miércoles, 10 de noviembre de 2010

Rulfo frente a Borges: la inmortalidad y otras fatigas

Jorge Luis Borges visitó la ciudad de México en 1973 para recoger el Premio "Alfonso Reyes", que se concedía en su primera edición.

Amable, accedió a todos los "impiadosos compromisos" que, según sus palabras,"confundían a un modesto autor con un pésimo actor".

A su llegada al país, el escritor argentino "pidió un favor" a sus anfitriones. Quería hablar con Juan Rulfo. Le sugirieron entonces un desayuno.

- "Pido clemencia -respondió-. Prefiero los atardeceres. Las mañanas me derrotan. Ya no tengo el brío ni las fuerzas para entregar al día lo que se merece. Hoy el crepúsculo me sienta mejor. Sólo quiero conversar con mi amigo Rulfo".


La concersación se produjo y dejó un pasaje delicioso entre dos amigos, entre dos de los grandes de la literatura universal.

El auténtico calado de la figura de Rulfo lo pone de manifiesto una anécdota de lo que Álvaro Mutis le recomendó a García Márquez: "¡Lea esa vaina, carajo, para que aprenda!".


RULFO: Maestro, soy yo, Rulfo. Qué bueno que ya llegó. Usted sabe cómo lo estimamos y lo admiramos.

BORGES: Finalmente, Rulfo. Ya no puedo ver a un país*, pero lo puedo escuchar. Y escucho tanta amabilidad. Ya había olvidado la verdadera dimensión de esta gran costumbre. Pero no me llame Borges y menos "maestro", dígame Jorge Luis.

RULFO: Que amable. Usted dígame entonces Juan.

BORGES: Le voy a ser sincero. Me gusta más Juan que Jorge Luis, con sus cuatro letras tan breves y tan definitivas. La brevedad ha sido siempre una de mis predilecciones.

RULFO: No, eso sí que no. Juan, cualquiera, pero Jorge Luis, sólo Borges.

BORGES: Usted tan atento como siempre. Dígame, ¿cómo ha estado últimamente?

RULFO: ¿Yo? Pues muriéndome, muriéndome por ahí.

BORGES: Entonces no le ha ido tan mal.

RULFO: ¿Cómo así?

BORGES: Imagínese, don Juan, lo desdichado que seríamos si fuéramos inmortales.

RULFO: Sí, verdad. Después anda uno por ahí muerto haciendo como si estuviera uno vivo.

BORGES: Le voy a confesar un secreto. Mi abuelo, el general, decía que no se llamaba Borges, que su nombre verdadero era otro, secreto. Sospecho que se llamaba Pedro Páramo. Yo entonces soy una reedición de lo que usted escribió sobre los de Comala.

RULFO: Así ya me puedo morir en serio.



*Borges ya era ciego por aquel entonces.

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• El texto lo ví por primera vez en el facebook de Madga Díaz Morales. Pero ya lo había reproducido hace más de dos años en su extraordinario blog, apostillas literarias. No me resisto a volver a ponerlo aquí.

• Fuente | Borges y Rulfo, "La inmortalidad y otras fatigas", Fractal n° 1, abril-junio, 1996, año 1, volumen I, pp. 159-160.

2 comentarios:

  1. Es un texto excelente ¿verdad?

    Gracias, querido Rafael.

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  2. Querida Magda:

    cuando lo vi en tu facebook me encantó. Luego vi que lo tenías en el blog.

    Es fantástico.
    Siempre es un placer leerte.

    Un abrazo.

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