lunes, 8 de febrero de 2010

El sabio de Palacio. Entremés en tres escenas (#Carnaval de matemáticas)

Hace unas semanas eliatrón concovó el Primer Carnaval de matemáticas.

Abrió, incluso, una web específica para hacer de anfitrión de ésta la primera edición.

Las bases son sencillas:
Durante la semana del 8 al 12 de Febrero todos aquellos que queráis participar, deberéis publicar en vuestros blogs una entrada sobre matemáticas en cualquiera de sus aspectos: divulgación, curiosidades, investigación, citas, imágenes,... cualquier cosa es buena, siemrpe que esté relacionada a dar a conocer las Matemáticas.

Aquí está nuestra aportación en forma de entremés.


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El sabio de Palacio
(Entremés en tres escenas)


Gente

Rey
Clérigo/Sabio (que por ambos nombres se le llama)
La Guardia
Primogénito
Segundo
Benjamín
Hija


PRIMERA ESCENA

De noche, casi madrugada.
El Rey, anciano. El Sabio, joven, descarado, casi impertinente. La guardia, aburrida, somnolienta.
La hija del Rey quedado ha en sus aposentos pero, según se verá más adelante, no es ajena a estos asuntos.
Presuroso corrido ha el clérigo de palacio, camino de la habitación del trono, por los pasillos. Encuéntrase allí el rey, postrado en la descomunal silla, abigarradamente adornada desde la primera pata hasta el postrero rincón de respaldo, visible apenas a causa las enormes proporciones del monarca.
Todo está bastante oscuro, por lo que es difícil distinguir el mobiliario: aquí unas cortinas; allí una ventana cerrada; más allá... no se ve. Una luz de velas ilumina la escena.


Clérigo
(todavía jadeante)
Oh!, grandísima majestad, vos que todo conocéis, que por vos este reino vive, cuán grave será lo que os desvela que a estas horas mandáis me llamar.

Rey
Clérigo locuaz... No lo hago por mi agrado, bien lo sabéis. Más querría ver os colgar por los pulgares de la torre más alta. Pero no será ahora. Mas si conseguís enervarme tal vez os mande apresar y conducir a la mazmorra una temporada, más bien larga.

Clérigo
(más, mas, más... desagradecido, ingrato. Si no es por mí para rato conserváis la cabeza sobre los hombros)

Rey
(incorpórase en la silla; acerca la oreja para oir mejor)
¡Osáis murmurar, bellaco!. ¿Qué farfulláis en mi presencia?

Clérigo
(como al que le han dado un susto)
Nada, nada, atentísima majestad. Decía que hace apenas un rato que fui despertado y no, todavía, la cabeza tengo muy sobre los hombros.

Rey
¡Huy! (Mientras sacude hacia abajo con la mano). No es eso novedad. Nunca habéis la tenido muy en su sitio.

Clérigo
(...y que hay que aguantar de esta guisa para que se sienta feliz y poderoso...)

Rey
(gesticula bastante; más bien mucho)
Masculláis de nuevo, canalla. ¿No sabéis que podéis ser castigado por incomodar al rey?.

Clérigo
Sí, sí, excelsa majestad, cierto es que lo sé. Mi intención no era incomodar os. Dije que habíais dado feliz definición de este pobre sabio deseoso de os ser de ayuda, oh! mi rey muy poderoso.

Rey
Antes menos os ocupó. Habláis más deprisa por lo bajo, según veo.

Clérigo
(no, no, majestad. Por lo bajo aprovéchome de vos cuanto puedo. Si saber pudiérais que es, por las noches, quien me ayuda vuestra hija...)

Rey
Oigo os nombrar a mi hija. Mandaré os azotar por ello. Procédase.

Clérigo
(¿Miedo?, ninguno)
Oh, oh, conspicua majestad. Quise sólo advertir os de que algunas noches se producen hurtos en lo bajo del castillo con ayuda de algún aprovechado y que temo por vuestra hija.

Rey
Deteneos. No sé por qué os creo, mas no temáis. Mi hija duerme a salvo.

Clérigo
(Ya lo creo que así es. A menudo lo hace conmigo)

Rey
(No; si al final va a tener que azotarle)
¡Guardia!, sin demora, el látigo. Lo haré yo mismo.

Clérigo
¡Ay, Ay! selecta majestad. Tened piedad de mí. Apenas dije que así habrían, los ladrones, de batirse conmigo.

Rey
(Con el látigo en una mano, golpeándose la otra)
Sois un joven muy insolente y debería dar os vuestro merecido. Mas sois el Sabio de Palacio, todavía no sé por qué mantengo os en puesto tal, y necesito vuestra ayuda.

Clérigo
(se frota las manos)
¿No será, invicta majestad, respecto a vuestra reciente aportación a la Santa guerra?. Pensé que quedó todo aclarado.

Rey
Nada de eso.

Clérigo
(Reflexivo, mano en barbilla)
¿Quizá algo, discreta majestad, referente a vuestra servidumbre, digamos, privada?. ¿Alguna queja tal vez?

Rey
(Suspiro)
Ved qué torpe lacayo. A nada llegaréis si tan descarado os mostráis. De sobra sabéis que sólo despacho esos asuntos durante el paseo vespertino. Agradece que éstos, (el gesto con el que señala es claramente despectivo, amén de amanerado), la guardia, me refiero, son tontos y mudos. Si no, ya estaríais en el foso sirviendo de comida a las fieras.

La Guardia
(Despertar finge del letargo. El tono es levemente irónico)
¿Llamabáis, Majestad?.

Rey
No, guardia, no. (Suspiro). Retiraos. (Váse La Guardia. Solos quedan amo y vasallo).

Clérigo
¿Cómo, indulgentísima majestad, podréis perdonarme estas y otras faltas?; ¿qué puedo hacer por vos, muy benéfica majestad, para os ser de ayuda y pagar así mi torpeza?.

Rey
(le señala con el látigo)
Por eso precisamente os mandé llamar, para que me seáis de ayuda, una vez al menos.

Clérigo
(Reverente)
Ese es mi deseo mayor, generosa majestad.

Rey
(Grave)
Sea. Como véis ya soy viejo y la muerte me acecha. Mucho es el peso del poder y mi gran reino exige no menos esfuerzo para su justo gobierno y...

Clérigo
(Ya estamos con achaques)

Rey
(Sorprendido ante la osadía de interrumpirle; no está habituado a que ocurra semejante cosa)
¡No me interrumpáis cuando os hablo, sabiondo de pacotilla! Qué podré hacer con él... ¿Dónde estaba...? Sí; decía que...

Clérigo
Lo siento muchísimo, pacientísima majestad. No volveré a...

Rey
Callad... (casi se diría que va a levantarse para imponer su ira regis pero finalmente sólo suspira); callad de una vez, osado charlatán o no terminaré de contar os mis cuitas antes de os hacer decapitar.

Clérigo
(Aún hace ademán de añadir algo más, pero el gesto del Rey es más que expresivo: dedo índice acusador, mirada severa, bien visible la fusta)
...

Rey
(Al fin)
Como sin duda sabéis, no ha mucho que testé en favor de mis tres hijos varones, en unas condiciones que vos mismo sugeristeis: la mitad de mi reino para mi legítimo heredero y continuador de mi gloria; la tercera parte para Segundo, con la única condición de respetar a Primogénito; por fin, la novena parte restante para mi Benjamín, que aspira a la santidad, y servirá de dote más que generosa en el momento de ingresar en la orden.

Clérigo
Claro, claro, rectísima majestad, pero vos fuistéis quién lo aprobó dándole así rango de ley, Señor.

Rey
Ciertamente. El reparto es justo. Los varones heredan el reino y mi hija, muerta ya su madre, cuidará de mí, que mantendré en propiedad este castillo donde habitaré retirado del mundo, esperando únicamente mi óbito, que presiento próximo.

Clérigo
¿Qué problema, entonces, se os presenta, clarísima majestad?. Todo parece decidido si vuestra voluntad no dicta lo contrario. ¿Es acaso esto lo que sucede, consecuentísima majestad?.

Rey
(Niega con el azotador. Se levanta y se apoya en el respaldo del trono mientras continúa señalando al sabio con el látigo)
No por cierto. Mi voluntad ha de cumplirse en estos mismos términos. Mas existe un problema que vos debéis solucionar porque poseéis clerecía, arregláis mis problemas con las leyes y ponéis en práctica mis decisiones. (No sé muy bien por qué, pero así es. En fin). Esta noche estaba decidido a repartir definitivamente mi reino entre mis hijos y me encuentro con que lo componen diez y siete castillos con sus tierras respectivas. ¿Cómo haré para repartir ese número según lo acordado?. Vos encontraréis la solución. Para eso se os mantiene.

Clérigo
(hace una reverencia)
Cómo no, desinteresada majestad. ¿Cuándo debo dar os respuesta?.

Rey
(Mientras sale por la puerta por la que entró el sabio)
He citado a mis hijos la próxima luna, para vísperas. A esa hora presentaréis la solución y se consumará el reparto. Si no es así, la vida perderéis.

Clérigo
(El rey ya no le oye; se diría que habla para sí mismo)
Breve tiempo es, reflexiva majestad, pero así se hará.




SEGUNDA ESCENA

Algunos días más tarde.
El Rey, en su lecho, muy enfermo ya.
El Sabio, radiante, ha salido de la habitación de la hija del rey, con la que, según nos parece, ha yacido -como es su (de ellos) costumbre- y preparado la siguiente escena.
La estancia es austera. Hay algunos cuadros con escenas de luchas contra el infiel. Por supuesto, un Cristo protege al enfermo.


Clérigo
(A los pies del lecho)
Oh! mi muy venerada majestad. He estos días estado pensando, y veo cómo se termina el plazo y no hallo solución, a menos que aceptéis una condición. No es por mi vida por la que temo, perpetua majestad, mas por la de vuestros hijos.

Rey
(Malhumorado, más por su postración que por la noticia)
Hablad pues. ¿Qué condición es esa que pedís que afecta a mis vástagos?.

Clérigo
(se acerca a la cabecera)
Ved, ved, previsora majestad: ¿qué ocurrirá cuando vos muráis?; ¿para quién será este castillo y sus bienes?. (Tono trágico). Vuestros hijos varones por él pleitearán y vuestro próspero reino destruido quedará por la guerra y vuestra gloria olvidada y vuestro recuerdo empañado. (Seguro). Debéis, sabia majestad, incluir este castillo en el testamento para que sea también repartido, siquiera después de vuestra muerte.

Rey
(Extrañado)
Habláis sabiamente, clérigo. Veo que pensáis en el bien de mi familia. Ello os honra.

Clérigo
Otra cosa, brillante majestad. Creo que deberíais pensar en el futuro de vuestra hija cuando vos faltéis. Deberá casar, aunque no con cualquiera. Debería constar en vuestra última voluntad que su pretendiente debe ser al menos castellano, es decir, poseedor de un castillo, si no varios. Aseguraréis así su futuro bien estar.

Rey
(Pasa de estar extrañado a estar asombrado)
Justo es lo que dices. ¿Cómo pude olvidar ese detalle?. Bueno, para eso os tengo a vos. Sois servidor leal. Os recompensaré por ello. Decid: ¿qué deseáis?.

Clérigo
Lo que sobre del reparto.

Rey
Extraña petición. Nada os corresponderá. (El rey no se ha sorprendido esta vez por tamaño deseo; y si lo ha hecho, lo disimula muy bien).


Clérigo
Esa es mi voluntad. Prefiero poseer nada de su sapientísima majestad que riquezas de cualquier otro. Es bastante haber os servido.

Rey
(Qué fidelidad; ¿tramará algo?; no parece importarle mucho al Rey, que en el fondo tiene cierta debilidad por su sabio)
Bien. Que así conste. Ocupáos de ello.

Clérigo
(Como casualmente, saca un pliego)
Ya lo he hecho, con vuestro permiso, docta majestad. Pensé que os parecería correcto. Aquí os traigo el nuevo documento para su firma, serenísima majestad.

Rey
(La medio sonrisa que oculta no se sabe muy bien si es señal de admiración o de complicidad)
Pensáis siempre más rápido que vuestro rey. Será por eso que os mantengo a mi lado. Sea.





TERCERA ESCENA

Dónde suceden algunas cosas y en un ir y venir todo queda resuelto y todos conformes.
El rey, en el lecho de muerte.
Primogénito, Segundo y Benjamín acudido han a su llamada.
El sabio aguarda su oportunidad y actúa.


Rey
(Místico)
Oh! Caronte llama a mi puerta. Pronto emprenderé el viaje sin retorno. Recibid, hijos míos, mi bendición y administrad con juicio aquello que os corresponda.

Primogénito
(Altivo, responsable)
Así será, padre.

Rey
(Convincente)
Todo está previsto en el testamento. Reuníos con el sabio de palacio y proceded al reparto. Y no disputéis por lo que allí se diga. Pensad siempre que es mi voluntad. Id os ahora. Quiero descansar.

Primogénito
Luego es hecho, hermanos. ¡Guardia! llamad al clérigo a la habitación del trono.

La Guardia
(Sigue sin perder ripio de cuanto se dice o hace alrededor. Está presente pero nadie repara en ella. No tiene ningún problema en mostrar una sonrisa ladeada)
Allí se encuentra, señor. Os espera a los tres.

Primogénito
(Tras un momento de duda: Adivina siempre lo que vamos a hacer los demás? Se recupera).
Vayamos pues (le siguen sus hermanos) y solucionemos más pronto que tarde la herencia antes de que nuestro padre muera.

Clérigo
Bienhallados seáis, carne de la carne de mi amadísima majestad.

Primogénito
(El sabio no le cae muy bien)
Callad esta vez y proceded a la lectura de las voluntades.

Clérigo
Sucinto seré para no os cansar.

Primogénito
(Que estaba de espaldas, se vuelve con el ceño fruncido)
Sucinto sois. ¿No es ese vuestro nombre?

Clérigo
Breve, quise decir: Primogénito, a vos la mitad del reino. A vos corresponde continuar la gloria de vuestro padre; otrosí, a vos hermano Segundo, la tercera parte, siempre que respetéis a vuestro mayor; otrosí, a vos Benjamín, la novena parte como dote para la congregación en la que ingreséis, a vuestra elección. Esto sólo será válido si se cumplen las condiciones acordadas.

Primogénito
(Aprobador)
Justo parece nos, a la vista. Repartid.

Clérigo
Apresurados os veo. Procedo: el reino lo componen diez y ocho castillos con sus tierras. A vos, heredero, la mitad: nueve; la tercera parte son seis, Segundo; la novena, Benjamín, dos.

Primogénito
Volvamos, hermanos, al lecho paterno a recibir su consejo y a agradecer tan generoso y ecuánime reparto.

Clérigo
(Tras todos)
Sí, vayamos. Vaya también yo. (Con seguridad mi presencia ha de ser requerida. Tengo, además, una petición que formular a su benevolente majestad).

Rey
Pasad hijos míos. Saber quiero vuestro parecer. (Los hijos rodean el lecho paterno)

Primogénito
Oh! padre nuestro. Justo nos ha parecido. A mí, nueve castillos. Vuestro nombre perdurará y vuestro recuerdo gobernará el reino.

Segundo
A mí, padre, seis. En vuestro lecho de muerte juro nunca disputar el reino a mi hermano.

Rey
Y a ti, querido Benjamín, ¿te place?.

Benjamín
Pláceme de grado. Mis dos castillos servirán para asegurar y continuar la obra de Dios.

Primogénito
(De pronto)
Sólo resta un problema, padre. ¿Qué será de nuestra hermana cuando vos muráis?. Como hermano mayor asumiré su custodia y la responsabilidad de velar de ella y protegerla y disponer su futuro, pues nada dijo el sabio al respecto.

Sucinto, el sabio
Ya que se me nombra, espléndida majestad, dejadme os pedir a vuestra hija en matrimonio.

Rey
(Una vez más no se sabe si el Rey está o no sorprendido; no en vano ha sido gobernante muchos años. Pero esa sonrisa oculta tras sus fatigados ojos...)
Imposible es de todo punto. Nadie sois. Nada poseéis. Vos mismo sugeristeis en el testamento las condiciones que su pretendiente ha de cumplir.

Sabio
Cierto es, memoriosa mejestad, lo que decís. Mas no es menos cierto que en ese documento se estipula que yo heredaré de vos aquello que sobre del reparto de vuestro reino entre vuestros hijos.
Repartido he los diez y ocho castillos según vuestra voluntad: la media parte, nueve para el mayor; la tercia, seis para el siguiente; la novena parte, dos de dote. Nueve más seis más dos son diez y siete. Después de hacer el reparto sobra uno. Según lo acordado por vos, larguísima majestad, me corresponde. Como castellano de derecho cumplo las condiciones para aspirar a la mano de vuestra hija.

Rey
Conseguisteis engañarme, clérigo sabio y astuto, y de ese engaño obtenido habéis gran bebeficio. Sin embargo en nada habéis perjudicado a los míos ni cambiado mi voluntad. Ahora veo que contigo nada le ha de faltar a mi hija. Sea, pues, lo que pides, y sé admitido como uno más de entre los de mi estirpe, para mayor gloria de mi nombre y de mi descendencia. Nada más me resta por hacer. Muero pues.


Fin

si bien sería posible extenderse en la futura felicidad del Sabio con la hija del Rey, aunque no será así por respeto al finado y al luto que merece persona tan principal.

3 comentarios:

  1. GENIAL!!!
    me encanta.

    Sólo falta que alguien se preste a su estreno.

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  2. eliatron:

    no estaría mal. Y la SGAE no tendría nada que hacer ni decir.

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  3. Y yo que me preocupaba porque al adornar los acertijos con historias de invención propia o similares, me quedaban historias muy largas...

    Te ha quedado bastante gracioso!!

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