lunes, 11 de abril de 2011

La maldición de Casandra

Yo tenía razón.
Solo que eso no significa nada.
Y estas son mis ropas chamuscadas.
Y estos, mis trastos de poeta.
Y esta, la mueca de mi rostro.

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Así se lamentaba Casandra, según la versión de Wislawa Szymborska.

Casandra.  Bernard Picart
La maldición de Casandra se remonta a la mitología clásica.
Era hija de Hécuba y Príamo, reyes de Troya. Fue sacerdotisa de Apolo, quien se enamoró de ella.

Para conseguir sus "favores", Apolo le prometió el don de la profecía. Casandra aceptó y accedió al conocimiento de la adivinación; pero cuando llegó el momento de cumplir su parte del trato, rechazó a Apolo.
Imaginamos el enfado del dios que, como venganza, le retiró el don de la persuasión: Ella mantendría el don de adivinar pero nadie creería jamás sus profecías.

Y este es seguramente una de las peores maldiciones que puede sufrir persona alguna, por el grado de sufrimiento y frustración que produce, como ella misma comprobó con sus profecías sobre la ruina de la ciudad de Troya.

Ya sabemos que la mitología griega está llena de leyendas, cuentos tradicionales, historias increibles, personajes heróicos, miserias humanas y dioses veleidosos.

Pero muchos de sus mitos aún permanecen vigentes, como espejo de la condición humana. La maldición de Casandra ha llegado intacta a nuestros días en la versión "ya lo dije", en boca de políticos, gurús, periodistas, agencias, especuladores, contertulios, educadores o petulantes cargados de soberbia o ignorancia.

Todos afirmamos haber estado en posesión de la verdad y haber sido ignorados por culpa de algún tipo de fuerza divina que ha vuelto sordos a cuantos debían escucharnos. Y es que a toro pasado, todos somos adivinos.

Por desgracia, muchos afirman tener el don de la adivinación, pero pocos tienen el don de la persuasión. Y éstos, con demasiada frecuencia, no adivinan nada; solo engañan. Y no sufren.

Solo aquel que realmente padece por la maldición es capaz de hablar así:



Yo tenía razón.
Solo que eso no significa nada.
Y estas son mis ropas chamuscadas.
Y estos, mis trastos de poeta.
Y esta, la mueca de mi rostro.

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