miércoles, 20 de julio de 2011

Pocas cosas hay más útiles que los tópicos

Hay tonterías que gustan mucho, y que distraen del desconsuelo a que conduce el eclipse veraniego de radios y televisiones; porque entre sus gobernantes se ha implantado la idea de que el estío del calendario conduce a la sequía de los cerebros, y de que seremos incapaces de absorber la carga mental con que nos ponen a prueba durante la temporada.

¿Quién, con este calor -deben de pensar-, podría celebrar como merece el humor de esos dos cómicos que, vestidos casi siempre de mujeres con moño y presunto olor a chotuno, fluye desde TVE apenas asoma el otoño? Por sólo poner un ejemplo, si bien desgarrador, de las carencias culturales a que nuestros audiovisuales -puesto que los pagamos- nos someten siempre en este par de meses.

Por fortuna, el lenguaje no deja de peregrinar por las ondas, y de hacer estación -nunca de penitencia- en los medios escritos.

Entre las cosas más entretenidas figuran los tópicos; así, ahora que millones de ciudadanos huyen por las carreteras a lugares de donde pronto querrán huir, se dice que marchan a gozar de unas bien merecidas vacaciones.

Ya hace años me fijé en esta sandez, pero ahí sigue, sin que a sus usuarios se les haya pasado por la cabeza que a más de uno de esos fugitivos habría que obligarles a dar algún golpe (o un palo al agua, como ahora se dice donosamente).

Otro apreciado tópico, pero más moderno, es eso de hacer los deberes: 'Nosotros hemos hecho ya los deberes -dice un contertulio radiofónico, despidiéndose hasta septiembre- y podemos tomarnos unas merecidas vacaciones'. El tal quiere decir que ya ha hecho cuanto tenía que hacer, y se siente tan satisfecho de sí como un tierno niño o una tierna niña cuando llegan las diez de la noche y cierra el cuaderno de las divisiones y los morfemas.

Pocas cosas hay más útiles que los tópicos: dan la idea acuñada, sin haber hecho el esfuerzo de troquelarla; circula como la buena moneda (es decir, el euro) que no va de mano en mano, porque 'to' er mundo se la quea'.

Nada más desgarrador que la avaricia de una enorme masa de hablantes para apropiarse de lo mostrenco, que, tal vez, tuvo gracia u originalidad en el momento de su invención. Después, repetido como una señal de modernidad, es sólo una ortopedia que ahorra el esfuerzo de hablar por cuenta propia. Hay, incluso, alguna trivialidad de este tipo que ha sido elevada al altar de la ley, como ya vimos en la de Enjuiciamiento Civil, que salta de un párrafo a otro con la liana en otro orden de cosas.

Algunos de estos inventos sustitutivos que absuelven del esfuerzo de buscar y de hallar tienen gracia originaria; así, fue buena la decisión que se tomó en francés, alrededor del año 1959, de crear una metáfora extrayéndola del semáforo: donner le feu vert o feu rouge, para significar que algo ha sido autorizado o denegado, y que puede continuar o debe detenerse.

En español se adoptó el término semáforo a mediados del siglo XIX, con sólo su inicial significado de señal marítima, común en las restantes lenguas europeas, pero, en su acepción de 'señal luminosa para regular el tráfico', no entró, como es lógico hasta la instalación de estos torturantes aparatos, cuyo nombre no registra la Academia hasta 1971. Sin embargo, nuestros oteadores dieron pronto con la locución francesa, y dar luz verde o dar luz roja pasó, vía medios de comunicación, a un estrato de lengua semiculto; es poco probable que uno de nuestros pequeños y sufridos ganaderos diga que el Gobierno va a dar pronto luz verde al vacuno, pero es seguro que sí lo dirá un subsecretario, si no un ministro.

Y que lo endilgarán a sus medios respectivos los dóciles asiduos a sus ruedas de prensa. He recordado algunas veces la maravillosa respuesta del último rey portugués, Manuel II, cuando, habiendo preguntado el nombre del embajador hispano que había de recibir aquella mañana, el pudoroso ayuda de cámara no se atrevía decírselo. Por fin, ante la insistencia del monarca, acaba cediendo: 'No sé si debo, Majestad, pero se llama Raúl Porras y Porras'. Estos sustantivos nombran en portugués lo que cabe imaginar.

El Rey, con una mueca de elegante contrariedad, se limitó a comentar: 'O que chateia (lo que molesta) é a insistència'. Eso es lo que ocurre con el tópico en la expresión.

Considero, sin embargo, minúsculas bagatelas las trampas expresivas mencionadas en comparación con la tremenda memez que suele ponerse como remate o epifonema a la información de algo que, de seguro, va a suscitar controversia. Por ejemplo, que el Príncipe quiere casarse con una señorita de sangre roja; un prohombre ha dicho que le parece mal, que la novia debería ser de prez y de casta; una diputada le ha saltado al cuello alegando que las cosas del corazón no se deciden con análisis genealógicos. El asunto es grave: ¿se debe acudir a la hemostasia sentimental para detener la hemorragia?, o ¿debe permitirse que el flujo amoroso corra y mane a ojos vistas? Y el informador remata el relato diciendo sentenciosamente:

La polémica está servida, igual que anunciaría un mayordomo la cena. Da lo mismo un asunto u otro; en cualquier caso, y siempre que el hecho produzca diversidad de opiniones; la polémica estará servida. En quienes se expresan así, no cabe mayor resignación del orgullo de ser ellos mismos.


Entre tanto, una vieja palabra nuestra se ha visto enriquecida con un ensanchamiento que, en mi opinión, mejora notablemente nuestra visión del mundo. Desde hace pocos años, los jugadores y los toreros aseguran en sus declaraciones que disfrutan mucho en el estadio o en la plaza. Desaparece así de nuestra compasión la inquietud que causaba verlos afanados en quedar bien y en no arriesgar tibia o femoral: ya sabemos que están disfrutando a fondo, y no podemos hacer otra cosa que envidiarlos por lo bien que lo pasan.

No es que disfrutar sea un dislate: desde el siglo XVIII, además de recoger el fruto, significa 'gozar'. Pero no parece que el disfrute sea compatible con el temor a errar, siempre presente en esos oficios.

Quien lo hace bien puede sentirse electrizado, dueño del mundo, poseedor de una fuerza casi erótica; pero el Diccionario académico, normalmente tan sensato, da a disfrutar el significado de 'sentir placer, experimentar suaves y gratas emociones'. Es impensable que esto ocurra a un as del volapié o de la chilena. Seguro que un entrenador antiguo no sacaba el equipo al campo a que experimentara emociones suaves y gratas. Ni que al torero, cuando sale a recoger el toro le dijera a un peón, con la gravedad que impone la montera calada hasta las cejas: '¡Que lo disfrute, maestro!'. Ahora sí; y hasta es posible que el público, si no disfruta, mande a unos y otros a la porra de antes.

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Lenguaje ortopédico. Dardo en la palabra de Fernando Lázaro Carreter.

Odio las muletillas.

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