lunes, 24 de mayo de 2010

Palabras y petardos













Se suceden los ataques contra gente que expresa sus ideas con rigor y claridad. 
La opinión contraria, o simplemente diferencial, ha pasado a ser espacio enemigo. El heterodoxo o el discrepante, alguien a callar. La dialéctica amigo/enemigo domina el espacio público soportada tanto por un grueso sectarismo como por la carencia de verdaderos argumentos.

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Roberto Blanco Valdés es un prestigioso catedrático de Derecho Constitucional. También es habitual colaborador de la prensa gallega. Como catedrático y como columnista ha expresado siempre con rigor y claridad su opinión  sobre temas de actualidad.
Hace escasas semanas sufrió la tercera agresión violenta, al explotar unos artefactos en la puerta de su casa.
La causa, su posición en relación con la política lingüística de la Comunidad Autónoma.
Conocida la noticia, las adhesiones se secedieron en el mundo académico, condenando con energía este nuevo episodio de violencia e intolerancia. Sin embargo, la noticia apenas ha merecido alguna referencia en los medios de comunicación.

Creo que tanto el suceso denunciado como los silencios merecen un comentario.
La agresión al profesor Blanco Valdés no es, desgraciadamente, un hecho aislado en la España de los últmos años.
En demasiadas ocasiones se han tenido que suspender conferencias en universidades u otros espacios públicos antes la actitud violenta de una minoría. O se han remitido cobardes anónimos con amenazas de todo tipo. O se ha ejercido una coacción difusa, suficiente para desaconsejar la emisión de determinadas opiniones. 

En la mayoría de las ocasiones no ha habido noticia. En función de la notoriedad del sujeto afectado, unas pocas líneas en hojas postreras de un periódico. Puede alegarse que, en todo caso, se trata de sucesos aislados y que hablar de un ambiente generalizado de violencia no es acorde con la realidad.

Y es cierto. Hoy por hoy, es así. Pero uno ya sería excesivo. Además, si bien no pueden considerarse generalizados, tampoco pueden calificarse de aislados.

Simultáneamente a la agresión sufrida por el profesor Blanco Valdés, diversos cines de Bacelona aparecían marcados por seguir una huelga convocada en defensa de un determinado modelo de distribución de películas. Da igual el motivo, la coincidencia o divergencia con la postura de los exhibidores o con la nueva política que se quiere implantar. Lo significativo vuelve a ser la coacción.

Esta vez, la palabra es su soporte. Recordatorio de que, como tantas veces en la historia, la palabra es el primer paso, la primera barrera a superar para advertir, para perseguir, para legitimar violencias posteriores. 
De nuevo, silencios, condenas tibias y pocas voces advirtiendo de la gravedad de unas pintadas que son expresión de un inequívoco germen de violencia.

Es difícil que las bombas no sean precedidas por los petardos y los petardos por las palabras.

Es difícil que las bombas no sean precedidas por los petardos y los petardos por las palabras.

La reiteración de este tipo de incidentes no puede desligarse de la atmósfera que de un tiempo a esta parte domina la vida pública española. Si el trazo grueso y la descalificación nunca han sido del todo ajenos al debate público en nuestro país, lo cierto es que en el plazo aproximado de la última década ha podido percibirse un negativo salto cualitativo.

La dialéctica amigo/enemigo domina el espacio público soportada tanto por un grueso sectarismo como por la carencia de verdaderos argumentos.

La opinión contraria, o simplemente diferencial, ha pasado a ser espacio enemigo. El heterodoxo o el discrepante, alguien a callar. La dialéctica amigo/enemigo domina el espacio público soportada tanto por un grueso sectarismo como por la carencia de verdaderos argumentos. 
Detrás, desgraciadamente, emerge la peor cara de nuestra historia política, aquella que nos recuerda que somos unos recién llegados a la democracia; aquella que nos descubre que estamos lejos de asimilar la grandeza de la verdadera toleranca.

Es preciso advertir de la gravedad de estas conductas. Por ello, el silencio que en demasiadas ocasiones las rodea es intolerable.
No entender su verdadero significado es una muestra más de debilidad democrática.
Los hechos en sí son inequívocamente condebables. Pocos se atreven a negarlo. Pero también son pocos los que dan un paso más y se pronuncian con rotundidad sobre las causas.
De alguna manera se ha instalado un clima social complaciente, al menos tolerante con expresiones y actitudes que deberían estar desterradas de comportamientos públicos y privados. Todo aquello que coarte la libertad de pensamiento y expresión exige una radical oposición.
Hay que recuperar el respeto por el otro y el valor de la discrepancia y de la crítica. Eliminar falsas certezas que en demasiadas ocasiones solo amparan intereses particulares y autoritarismos varios.

Sería bueno dotar al debate público de un rigor y serenidad que nunca debería haber perdido.

Nadie puede pedir que se le dé la razón. Pero nadie puede impedir ni disuadir la expresión de una opinión. Para todo ello, sería bueno que unos y otros comenzasen a enfriar el debate público, dotándole de un rigor y serenidad que nunca debería haber perdido.


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Texto: José Tudela Aranda, letrado de las Cortes de Aragón.
"La firma" en Heraldo de Aragón, sábado 6 de marzo de 2010.
Sin enlace web.

Ilustración: Isidro Gil. Es la original que ilustraba el artículo citado.

Los destacados son míos.

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