, lo que significa que, con independencia de su número, el aviso se dirige a lectores, a personas realmente interesadas en recibir esa información. Además, los invitados pueden confirmar o excusar su asistencia al acto, lo que supone una valiosísima información para el organizador del evento.

¿Y los lectores?
Obviamente, el gran beneficiado de todo este proceso es el amante de la literatura. Y no sólo porque la red supone el acceso libre a muchos textos antes inencontrables -puestos a su disposición, generalmente, por el propio autor-, sino que las redes sociales permiten esa maravilla de la interacción que es la reversibilidad de roles: el lector que se convierte también en autor, a través de sus comentarios, o incluso publicando él mismo sus textos, sin precisar de intermediarios.
Además, las posibilidades son enormes: desde los clubes de lectura hasta las páginas personales de recomendación de libros, o crítica personal, es el lector el que tiene la palabra.

Sitio para todos
Sin embargo, la red no es uniforme, y quizás sea esa su mayor grandeza. Y es que en ese espacio algo anárquico y más o menos democrático cabe casi cualquier cosa. Incluso, la disensión. Como uno de los grupos de usuarios, cuyo nombre es toda una declaración: "Odio la literatura". Afortunadamente, ni siquiera llegan a los 200 asociados, frente a los casi 2000 que se declaran seguidores de las letras. Cifras poco espectaculares, si las comparamos con las de cualquier club de fútbol, que se miden por cientos de miles, o con los cuatro millones de fans de la Coca-Cola, pero en la red, hoy en día, los lectores y escritores tienen cada vez más sitio.


----------------------
Artículo de Javier Menéndez en el Diario Montañés.

lunes, 28 de diciembre de 2009

Transitivo vs. pronominal (Tres14 lo ha vuelto a hacer)

Hace unos días hablábamos de cómo la Ciencia se escribe con letras, y les poníamos el ejemplo de una falta de ortografía en unos subtítulos en el programa de divulgación científica Tres14, de RTVE.

Pues bien: en el programa
de Tres14, del domingo 13 de diciembre, vuelve a aparecer, en la misma sección, otra falta gramatical.

Usan el verbo procrear, transitivo, como pronominal (el que se construye en todas sus formas con un pronombre átono que concuerda con el sujeto y que no desempeña ninguna función sintáctica oracional).
.















.
La RAE lo define así:

Procrear:

(Del lat. procreāre).

1. tr. Engendrar, multiplicar una especie.



Seguramente quisieron decir reproducirse.

jueves, 24 de diciembre de 2009

"Navidad en Ganímedes". Un cuento de Navidad de Isaac Asimov

Olaf Johnson canturreaba entre dientes mientras sus ojos azules observaban soñadores el impresionante abeto situado en un rincón de la biblioteca. Aunque ésta era la estancia más amplia de la Base, a Olaf no le parecía demasiado espaciosa en aquella ocasión. Se inclinó con entusiasmo sobre la enorme canasta que tenía a su lado y extrajo el primer rollo de papel verde y rojo.
No se detuvo a reflexionar sobre el repentino impulso sentimental que se había apoderado de la Productos Ganimedinos, S. A., para enviar a la Base una colección completa de adornos navideños. Olaf se hallaba bien preparado para desempeñar el trabajo que se había impuesto como decorador en jefe de los temas navideños; este cargo le colmaba de satisfacción.
De repente frunció el entrecejo y masculló una maldición. La lámpara que convocaba Asamblea General empezó a lanzar destellos histéricamente. Con expresión contrariada dejó a un lado el martillo, que ya había levantado, así como el rollo de papel; se arrancó unas cuantas lentejuelas del cabello y se dirigió al departamento de los oficiales.
El comandante Scott Pelham estaba arrellanado en el sillón presidencial cuando entró Olaf. Sus dedos rechonchos tamborileaban sin ritmo sobre el cristal que cubría la parte superior de la mesa. Olaf sostuvo sin temor la mirada colérica del comandante, ya que en su departamento no había ocurrido ninguna anomalía en veinte circunvoluciones ganimedinas.
Un grupo de hombres llenó con presteza el aposento y la mirada de Pelham se endureció mientras los contaba uno a uno inquisitivamente.
-Ya estamos todos aquí -exclamó-. ¡Muchachos! Nos enfrentamos con una crisis.
Se percibió un vago movimiento. Los ojos de Olaf miraron al techo y se sintió aliviado. Por término medio, en cada circunvolución completa se originaba una crisis en la Base. Generalmente surgía al producirse un alza repentina en el cupo de oxita, o bien cuando era inferior la calidad del último lote de hojas de karen. Sin embargo, las palabras siguientes le dejaron sin aliento.

-En relación con la crisis tengo que hacer una pregunta.
La voz de Pelham tenia un profundo timbre de barítono, salpicado de estridencias, cuando estaba colérico.
-¿Qué cochino y estúpido perturbador ha contado historias de hadas a esos revoltosos astruces?
Olaf carraspeó nervioso, con lo que se convirtió en el centro de la atención general. Le oscilaba la nuez presa de repentina alarma, se le arrugó la frente como cartón mojado; temblaba.
-Yo... yo... -tartamudeó. Hubo un momentáneo silencio. Sus largos dedos hacían desatinados ademanes suplicantes-. Sí... quiero decir que estuve allí después que las últimas entregas de hojas de karen..., ya que los astruces se movían con lentitud y...
La voz de Pelham adquirió un tono de falsa dulzura. Sonrió.
-¿Les habló a los nativos de Santa Claus, Olaf?
La sonrisa parecía insólita al igual que la mirada lobuna que lanzaba de reojo y Olaf quedó anonadado. Asintió convulsivamente.
-Oh, ¿si? ¿Habló con ellos? Vaya, vaya, les habló de San Nicolás. Viene en un trineo volando por los aires con un tiro de ocho renos, ¿eh?
-Sí, en efecto. ¿No es verdad? -inquirió inadecuadamente Olaf.
-Y dibujó los renos para demostrar que no se trataba de un error. Y que él tiene una gran barba blanca y sus ropas son encarnadas con cenefas albinas.
-Si, señor, tiene razón -contestó Olaf estupefacto.
-Y lleva un gran saco atestado de regalos para los niños buenos, los deja caer por la chimenea y los pone dentro de los calcetines y medias.
-Exacto.
-También les dijo que está a punto de llegar. Una circunvalación más y vendrá a visitarnos.
Olaf sonrió débilmente.
-Si, mi comandante. Quería decírselo; estoy montando el árbol y...
-¡Cállese! -el comandante respiraba agitado y sibilante-, ¿sabe lo que se han imaginado esos astruces?
-No, mi comandante.
Pelham inclinó el torso sobre la mesa en .dirección a Olaf y gritó:
-Quieren que Santa Claus los visite.
Se oyeron algunas risas que al punto se convirtieron en toses ahogadas ante la encolerizada mirada del comandante.
-Y si Santa Claus no los visita dejarán de trabajar -repitió-. Se producirá una huelga.

Después de estas palabras ya no se oyeron risas, ni toses contenidas, ni nada por el estilo. Si había cruzado otro pensamiento por las mentes del grupo, éste no llegó a manifestarse. Olaf expresó la idea que estaba en el ánimo de todos:
-¿Y cómo va la cuota?
-¿Que cómo va la cuota? -gruñó Pelham-. ¿Tengo que dibujarles un gráfico? Productos ganimedinos tiene que obtener cien toneladas de wolframita, ochenta toneladas de hojas de karen y cincuenta toneladas de oxita por año, o de lo contrario perderá la concesión. Supongo que ninguno de ustedes lo ignora. Se da la circunstancia que al año terminará dentro de dos circunvoluciones ganimedinas y la producción sufre un déficit del cinco por ciento con arreglo al plan establecido.
Se produjo un silencio sepulcral. Pelham prosiguió:
-Y los nativos no trabajarán si no viene Santa Claus. No habrá trabajo, ni cuota, ni concesión, ni empleos. Cuando la Compañía pierda sus derechos, perderemos los empleos mejor pagados de la organización. Adiós, muchachos..., buena suerte... amenos...
Hizo una pausa y mirando fijamente a Olaf añadió:
-A menos que antes de terminar la próxima circunvolución tengamos un trineo volador, ocho renos y un Santa Claus. y por las manchas cósmicas de los anillos de Saturno, lo conseguiremos; especialmente un Santa Claus.
Diez rostros palidecieron mortalmente.
-¿Tiene algún plan, mi comandante? -graznó alguien con voz trémula.
-Sí, desde luego que lo tengo. -Estiró las piernas y se recostó en el sillón.
Un repentino sudor frío se apoderó de Olaf Johnson al notar, cual dedo acusador, las miradas fijas de todos los presentes.
-Cuanto lo siento, mi comandante -murmuró con voz ahogada.
Pero el dedo acusador permanecía inmóvil.
Pelham penetró con paso firme en la antesala. Se despojó de la careta de oxígeno y de los fríos cilindros conectados a ella. Arrojó a un lado, una tras otra, gruesas prendas de lana y, al fin, con un suspiro de preocupación, se quitó a tirones un par de botas espaciales que le llegaban hasta las rodillas.
Sim Pierce interrumpió el cuidadoso examen de la última partida de hojas de karen y lanzó desde detrás de sus lentes una mirada esperanzadora.
-¿Qué hay? -preguntó.
Pelham se encogió de hombros.
-Les prometí la visita de Santa Claus. ¿Qué podía hacer? También les he doblado la ración de azúcar y de momento están trabajando.
Pierce agitó una enorme hoja de karen con cierto énfasis, mientras decía: -¿Quiere decir hasta el día en que deba aparecer el prometido San Nicolás? En mi vida he oído cosa más tonta. No se podrá llevar a cabo. No habrá Santa Claus.
-Diga eso a los astruces -Pelham se hundió en una butaca y sus rasgos adquirieron una expresión pétrea-. ¿Qué hace Benson?
-¿Cree que podrá equipar ese dichoso trineo? -Pierce examinó una hoja al trasluz con aire crítico-. Mi opinión es que está chiflado. El viejo aguilucho ha descendido al sótano esta mañana y desde entonces está allí. Lo único que sé es que ha desmontado el disociador eléctrico. Si sucede algo anormal, nos quedaremos sin oxígeno.
-Bien. -Pelham se incorporó con dificultad-. Por mi parte ojalá nos asfixiemos. Seria la manera más fácil de salir de este atolladero. Me voy abajo.
Salió presuroso y cerró la puerta de golpe.
En el sótano miró a su alrededor aturdido. Diseminadas por todos los sitios brillaban numerosas piezas de acero cromado. Pasó un buen rato tratando de reconocer las partes que el día anterior constituían una compacta maquinaria, un electro-disociador perfectamente montado. En el centro, en contraste anacrónico, había un polvoriento trineo de madera, con las palas encarnadas y deslucidas; Se oían martillazos procedentes de su interior.
-¡Eh, Benson! -gritó Pelham.
Un rostro tiznado y sudoroso se asomó bajo el trineo y un chorro de tabaco salió disparado hacia la inseparable escupidera del ingeniero.
-¿Cómo grita de esta manera? -se quejó Benson-. Estoy haciendo un trabajo delicado.
-¿Qué diablos es éste fantástico artificio?
-Un trineo volante. Una idea mía -el fuego del entusiasmo brilló en los húmedos ojos de Benson y mientras hablaba le surgía por la comisura de los labios la espuma del tabaco-. El trineo lo trajeron aquí en los viejos tiempos, cuando se creía que Ganímedes estaba cubierto de nieve como otros satélites de Júpiter. Todo cuánto tengo que hacer es adaptar en el fondo unos cuantos gravo-repulsores del disociador, con lo cual el trineo se hará antigravitatorio al conectar la corriente. Los compresores harán el resto.
El comandante se mordió el labio inferior dubitativo.
-¿Y funcionará?
-Por supuesto. Mucha gente ha pensado aplicar los repulsores a los viajes aéreos, pero resultan ineficaces en los campos de gran gravitación. En Ganímedes, con un tercio de gravitación y una presión atmosférica muy leve, un chiquillo podría manejarlo, incluso Johnson, aunque no lamentaría si cayera y se rompiera su maldito cuello.
-Muy bien, mire. Tenemos grandes cantidades de esa madera purpúrea aborigen. Póngase en contacto con Fim y dígale que coloque el trineo en una plataforma construida con este material. Tiene que medir unos seis metros de largo con una baranda alrededor de la parte que sobresalga.
Benson escupió y frunció el ceño bajo los espesos cabellos que le llegaban hasta los ojos.
-¿Cuál es su idea, comandante? -inquirió.
Inmediatamente se dejaron oír las risotadas de Pelham como ásperos ladridos.
-Esos astruces esperan ver los renos y los verán. Estos animales tendrán que ir montados en algo, ¿no es eso?
-Cierto... pero en Ganímedes no hay renos.
El comandante Pelham, que ya se marchaba, se detuvo un momento. Contrajo los párpados con desagrado como hacía siempre que pensaba en Olaf Johnson.
-Olaf ha salido a cazar ocho zambúes. Tienen cuatro patas, cabeza en un extremo y cola en el otro. Esto es suficiente para los astruces.
El viejo ingeniero rumió este informe y rió entre dientes de mala gana.
-Bien, me agrada la tonta distracción de su trabajo.
-A mí también -gritó Pelham.
Se alejó majestuosamente mientras Benson, mirándolo de reojo, desaparecía bajo el trineo.

La descripción que había hecho el comandante de un zambú era concisa y exacta, pero omitió detalles interesantes. Por una parte, el zambú tiene una cola larga, un hocico flexible, dos orejas que ondean elegantemente de atrás hacia adelante. Tiene dos ojos purpúreos y emotivos. Los machos están dotados de espinas de color carmesí, plegables a voluntad, que se extienden a lo largo de la columna vertebral y al parecer este ornamento es muy apreciado por las hembras de esta especie. Todo esto, combinado con una cola cubierta de escamas y un cerebro nada mediocre tendrán ustedes un zambú, o al menos lo tienen si logran capturarlo.
Precisamente, éste era el pensamiento que se le ocurrió a Olaf Johnson, al descender con cautela por una eminencia rocosa aproximándose a un rebaño de veinticinco zambúes que pastaban entre los desperdigados matorrales de una zona arenosa. Los ejemplares más próximos observaban cómo se acercaba Olaf, quien ofrecía un grotesco aspecto enfundado en pieles y con la careta de oxígeno conectada a la nariz. Como sea que los zambúes carecen de enemigos naturales se contentaban con mirar aquella extraña figura con ojos lánguidos y reprobatorios y volvieron a ronzar su provechosa pitanza.
Las nociones de Olaf respecto a la caza mayor eran incompletas. Rebuscó en los bolsillos un terrón de azúcar y cortándolo exclamó:
-Pss... Pss... michito..., pss... pss... michito...
Las orejas del zambú más próximo se crisparon con desagrado. Olaf se acercó más con el terrón de azúcar en alto:
-Ven aquí, currito, ven aquí...
El zambú vio la golosina y puso los ojos en blanco.
Movió el hocico arrojando el último bocado de vegetación y avanzó olfateando con el cuello estirado. Después golpeó la palma extendida con un rápido y experto movimiento, llevándose el terrón a la boca. La otra mano de Olaf bajó rápida, pero se encontró con el vacío.
Con expresión desengañada sacó otra pieza del bolsillo:
-Ven aquí, príncipe. Acércate, Fido...

El zambú emitió un gruñido tremolante en las profundidades de su garganta. Era una manifestación placentera. Evidentemente aquel extraño monstruo que tenía ante él, después de haberse vuelto loco, se proponía alimentarlo para siempre con aquellos bocados concentrados y suculentos. Se lo arrebató de nuevo y retrocedió con la misma rapidez que la vez anterior. Pero en esta ocasión Olaf lo sujetaba con firmeza, pero el zambú también le había cazado medio dedo.
El alarido que dio Olaf denotaba que éste carecía en cierto modo de la impasibilidad necesaria requerida en tales circunstancias. Sin embargo, un mordisco que hace daño a través de espesos guantes, por supuesto, no deja de ser un mordisco.
Se abalanzó osadamente sobre el animal. Había ciertas cosas que alteraban la sangre de Johnson y el antiguo espíritu de los vikingos resurgía en él. Precisamente una de estas cosas era el que alguien o algo le mordiera un dedo, y mucho más si este alguien o algo era un ser extraterrestre.
Los ojos del zambú observaban indecisos mientras retrocedía. Ya no le ofrecían más terrones blancos y no sabía con seguridad lo que sucedería a continuación. La incertidumbre se desvaneció con rapidez inesperada cuando dos manos enguantadas se apoderaron de sus orejas y empezaron a zarandearlas. Lanzó un agudo gañido y arremetió brioso.
Los zambúes están dotados de cierta dignidad. Les desagrada que les tiren de las orejas, particularmente cuando otros zambúes, incluyendo algunas hembras, forman un corro y miran expectantes.
El terrícola cayó de espaldas y durante un rato estuvo en esta posición. Mientras tanto el zambú se alejó unos cuantos pasos y caballerosamente permitió que Johnson se pusiera en pie.
La vieja sangre de los vikingos alcanzó un grado más alto de efervescencia en Olaf. Se restregó la parte dolorida y saltó, olvidándose de las leyes de gravitación
ganimedinas. Se desplazó por el aire a un metro de altura sobre la espalda del zambú.
Asomó el miedo en los ojos del animal al observar a Olaf. El salto había sido imponente, pero al mismo tiempo también se notaba en sus órganos visuales cierta confusión. Parecía que aquella maniobra carecía de propósito.
Olaf volvió a caer de espaldas sobre los cilindros al igual que la vez anterior. Empezaba a sentirse desconcertado. Los sonidos que emitían los espectadores denotaban palpablemente su condición de risitas burlonas.

-Risitas, ¿eh? -masculló amargado-; todavía no ha empezado la lucha.
Se acercó al animal lenta y cautelosamente. Dio un rodeo, examinando el punto más conveniente para lanzar el ataque. El zambú hizo lo mismo. Olaf simuló un falso ataque. Su oponente se agachó. A continuación, este último se volvió de espaldas y Olaf se agachó a su vez.
El seco y agresivo ronquido que salía de la garganta del zambú no parecía estar en consonancia con el espíritu fraternal que generalmente reina durante la época navideña y esta actitud irreverente le recordaba a Olaf algo así como un sacrilegio.
De pronto se oyó un silbido. Ola! sintió un repentino calor en la cabeza detrás de las oreja izquierda. Esta vez dio una vuelta en el aire y cayó de nuca. Los asistentes al espectáculo prorrumpieron en un clamor que parecía un relincho de satisfacción y el zambú movió la cola triunfalmente.
Olaf se sobrepuso a la impresión de estar flotando en un espacio infinito tachonado de estrellas y se incorporó vacilante.
-¡Protesto! -exclamó-. El ataque con la cola es juego sucio.
Saltó hacia atrás esquivando otro coletazo y acto seguido se lanzó hacia la parte inferior del animal y, atrapándole las patas, con fuerza, le obligó a dar con el espinazo en el suelo. El zambú lanzó un gañido de indignación.
Ahora la lucha había entrado en una fase en la que los músculos terrícolas y ganimedianos jugaban un papel decisivo. Olaf se manifestó como un hombre de fuerza bruta. Luchó con denuedo y por último se lo cargó a la espalda y el animal se sintió zarandeado e impotente.
Respondió vociferante y trató de demostrar sus objeciones con un coletazo bien administrado. Pero estaba situado con desventaja y la cola pasó silbando inofensiva sobre la cabeza de Olaf.
Los otros zambúes dejaron paso libre al vencedor con triste expresión en sus semblantes. Evidentemente eran muy buenos amigos del animal capturado y les era desagradable en extremo que hubiera perdido el combate. Volvieron a su quehacer gastronómico con resignación filosófica, completamente convencidos que todo era obra del destino.
Al otro lado de la prominencia rocosa, Ola! Había habilitado una cueva. Se desarrolló una breve y confusa lucha antes que Olaf lograra hacer entrar en razón al zambú.
Una cuerda anudada concienzudamente fue el auxiliar más eficaz para mantenerlo quieto.

Pocas horas después cuando ya tenía en su poder los ocho zambúes, poseía una técnica depurada que sólo se adquiere tras larga experiencia. Podía haber dado a los cow-boys valiosos consejos sobre la forma de derribar cuadrúpedos recalcitrantes. También podía haber dado unas cuantas lecciones a los estibadores terrícolas, sobre tacos y juramentos simples y compuestos.
Era el día de Nochebuena y en la Base ganimedina reinaba un ruido ensordecedor y un confuso acaloramiento, como si se hubiera puesto en marcha un nuevo ingenio para registrar toda clase de sonidos. Alrededor del viejo trineo situado sobre una enorme plataforma de madera purpúrea, cinco terrícolas libraban una verdadera batalla con un zambú.
El zambú posee opiniones concretas en relación con muchas cosas y uno de sus más tenaces principios es que no va adonde no quiere ir. Esto lo demostraba palpablemente sacudiendo la cabeza, la cola, las cuatro patas, las tres espinas, en todas las direcciones y con todas sus fuerzas.
Pero los terrícolas insistieron y no con gran delicadeza. A pesar de sus angustiosos alaridos el animal, fue elevado hasta la plataforma, colocado en el lugar correspondiente y enjaezado sin remedio ni esperanza.

-Muy bien -gritó Peter Benson-. Traigan la botella.
Sujetando el hocico con una mano, Benson agitó la botella con la otra. El zambú temblaba de ansiedad y emitió temblorosos gañidos. Benson introdujo el líquido en la garganta del animal. Se oyó un gorgoteo y después un gruñido comprensivo. El animal estiró el cuello en demanda de otro trago.
-Nuestro mejor coñac -suspiró Benson.
Hubiera terminado la botella, pero la dejó cuando estaba por la mitad. Los ojos del zambú giraron rápidamente en sus cuencas; parecía como si intentara bromear. Sin embargo, esta actitud no duró mucho tiempo, pues el metabolismo ganimedino queda afectado por el alcohol casi de inmediato. Los músculos se le contrajeron con la rigidez propia de la borrachera e hipando sonoramente se desplomó.
-Traer al siguiente -exclamó Benson.
Al cabo de una hora los ocho zambúes no eran más que estatuas catalépticas. Les ligaron a sus cabezas palas en horquilla a guisa de astas.. Producían un efecto tosco e inexacto, pero apto para el fin deseado.
En el preciso momento en que Benson abría la boca para preguntar dónde estaba Olaf Johnson, el benemérito personaje apareció entre los brazos de tres camaradas y fue conducido a la plataforma tan envarado como cualquier zambú después de la lucha. No obstante, articuló sus objeciones con la mayor claridad.
-Yo no voy a ninguna parte con este atuendo. ¿Me oye...?

En realidad había motivos para quejarse. Olaf nunca había sido atractivo, ni en sus mejores momentos, pero su condición actual era una mescolanza entre una pesadilla de zambúes y una concepción patriarcal de Picasso.
Llevaba los atavíos tradicionales de Santa Claus. Estos eran encarnados, tanto como podía permitir el papel de seda cosido a su capa espacial. El "armiño" era tan blanco como el algodón en rama; precisamente esto es lo que era. Su barba ondeaba libremente, hecha de más algodón en rama, enganchada a un lienzo que le llegaba de oreja a oreja.
Con tales aditamentos debajo y la nariz de oxígeno encima hasta la persona de ánimo más templado hubiera rehuido su mirada.
A Olaf no le habían mostrado un espejo para mirarse, pero lo que podía ver de él mismo y lo que su instinto le decía, le postraba en tal estado que la caída de un rayo .fulminante la hubiera saludado con alivio.
Entre gritos y espasmos fue izado al trineo. Intervinieron otros, ayudando vigorosamente hasta que de Olaf, no quedó más que una masa retorcida de la que salían voces ahogadas.
-Dejadme -mascullaba-, dejadme -y atacaba uno a uno.
Hizo un pequeño amago para demostrar su osadía, pero cayeron sobre él numerosas manos que lo atenazaron, impidiéndole mover un dedo.
-¡Entre! -ordenó Benson.
-¡Váyase al infierno! -rugió Ola! entrecortadamente No quiero entrar en un artefacto patentado para un suicidio inmediato. Se puede llevar a su sanguinario trineo volante y...
-¡Oiga! -interrumpió Benson-. El comandante Pelham le está esperando al otro lado. Lo despellejará vivo si no está allí dentro de media hora.
-El comandante Pelham puede entrar en el trineo a mi lado y...
-Piense en su empleo. Piense en sus ciento cincuenta dólares semanales. Piense en Hilda allá en la Tierra que no se casará con usted si pierde el empleo.. Piense en todo eso.

Johnson pensó en aquello confusamente; pensó alguna cosa más y penetró en el trineo. Aseguró el saco con correas y puso en marcha el gravo-repulsor. Abrió el propulsor a chorro lanzando una horrible maldición.
El trineo arrancó impetuoso y Olaf no salió despedido hacia atrás por encima del artilugio, por verdadero milagro.
Se aferró a los pasadores y observó cómo las colinas circundantes subían y bajaban según los picados y rizos del inseguro trineo.
Sopló el viento y las ondulaciones se hicieron más sensibles. Cuando Júpiter apareció, su luz amarillenta iluminó todos los picos y abismos del accidentado
terreno hacia cada uno de los cuales parecía dirigirse el trineo. y cuando el gigantesco planeta se había alejado por completo de la línea del horizonte, la maldición de la bebida, que sale de los organismos ganimedinos, con la misma rapidez que entra, comenzó a alejarse de los zambúes.
El zambú zaguero fue el primero en despertar; se relamió la cavidad bucal, dio un respingo y desvaneció el maléfico influjo del alcohol. Después de haber tomado esta decisión, examinó lánguidamente lo que tenía a su alrededor. No le causó una impresión inmediata, Gradualmente se fue dando cuenta del hecho incontrastable de que el suelo que pisaba, cualquIera que fuere, no era el terreno firme de Ganímedes, Se inclinaba, se movía, lo cual era muy extraño.
Aunque hubiera atribuido este balanceo a su reciente orgía, no por ello dejó de mirar por debajo del barandal al cual estaba amarrado. Los zambúes jamás han muerto de ataque cardíaco, según consta en los registros sanitarios, pero éste, cuando miró abajo de sus patas estuvo a punto de romper la tradición.
El angustioso chillido de horror y desesperación que lanzó, hizo recobrar el conocimiento a los demás, cuyas cabezas, aunque doloridas, habían recobrado la conciencia.

Durante un buen rato se desarrolló una torpe, cacareante y confusa conversación, ya que los animales trataban de echar fuera de la cabeza el dolor e introducir en ella los hechos. Lograron conseguir ambos propósitos y organizaron una estampida. No era propiamente una estampida, puesto que estaban estrechamente atados. Pero si exceptuamos el detalle de su situación forzada, hicieron todos los movimientos del galope tendido. Y el trineo se volvió loco.
Olaf se cogió la barba un segundo antes de dejarla ondear libremente.
-¡Eh! -gritó,
Era tanto como sisear aun huracán.
El trineo pataleaba, saltaba y bailaba un tango histérico. Era presa de repentinos arrebatos y parecía dispuesto a estrellar su cerebro de madera contra la corteza de Ganímedes. Entretanto Olaf, a la vez que renegaba, juraba y lloraba, accionaba los propulsores a chorro.

Ganímedes daba vueltas y Júpiter se mostraba como una mancha borrosa. Quizá la bailotearte panorámica de Júpiter fue lo que indujo a los zambúes a comportarse con más formalidad. Parecía que ya les había pasado el malestar de la borrachera. Sea como fuere, cesaron de moverse, se dirigieron los unos a los otros sublimes discursos de despedida, confesaron sus pecados y esperaron la muerte.
El trineo se estabilizó y Olaf recobró el aliento que volvió a perder de nuevo ante un curioso espectáculo: hacia arriba veía las colinas y el sólido terreno ganimedino y por debajo el obscuro cielo y la abultarla figura de Júpiter.
Al ver todo esto, él también hizo las paces con la eternidad y esperó el fin.
“Astruz” es un diminutivo de avestruz y a este animal se parecían los nativos de Ganímedes, si bien hay que considerar que tienen el cuello más corto la cabeza más grande y su plumaje parece que de un momento a otro vaya a desprenderse de raíz. Hay qué añadir a su retrato un par de brazos, flacos y huesudos, provistos de tres dedos rechonchos. Saben inglés, pero cuando uno los oye, preferiría que no lo hablaran.
Unos cincuenta astruces se habían agrupado en una construcción de poca altura hecha de madera purpúrea, que llamaban salón de reunión. En un sucio Banco de honor de esta estancia fétida y obscurecida por el humo de las antorchas, estaban sentados el comandante Pelham y cinco de sus hombres. Ante ellos se pavoneaba el astrúz más desaliñado de todos inflando su enorme tórax con rítmicos y explosivos sonidos. Se detuvo un momento y señaló hacia una abertura en el techo.
-Mira -graznó-. Chimenea. Nosotros hacer, Entrar Sannicaus.
Pelham asintió con un gruñido. El astrúz cloqueó placentero. Señaló los pequeños sacos de hierba tejida que colgaban de las paredes:
-Mirar, calcetines, medias, Sannicaus poner regalos.
-Sí -admitió Pelham sin entusiasmo- chimenea y calcetines. Muy bonito.
Torció la boca en dirección a Sim Pierce, que estaba sentado a su lado y murmuró entre dientes:
-Si estoy media hora más en esta escombrería, me moriré. ¿Cuando llegará ese tonto?
Pierce se movió incómodamente.
-Escuche, he realizado algunos cálculos. Estamos a salvo en todo menos en las hojas de karen, en las que aún llevamos cuatro toneladas de déficit. Si logramos resolver este estúpido asunto dentro de una hora, podremos empezar un nuevo período y hacer que los astruces trabajen el doble -se echó hacia atrás y continuó-. Sí, creo que lo podremos conseguir.
-Poco más o menos -replicó Pelham sombríamente-. Y eso si llega Johnson y no nos pone en otro aprieto.
El astrúz hablaba de nuevo, pues a sus congéneres les agrada charlar:
-Todos los años Kissmess -no sabía pronunciar Christmas, Kissmess bonito, todo el mundo amigos.
Astruz querer Kissmess. Vosotros gustar Kissmess.
-Sí, es muy bonito -refunfuñó Pelham cortésmente-. Paz en Ganímedes y buena voluntad para los hombres, especialmente para aquéllos como Johnson. ¿Dónde diablos está ese idiota?
Cogió otro berrinche mientras el astrúz saltaba unas cuantas veces de arriba a abajo de manera calculada, evidentemente para ejercitarse. Continuó saltando variando el ritmo con aburridos pasos de! baile. Los puños de Pelham se crispaban de una manera extraña. Unos excitados graznidos que provenían de un agujero en la pared, dignificado con el nombre de ventana, contuvieron a Pelham de hacer una matanza de nativos.
Los astruces se agruparon en enjambres y los terrícolas lucharon por hallar un punto dominante.
Al fondo de la gran bola amarillenta de Júpiter, rugió un trineo volante tirado por ocho renos. Era muy pequeñito, pero no cabía duda ; era Santa Claus que llegaba.
Al parecer algo funcionaba mal. El trineo, los renos y todo el conjunto, descendían a una velocidad terrible, pero volaban invertidos.
Los astruces se dispersaron en medio de una cacofonía de granizados.
-¡Sannicaus! ¡Sannicaus! ¡Sannicaus!
Salieron trepando por las ventanas como una fila de estropajos locos en movimiento.. Pelham y sus hombres alcanzaron el exterior por una puerta de poca altura.

El trineo se aproximaba, se hacía más grande, daba bandazos de un lado a otro y vibraba como una rueda des centrada en vuelo. Olaf Johnson era una pequeña figura que se asía perfectamente al trineo con ambas manos.
Pelham gritaba desaforadamente, incoherente y se atragantaba cada vez que se le olvidaba respirar a través de la careta nasal en la fina atmósfera ganimedina.
De pronto se detuvo y miró fijamente con horror. El trineo seguía descendiendo veloz y ya casi se veía de tamaño natural. Si hubiera sido una flecha disparada por Guillermo Tell, no hubiera apuntado, entre ceja y ceja de Pelham, con más precisión.
-Todo el mundo a tierra -chilló mientras se dejaba caer.
La ráfaga de viento que dejó el. trineo al pasar de largo restalló penetrante contra su rostro. La voz de Olaf se oyó durante un instante chillona y confusa. Los compresores de aire dejaron una estela de vapor. Pelham temblaba en el helado suelo de Ganímedes.
Poco después se levantó lentamente, sacudiendo las, rodillas como una hula hawaina. Los astruces que se habían dispersado, antes de que se les echara encima el vehículo aéreo, se agruparon de nuevo. A lo lejos el trineo giraba dando media vuelta. Pelham seguía los revoloteos y bandazos del artefacto desde que empezó a cambiar de dirección. Cabeceó e inclinándose a un lado, enfiló hacia la base y ganó velocidad.
En el interior del trineo Olaf trabajaba como un demonio. Con las piernas ampliamente abiertas balanceaba con desesperación el peso de su cuerpo. Sudaba y maldecía mientras intentaba con todas sus fuerzas evitar la panorámica de Júpiter "hacia abajo", y esto producía en el trineo oscilaciones más y más violentas.
Los bamboleos alcanzaban ahora un ángulo de 180", y Olaf sintió que su estómago le presentaba enérgicas reclamaciones.
Conteniendo el aliento apoyó todo el peso de su cuerpo sobre el pie derecho y el trineo se balanceó con más amplitud que nunca. En el punto más pronunciado de este vaivén desconectó el gravo-repulsor y la débil fuerza gravitatoria de Ganímedes Sacudió el trineo obligándole a descender. Como es natural, al ser el vehículo más pesado por el fondo, debido a la masa metálica del gravo-propulsor, adquirió la posición normal en tanto descendía.
Pero esto le causó muy poco alivio al comandante Pelham ya que, una vez más, el trineo apuntaba directamente hacia su persona.
--Cuerpo a tierra -vociferó, y de nuevo se lanzó al suelo.
El trineo silbó sobre su cabeza, crujió al tropezar contra una peña, hizo un salto dé cinco metros y se paró en seco con un chasquido. Olaf salió despedido por la baranda.

Había llegado Santa Claus.

Con un profundo y tembloroso suspiro, Olaf se ajustó el saco sobre la espalda, se recompuso la barba y acarició la cabeza a uno de los sufridos y silenciosos zambúes. Podía haber sobrevenido la muerte; en verdad, Olaf no la había afrontado con serenidad, pero ahora estaba dispuesto a morir, pisando tierra firme, con nobleza, como un Johnson.
Dentro de la cabaña en la que los astruces se habían aglomerado, una vez más, un golpe en el tejado anunció la llegada del saco de los regalos de Santa Claus y un segundo batacazo la llegada del santo. Una figura espantosa apareció a través del agujero provisional.
-¡Felices Navidades! -farfulló, dejándose caer por el orificio.
Olaf fue a parar encima de los cilindros de oxígeno, como de costumbre y después los colocó en el sitio habitual.
Los astruces saltaban de arriba a abajo como pelotas de goma.
Olaf se dirigió cojeando ostensiblemente al primer calcetín y depositó una pequeña esfera deslumbrante y policromada que extrajo del saco, una de las muchas bolas que originalmente habían sido proyectadas para adornar los árboles navideños. Una a una las fue dejando en todos los saquitos disponibles.
Después de haber realizado su tarea, se sentó en cuclillas completamente agotado y siguió las sucesivas escenas con ojos vidriosos e inseguros. La jovialidad y las carcajadas de buen humor, tradición característica de la festividad de Santa Claus, estuvieron completamente ausentes en esta ocasión.
Pero la ausencia de alegría la compensaron los astruces con su extraño embelesamiento. Hasta que Olaf, entregó la última bola guardaron silencio y permanecieron sentados. Pero cuando se acabó el reparto, el aire se enrareció bajo
la tensión de estridencias discordantes. En menos de un segundo la mano de cada astrúz contenía una bola.
Charlaban entre ellos violentamente y asían las bolas con cuidado, protegiéndolas con el pecho. Después las comparaban unas con otras y formaban grupos para contemplar las más llamativas.
El astrúz más desaseado se acercó a Pelharn y lo cogió por las solapas.
-Sannícaus, bueno -cacareó-. Mira, dejar huevos. Observó reverentemente su esfera y agregó:
-Ser más bonitos que huevos astruces. Ser huevos Sannícaus, ¿eh?
Con su dedo pellejudo pinchó el estómago de Pelham.
-¡No! -aulló Pelham impetuosamente-. ¡Infiernos, no...!
Pero el astrúz no le escuchaba. Ocultó la bola en las profundidades de su plumaje y continuó:
-Colores bonitos. ¿Cuánto tiempo tardar salir pequeños Sannícaus? ¿Qué comer pequeños Sannícaus?..
Nosotros enseñar ser vivos inteligentes, como astruces.
Pierce agarró el brazo del comandante Pelham.
-No discuta con ellos -susurró frenético-. ¿Qué importa si ellos creen que esas bolas son huevos de Santa Claus? ¡Mire! Si trabajamos como locos, podremos alcanzar la cuota. Que empiecen a trabajar.
-Lleva razón -admitió Pelham.
Se dirigió al astrúz:
-Dígales a todos que se preparen.
Hablaba con claridad y en voz alta.
-Ahora a trabajar, ¿me comprenden? ¡Venga!, de prisa, de prisa...
Hacía ademanes con los brazos. El desastrado astrúz se detuvo de repente y dijo con calma:
-Nosotros trabajar, pero Johnson decir Kissmess y venir todos los años.
-¿No tenéis bastante con un Christmas? -masculló Pelham.
-¡No! -graznó el astrúz-, nosotros querer Sannicaus año próximo. Traer más huevos. Más otro año. Y otro, y otro, más huevos. Más pequeños Sannicaus. Si Sannicaus no venir, nosotros no trabajar.
-Hay mucho tiempo por delante. Ya hablaremos entonces. O nos volveremos todos locos o los astruces habrán olvidado la fiesta.
Pierce abrió la boca, la cerró, la volvió a abrir, la cerró de nuevo, la abrió otra vez y finalmente consiguió hablar:
-Comandante, quieren que venga todos los años.
-Yo lo sé, pero el año próximo no se acordarán.
-Pero, no comprende... Un año para ellos es una revolución completa alrededor de Júpiter. Esto significa una semana y tres horas del tiempo terrestre. ¡Quieren que Santa Claus venga todas las semanas!
-¡Todas las semanas! -rugió Pelham-. Johnson les dijo...
Durante unos instantes le pareció que todo eran chispas dando saltos mortales. Se quedó sin respiración y automáticamente sus ojos buscaron a Olaf.
Olaf se quedó frío hasta el tuétano. Se levantó sobrecogido y se deslizó hacia la puerta. Se detuvo cuando estaba en el umbral; de repente recordó la tradición.
Con la barba semidesprendida graznó:
-¡Felices Navidades y buenas noches a todos!
Corrió hacia el trineo como si todos los diablos le pisaran los talones. No eran los diablos, era el comandante Scott Pelham.


---------------------
Bibliografía
- Christmas on Ganymede, 1942 by Better Publications, Inc.. Traducción de Lino Lope Bermejo, en Los mejores relatos de anticipación, recopilados por Kendell Foster Crossen y Charles Nuetzel, Libro Amigo 107, Editorial Bruguera S.A., 1969.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Oferta irresistible para la promoción de la lectura

…porque inescrutables son los caminos de la promoción de la lectura.

.

.

Esta "edificante" imagen preside, a día de hoy, el blog de Noemí Pastor: Boquitas pintadas.
.
.
Editado el 26 de enero de 2010: me he encontrado este apunte en el blog de vcarvallido en el que dan más detalles sobre la autoría.

martes, 22 de diciembre de 2009

¿Qué le pregunta un cuadro a otro?

¿Qué le pregunta un cuadro a otro?

Es la realidad a través del espejo. Buen punto de vista

---------------
Esta viñeta pertenece a una camiseta a la venta en la tienda del Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid

lunes, 21 de diciembre de 2009

Felicitación matemática: Merry Christmass

Felicitación navideña.

Solo para iniciados. Suerte con el descifrado.


----------
(Esta es la felicitación de la gente de WARP.
Las imágenes son cortesía de calocen.
)


































miércoles, 16 de diciembre de 2009

Aniversario de la Generación del 27. Homenaje

El 16 de diciembre de 1927 se celebró en el Ateneo de Sevilla un homenaje a Luis de Góngora, con motivo de tercer centenario de su muerte.

Este acontecimiento, al que acudieron los poetas más representativos de la época, desde algunos consagrados hasta los emergentes, sirvió para dar nombre a toda aquella generación de poetas e intelectuales: la Generación del 27 revolucionó el panorama poético, literario, intelectual y cultural, con su espíritu alargándose a terrenos como la enseñanza, el teatro, el cine, el arte.



El concepto de generación se lo debemos a la
Antología Poética que publicó Gerardo Diego en 1932, en la que se establece un primer elenco de miembros.

La
nómina de sus miembros es larga y variada y hay mucha bobliografía por internet para quen esté interesado en profundizar sobre el tema.



Algunos de ellos han alcanzado mucha notoriedad por diversos asuntos: Lorca, Alberti, Alexandre, Ayala... pero otros han quedado relegados a las cárceles de las enciclopedias literarias.

Y como homenaje a todos ellos, vamos a responder a la llamada que nos plantea Antonio Solano en
Re(paso) de lengua:


…sería interesante que quienes deseen conmemorarlo en esta red de redes publicasen EL DÍA 16 DE DICIEMBRE un poema de cualquiera de los autores de la Generación del 27.
Convocados estáis.

Y lo voy a hacer recordando al último (cronológicamente hablando) de sus miembros, mi favorito desde los tiempos de la escuela, al que Dámaso Alonso calificó como «
genial epígono de la generación del 27»: Miguel Hernández. Y con un poema, conocido, que desde chaval me impresinó.

Vientos del Pueblo
Vientos del pueblo me llevan,
vientos del pueblo me arrastran,
me esparcen el corazón
y me aventan la garganta.
Los bueyes doblan la frente,
impotentemente mansa,
delante de los castigos:
los leones la levantan
y al mismo tiempo castigan
con su clamorosa zarpa.
No soy un de pueblo de bueyes,
que soy de un pueblo que embargan
yacimientos de leones,
desfiladeros de águilas
y cordilleras de toros
con el orgullo en el asta.
Nunca medraron los bueyes
en los páramos de España.
¿Quién habló de echar un yugo
sobre el cuello de esta raza?
¿Quién ha puesto al huracán
jamás ni yugos ni trabas,
ni quién al rayo detuvo
prisionero en una jaula?
Asturianos de braveza,
vascos de piedra blindada,
valencianos de alegría
y castellanos de alma,
labrados como la tierra
y airosos como las alas;
andaluces de relámpagos,
nacidos entre guitarras
y forjados en los yunques
torrenciales de las lágrimas;
extremeños de centeno,
gallegos de lluvia y calma,
catalanes de firmeza,
aragoneses de casta,
murcianos de dinamita
frutalmente propagada,
leoneses, navarros, dueños
del hambre, el sudor y el hacha,
reyes de la minería,
señores de la labranza,
hombres que entre las raíces,
como raíces gallardas,
vais de la vida a la muerte,
vais de la nada a la nada:
yugos os quieren poner
gentes de la hierba mala,
yugos que habéis de dejar
rotos sobre sus espaldas.
Crepúsculo de los bueyes
está despuntando el alba.
Los bueyes mueren vestidos
de humildad y olor de cuadra;
las águilas, los leones
y los toros de arrogancia,
y detrás de ellos, el cielo
ni se enturbia ni se acaba.
La agonía de los bueyes
tiene pequeña la cara,
la del animal varón
toda la creación agranda.
Si me muero, que me muera
con la cabeza muy alta.
Muerto y veinte veces muerto,
la boca contra la grama,
tendré apretados los dientes
y decidida la barba.
Cantando espero a la muerte,
que hay ruiseñores que cantan
encima de los fusiles
y en medio de las batallas.

Ano se que ... (ejercicio de lengua)

"Hola, te he escribido porque quisiera ver mañana de nuevo mi examen porque me he puesto en mi casa a mirar el apuntes y a comparar con lo que puse en el examén y creo que en algunas preguntas tengo más nota de la que usted me pusiste".

Este texto, enviado por un usuario de una red social, es la transcripción de un email que le envió un alumno.

Otro usuario expresa su deseo de que el examen mencionado no fuera de lengua y pregunta la edad del alumno.

La respuesta: "no es de Lengua, no. Pero a mí eso me da igual. Quito puntos hasta por tener caspa durante el examen ¿Su edad? Digamos que seguro que ya podría intentar acceder a la Academia de Policía. Loca en su caso".

El texto habla por sí solo, creo.

Y al hilo de esta conversación, surge otra no menos interesante. Un tercer usuario plantea un meme Hoygan, y propone un reto: descubrir el significado de las palabras ano se que, sin más explicaciones.

De entre todas las respuestas no me queda más remedio que reproducir una, brillante, realizada por el primer usuario mencionado y que podría servir perfectamente como ejercicio de lengua para escolares, bachilleres y universitarios:

- Primera propuesta de solución: "ah, no sé qué".
- Segunda: "ano, sé qué" (quizá le hable a su ano).
- Tercera: "a no ser qué" (puede que tenga problemas con las erres).
- Cuarta: "ano sequé" (un chico limpio y cuidadoso con la toalla).
- Quinta: "ano seque" (limpio y cuidadoso y con mayordomo que le ayude a bañarse y asearse).
- Sexta: "anoche, que..." (una mala borrachera lleva a un mal uso de la gramática).


El autor del meme queda deslumbrado por tamaña respuesta. Y la respuesta que obtiene por su alago es... es... es:

...un día los hoygan serán libres y gobernarán el mundo. Y sonarán trompetas sobre nuestras cabezas y se abrirán los cielos y verás la de sapos, lagartijas y culebras que caen.
Un día, ese alumno mío de hace un rato será probablemente ingeniero industrial (no si yo puedo evitarlo) y usaréis ascensores diseñados por él. Mola.


Docentes, maestros, profesores, educadores, animadores a la lectura, editores, libreros, bibliotecarios, padres, divulgadores, blogueros... No digáis (digamos) que no lo fuimos avisando.

martes, 15 de diciembre de 2009

«Nulla estetica sine etica. Ergo, apaga y vámonos»

En 1965, los profesores Enrique Tierno Galván, José Luis López Aranguren, Agustín García Calvo fueron expulsados de sus cátedras universitarias por su abierta oposición al régimen franquista.

El catedrático de Estética de la Universidad de Barcelona, José María Valverde, en solidaridad con los expulsados, abandonó su cátedra y, al marcharse, dejó acuñada una frase que posteriormente se hizo famosa:

nulla estetica sine etica, ergo apaga y vámonos
(«no hay estética sin ética, así que apaga y vámonos»)


Las diferentes fuentes consultadas no se ponen de acuerdo en si escribió un telegrama o si la dejó escrita en la pizarra; Ni si quiera se ponen de acuerdo en si su autoexpulsión de la universidad fue en solidaridad con todos los profesores anteriormente citados, con algunos más o si lo fue únicamente en solidaridad con Aranguren; y para rematar, tampoco hay coincidencia en las fechas: 1965 ó 1964.

Sea como fuere, al gesto le siguió el autoexilio a Estados Unidos, primero y luego a Canadá, países en los que desempeñó tareas docentes en Literatura española, hispánica y comparada.

Regresó a España y a su cátedra en 1975. (Otra vez problemas de fechas porque también se cita la fecha de 1977. En mi opinión es más probable la segunda fecha, tras la muerte del dictador).

Sus trabajos como docente, investigador, divulgador y traductor le sitúan entre los "imprescindibles" de la cultura española del siglo XX.
Seguramente sus dos obras más conocidas sean la Historia de la Literatura Universal (que descansa sobre mi estantería) y la traducción del Ulises de Joyce.

Su actitud pone de manifesito esa otra oposición al régimen que se hizo desde los estamentos culturales y universitarios, y que, si bien es menos conocida por el protagonismo que ha tenido después la labor de los políticos, no es por ello menos importante.

Las figuras de
Enrique Tierno Galván, José Luis López Aranguren, Agustín García Calvo son igualmente trascendentales para entender aquellos años y también para entender los años posteriores de transición y democracia.

Seguramente haríamos bien en recuperar sus legados y compromisos personales en estos tiempos en los que todo el mundo habla, nadie escucha y lo importante es salir en la foto.


-----------------
Bibliografía
- Fernández Zaurín, Luis: De cuando Vargas Llosa noqueó a Gabo. Y otras 299 anécdotas literarias. Editorial Styria, Barcelona 2009.
-
Civismo en el siglo XXI, el reto de convivir, en el
Ámbito María Corral.
-
"Nulla aesthetica sine ethica. Ergo, apaga y vámonos".
- José María Valverde en wikipedia en catalán.
- José María Valverde en wikipedia en castellano.

lunes, 14 de diciembre de 2009

El humor de Muñoz-Seca frente a la jerarquía eclesiástica

Era don Pedro Muñoz-Seca autor prolífico de obras de teatro algo banales -excepto su celebradísima y celebérrima comedia La venganza de don Mendo– versificador zumbón y divertido y hombre de excelente sentido del humor, aguda pluma y ágil verbo.

Vivía desde sus tiempos de estudiante en una casa de Madrid donde atendían la portería un encantador matrimonio al que profesaba auténtico afecto. Falleció la mujer, y a los pocos días el marido, más de pena que de enfermedad pues era un matrimonio profundamente enamorado.

El hijo de los porteros se dirigió a don Pedro, muy afectado tras su muerte, y le pidió que redactara un epitafio para honrar su memoria. Del corazón de Muñoz-Seca surgieron estos versos:

Fue tan grande su bondad,
Tal su generosidad
Y la virtud de los dos
Que están, con seguridad,
En el cielo, junto a Dios.


Corría mil novecientos veinte y tantos, y en aquella época, era preceptivo que la Curia diocesana aprobara el texto de los epitafios que habían de adornar los enterramientos. Así que don Pedro recibió una carta del Obispado de Madrid reconviniéndole a modificar el verso, puesto que nadie, ni siquiera el propio Obispo de la diócesis o el Santo Padre, incluso, podía afirmar de un modo tan categórico que unos fieles hubieran ascendido al cielo sin más.

Don Pedro rehizo el verso y lo remitió a la Curia, del modo siguiente:

Fueron muy juntos los dos,
El uno del otro en pos,
Donde va siempre el que muere,
Pero no están junto a Dios
Porque el Obispo no quiere.


Nueva carta de la Curia. El Obispo, tras recriminar al autor lo que cree – con toda la razón del mundo – una burla y un choteo de Muñoz-Seca le exige una rectificación ya que no es el Obispo el que no quiere, pues ni siquiera es voluntad de Dios, que no decide nuestro futuro sino que es nuestro libre albedrío el que nos lleva al cielo o no.

Así que don Pedro remata la faena, escribiendo un verso que jamás se colocó en enterramiento alguno porque la Curia jamás le contestó:

Vagando sus almas van,
Por el éter, débilmente,
Sin saber que es lo que harán,
Porque, desgraciadamente,
Ni Dios sabe dónde están.



¡Qué elemento este Muñoz-Seca!
A su genio debemos que la astracanada haya sido elevada a la categoría de género teatral.


---------------
La anécdota está sacada del Foro de ElAleph, en la que hay otras, pero de su veracidad no tenemos constancia fehaciente.
En todo caso, "se non è vero, è ben trovato"
.

- Fundación Pedro Muñoz-Seca.
- Muñoz-Seca en wikipedia.
- ElAleph.com, foro de discusión literaria.

viernes, 11 de diciembre de 2009

Norma fundamental en el periodismo cultural: "Nadie lee absolutamente nada"

Norma fundamental en el mundillo del periodismo cultural: nadie lee absolutamente nada. Ni los periodistas culturales, ni los autores que en verdad no escriben sus novelas.
Como dijo Roberto Begnini: "Los críticos no se leen las novelas para que no influyan en su opinión".


---------------------------

El periodista Álvaro Colomer (web personal) nos cuenta una anécdota personal:

En mis inicios trabajé de negro (#17) en varias ocasiones y para varios autores.

En una de ellas, el "autor" oficial del libro había escrito una novela francamente mala y la editorial me pidió que la reescribiera del todo, cambiando todo lo que quisiera.

Así escribí una novela prácticamente nueva, creé nuevos personajes, nuevas situaciones, ambientes y eliminando otros tantos.

Pues bien: cuando la novela salió publicada (con notable éxito y mucho bombo mediático), el escritor oficial se dedicó a ir a televisiones y radios promocionando la novela.
Mi sorpresa fue que el susodicho explicaba el argumento de su novela original. Es decir, que ni se había leído la nueva versión.

Lo más escandaloso es que ninguno de los periodistas que lo entrevistaron, absolutamente ninguno, se dio cuenta de que lo que estaba contando no coincidía apenas con el argumento real de la novela, cosa que me hizo aprender una norma fundamental en el mundillo del periodismo cultural: nadie lee absolutamente nada. Ni los periodistas culturales, ni los autores que en verdad no escriben sus novelas.

Fue un gran aprendizaje y me recordó aquello que dijo Roberto Begnini: "Los críticos no se leen las novelas para que no influyan en su opinión".


----------------------------
Bibliografía

- Fernández Zaurín, Luis: De cuando Vargas Llosa noqueó a Gabo. Y otras 299 anécdotas literarias. Editorial Styria, Barcelona 2009.
- Negro, según la RAE, acepción 17.
- Página personal de Álvaro Colomer.
- El arquero. Blog de Álvaro Colomer en la Vanguardia.

Las negritas son mías.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Haz una estimación del error que se comete al truncar una serie de Maclaurin en el n-ésimo término... y quedarás libre. Falla, y te pegaremos un tiro

George Gamow, el físico que escapó de la Rusia estalinista a Estados Unidos, cuenta la siguiente historia de lo que le puede acontecer a un inocente erudito en tiempos de turbulencia política.

Ésta es una historia que me contó uno de mis amigos que en esa época era un joven profesor de física en Odesa. Su nombre era Igor Tamm (galardonado con el premio Nobel de Física en 1958).

En una ocasión en
que fue a un pueblo vecino, en la época en que Odesa estaba ocupada por los rojos, y estaba negociando con un aldeano cuántas gallinas podía obtener por media docena de cucharas de plata, el pueblo fue ocupado por una de las bandas de Makhno que recorrían el país hostigando a los rojos.

Al ver sus ropas de ciudad (o lo que quedaba de ellas), los
asaltantes le llevaron frente al Ataman, un tipo barbudo con un gorro de piel alto y negro, con su pecho cruzado por cintas de cartuchos de ametralladora y con un par de granadas
de mano colgando de su cinturón.

- «¡Tú eres un hijo de puta, un agitador comunista que está socavando nuestra madre Ucrania! El castigo es la muerte.»

- «No», respondió Tamm. «Yo soy profesor en la Universidad de Odesa y he venido aquí sólo para conseguir algo de comida.»

- «¡Basura!», replicó el líder. «¿De qué eres profesor?»

- «Enseño matemáticas.»

- «¿Matemáticas?», dijo el Ataman. «¡Muy bien! Entonces hazme una estimación del error que se comete al truncar una serie de Maclaurin en el n-ésimo término. ¡Hazlo y quedarás libre. Falla, y te pegaremos un tiro!»

Tamm no podía creer lo que oía porque este problema pertenece a una rama bastante
especial de las matemáticas superiores. Con mano temblorosa, y bajo el cañón de la pistola, consiguió calcular la solución y se la pasó al Ataman.

- «¡Correcto!», dijo el Ataman. «Ahora veo que eres realmente un profesor. ¡Vete a casa!»

¿Quién era este hombre? Nadie lo sabrá nunca. Si no murió más adelante, quizás esté dando ahora clases de matemáticas superiores en alguna universidad ucraniana.

---------------
- Walter Gratzer; Eurekas y Euforias. Cómo entender la ciencia a través de sus anécdotas. Editorial Crítica. Barcelona, 2004
Traducción castellana de Javier García Sanz.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Caín fue un pionero en el uso de la "tecnología"

De niños nos contaban que Caín mató a su hermano Abel propinándole golpes con una quijada de asno, procedimiento mucho más eficaz que usar solo las manos, uñas y dientes.
Es de suponer que el bueno de Abel, aunque más jovenzano, algo de resistencia presentaría.
Pues bien, podemos decir que Caín fue un pionero en el uso de la "Tecnología".

Desde entonces hasta hoy, la tecnología ha jugado un papel decisivo en la configuración de la sociedad, pero hasta el siglo XVII y con escasas excepciones, el desarrollo tecnológico ha seguido pasos empíricos independientes de la ciencia.

La magna obra de Isaac Newton, "Philosophiae Naturalis Principia Mathematica", masca un antes y un después. Es considerada por muchos una de las más influyentes en el pensamiento humano. En ella se establecen las bases de la Mecánica que han posibilitado el ingente desarrollo de las máquinas que, más adelante, junto con la Termodiámica, dieron paso a la era del vapor, la gran revolución industrial.
¿Y qué decir del electromagnetismo?¿Y de la física cuántica? Las teorías de Plank, Einstein... de principios del siglo pasado, no solo han influido en la tecnología sino que ha cambiado profundamente la concepción del mundo.

¿Puede una persona en su sano juicio negar que la Ciencia no configure la sociedad actual?

Abundemos en este aspecto mediante un ejemplo.

A muchos de los que ya peinamos canas nos tocó cursar al final del Bachillerato el Preuniversitario, sustitiodo después por el COU y luego por el vigente Bachillerato.
En el primer "preu", la materia dedicada a la Física consistía en el estudio del automóvil. No era descabellado; en su funcionamiento entran de lleno cada uno de los capítulos en los que se divide la Física General y si me apuran, buena parte de la Química.
No es necesario recurrir a más ejemplos salvo mencionar a la telefonía móvil.

¿Han pensado la ingente cantidad de ciencia que ha sido necesaria para poder levar esos pequeños chismes que ocupa un lugar fijo en nuestros bolsillos?

Sin duda, la Ciencia es el soporte de la tecnología pero al mismo tiempo el desarrollo científico está supeditado a los avances tecnológicos. Ciencia y Tecnología consituyen una pareja de hecho, sin posibilidad de divorcio, que impregna nuestra vida.

La sociedad debe ser plenamente consciente de ello pues tiene el deber de aportar los medios humanos y materiales para progresar y no estancarse, siempre de forma compatible con el entorno.
Por lo tanto, es un deber y una necesidad informar de todo lo que atañe a la Ciencia y a la Tecnología, que además, y no se olvide, forman parte de la Cultura.


------------------
Texto extraído del artículo Ciencia y sociedad de J. Alberto Carrión Sanjuán, director de la Cátedra José María Savirón de Divulgación Científica, para Heraldo de Aragón. 23 de noviembre de 2009.
Sin enlace web.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...