viernes, 22 de enero de 2010

El (p)seudónimo en la literatura

Muchos son los autores que han ocultado su verdadero nombre tras un pseudónimo; unas veces para no ser reconocidos, otras porque "sonaba" mejor; otras, como nombre de guerra. Con el paso de los años la mayoría han sido desenmascarados o han sido directamente reconocidos desde el principio. Pero todos ellos esconden una parte creativa.

Veamos algunos casos notables.

El más extendido es el de
Anónimo, pero, frente a lo que cree mucha gente, no se trata de un único prolífico autor extraordinariamente longevo.

Siguiendo este modelo, los hay de una sola palabra: conocidos son los casos de
Stendhal, que es el pseudónimo literario de Henri Beyle; un tal José Martínez Ruiz adoptó el pseudónimo literario de Azorín; Clarín era en realidad Leopoldo Alas; y Voltaire, un tal François-Marie Arouet.

A veces, el pseudónimo oculta a varios autores; como
H. Bustos Domecq, sobrenombre tras el que escribían Jorge Luis Borges y Bioy Casares.

Otras veces es una mujer la que se esconde detrás de un nombre masculino, como en el caso de
Fernán Caballero: su verdadero nombre era Cecilia Böhl de Faber. Y Nora Roberts adoptó un impersonal J.D. Robb.

Las razones de este cambio parecen obvias por la temática tratada o la sociedad de su época.

También hay casos inversos, sobre todo en estos últimos tiempo, pero las razones de este cambio son de claro signo mecantil, para aprovechar el tirón de la literatura femenina y en femenino.

Un nombre considerado demasiado vulgar puede ser también una razón de peso para cambiarlo, como seguramente fueron los casos de Francisco Pérez Martínez, más conocido como Francisco Umbral; o de Ramón José Simón Valle Peña, más conocido como Ramón María del Valle-Inclán.

Un nombre un tanto malsonante también es una buena razón. Como quizá pensaron Gabriela Mistral (pseudónimo de Lucila Godoy Alcayaga) o un tal Neftalí Eliecer Reyes Basualdo, que prefirió ser conocido como Pablo Neruda.

Seguramente la razón más extendida es la escoger un nombre más vistoso, o más original, o más eufónico.

Aquí es donde entran Jane Somers, que se llamó Doris Lessing; Máximo Gorki, que era el pseudónimo de Alexéi Maxímovich; Toni Morrison (cuyo verdadero nombre era Cloe Anthony Wofford); Lewis Carroll se llamaba Charles Lutwidge Dodgson; George Orwell nació Eric Arthur Blair y Mark Twain era Samuel Langhorne Clemens.

Otras veces, seguramente la causa sea la de no mezclar actividades diferentes.

Dámaso Alonso
usó como traductor el seudónimo de Alfonso Donado; o el delirante Jaime de Andrade, pseudónimo bajo el que se ocultó el dictador Francisco Franco para escribir el panfleto de la época que con tanto éxito fue llevado al cine: "Raza".

Más interesantes, por creativos, son los sobrenombres que usaron Washington Irving: Jonathan Oldstyle, Knickerbocker o Geoffrey Crayon; o Mariano José de Larra: Fígaro, Duende, Bachiller y El pobrecito hablador


Hay muchos más. La lista no pretende ser exhaustiva.

Internet, primero, con el correo electrónico, luego con los registros a determinadas páginas y, más recientemente, con las redes sociales, han reescrito la palabra (p)seudónimo para convertirla en alias o nick. Podríamos considerar éstas como popularizaciones de aquélla. Así que, de una forma o de otra, todos tenemos un (p)seudónimo.

Miedo, discreción, orgullo, temática, discriminación, placer, opiniones controvertidas, o simplemente negocio, se esconden detrás de estos cambios.

En todo caso, el (p)seudónimo es inherente a todo ámbito de creación y se peude considerar una creación en sí mismo.


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Bibliografía:

Washington Irving y Fernán Caballero; influencias y coincidencias literarias.

Apodos de los actores del Siglo de Oro: procedimientos de transmisión.

Pseudonyms.

2 comentarios:

  1. El pobrecito hablador23 de enero de 2010, 23:40

    Me quedo sin lugar a dudas con el de Azorín, por su elegancia y sonoridad.

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