jueves, 4 de noviembre de 2010

Quien no conozca a fondo la mala literatura, no sabe muy bien cuál es la buena

Los límites de la buena o mala literatura son siempre difusos. Y muchas veces la una no se puede explicar sin la otra. 

Esta misma mañana he leido una frase que describe bastante bien cierta parte del mundo editorial actual: 

"El bestseller ya no es el resultado de un pronunciamiento posterior del público, sino de la decisión editorial previa de fabricarlo".
(Javier Pradera, 2001) Recopilación de José Antonio Sánchez Paso. 

(visto en Libros y Bitios de José Antonio Millán) 


Seguramente ya todos intuíamos que esto era una realidad. No olvidemos que el editorial es un negocio, con un valor añadido de difusión de la cultura, pero que necesita ser rentable para seguir en marcha.

Así que no es de extrañar que las editoriales, con 500 años de historia editorial para analizar, hayan encontrado la fórmula de generar productos rentables desde el punto de vista enonómico.

El concepto de rentabilidad cultural siempre sale a relucir para calificar una u otra obra, como si la "calidad" fuera de exclusiva propiedad de algunos "letratenientes" o "culturatenientes"

Y no es mi intención tirar por el suelo la crítica literaria. Simplemente es que su utilidad se pone de manifiesto en ámbitos que con frecuencia están lejos de la promoción de la lectura como vehículo básico de formación.

En mi opinión, no existe literatura buena o mala: existe literatura que sirve para algo o que no sirve para nada. Siempre adaptada a las caractarísticas y necesidades del lector. De nada le sirve a un lector ocasional acometer el Ulises, salvo para aborrecer la lectura; y de poco provecho le será a un doctorando en literatura leer el último "éxito" de Dan Brown (a menos que investigue en esa dirección o lo haga para desintoxicarse); inluso los propios escritores son conscientes de que tienes "libros para olvidar".

La lectura debe ser un medio; no un fin en sí misma. Debe permitir conocer, viajar, aprender, curiosear, desarrollar la imaginación, adentrarse en las miserias humanas, combatir la ignorancia…; debe ser un vehículo de culturización a todos los niveles. 
Así que lo que para unos es "mala", para otros es "suficiente", o incluso "buena"; y lo que para unos es sublime y magistral para otros es sencillamente incomprensible.

Por que en toda literatura hay algo que rascar. Y, como en casi todo, de la cantidad acaba por surgir la calidad.
En el artículo "Buena literatura mala" explican muy bien el valor de la literatura "mala":

"…la pornografía de Sade ya no es atrayente, sino algo momificado, arqueológico, museal, carente de «glamour», que puede provocar, incluso, un rechazo instintivo. Pero objetivamente, por pudibundos que seamos, tendremos que reconocer su extraordinario valor formal y la construcción de «un mundo aparte», que es lo que distingue a los más grandes escritores, Poe, Stevenson, Proust, Henry James…

Lo popular es fundamental tanto para un aficionado, un crítico o un profesional. ¿Qué han leído en el siglo XIX y XX las clases más humildes y poco instruidas, con el empeño de instruirse y enterarse de lo vario y complejo que es el mundo, aquellos que yo veía leer a las criadas en mi hogar desahogado y burgués? Un día me acerqué a una tata encantadora, joven y vivaracha, que leía con tremenda avidez un libraco de pastas duras. 

- «¿Qué lees?» le pregunté. 

Ella levantó la vista, como alucinada y me contesto con vehemencia: 

- «Tiene otro tomo». 

¿Qué quería decir con aquello? Que su lectura era para ella tan interesante y gratificante que aún tenía un tomo en reserva, para prolongar aquella dicha. Lo  que estaba leyendo era un ilustre folletín de dichas y calamidades, era «El cura de Aldea», de Pérez Escrich. Para siempre me conmovió aquella chica, me conmovieron todas esas personas humildes que trabajan y leen con avidez una literatura que se considera menor y muchas veces no lo es. 

El folletín decimonónico ha sido un gran ornato de la literatura, aunque para muchos de sus adventicios lectores de la clase obrera fueran repeticiones simplificadas y de segunda mano. La más grande literatura narrativa se hubo de publicar en folletines periódicos, en todas las rotativas de la época. Las más impresionantes novelas de Dickens y Balzac. Aparecieron paradigmas de buena literatura popular, como «El judío errante» o «Los misterios de París». 

(…)

Pero también sucedió algo que, en la actualidad, hace que el folletín y «lo folletinesco» se mencionen con una intención peyorativa. Se convirtió en un negocio editorial, como un servicio lúdico, destinado a las clases más humildes. Y aquel «Cura de aldea» era un refrito simplificado  de «Le curé de Tours», de Balzac. Y así se hicieron otros refritos puerilizados y explotadores de lo sentimental y lo horroroso. Hubo editores que lo hicieron con auténtica saña explotadora, y sus publicaciones han servido, luego, de risa  y sarcasmo.

(…)

En suma, la literatura buena y la mala tienen una frontera tan difusa, que hay que andar con mucho cuidado para saber dónde ponemos los pies."

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