martes, 20 de marzo de 2012

Vayamos todos, y yo el primero, por la senda de la Constitución

Los siglos XVIII y XIX se conocen mal y se estudian peor. Se considera un periodo árido, escaso de autores y obras de verdadero calado.
Tanto en Literatura como en Historia, estos dos siglos quedan emparedados entre otros dos periodos más atractivos para el docente y el estudiante: el siglo de oro y el siglo XX.

Prácticamente hasta el bachillerato no se estudian con una mínima profundidad estas épocas, fundamentales para comprender el mundo en el que vivimos actualmente. Y si hablamos, por ejemplo, de Ciencia, no es hasta el último curso de bachillerato, el antiguo COU, cuando se estudia la relevancia de este periodo de la Ilustración como germen del mundo presente.

Así que no es de extrañar que la gran mayoría de la ciudadanía, profesores, políticos y periodistas incluidos, pasen de puntillas por esta época, acuciados por temarios extensos inabarcables, por intereses partidistas o seguidismo ideológico, respectivamente.

Pero no será aquí y ahora donde nos dediquemos a glosar el periodo histórico que nos ha convertido, para bien y para mal, en lo que somos ahora. Eso se lo dejo a otros, que en estos días proliferan, que lo hacen mejor.

Pero permítanme que les traiga una anécdota como botón de muestra, al hilo de segundo centenario de la Constitución de Cádiz de 1812, primera constitución española, que recogió todo el espíritu de la Ilustración.

Fernando VII (de sus dos sobrenombres, "el deseado" y "el rey felón" me quedo con el segundo) ha sido uno de los monarcas más lamentables que ha tenido España.

Su reinado comenzó en 1808, tras la abdicación de su padre, Carlos IV -ese al que tan elocuentemente retrató Goya-.

Pero poco le duró el primer reinado porque Napoleón le obligó a abdicar poniendo en su lugar a José I, hermano de Bonaparte.

Estuvo preso en Valençay durante toda la Guerra de la Independencia, y durante ese exilio forzoso fue aclamado como único rey legítimo por las Cortes de Cádiz, que un 19 de marzo, de 1812, proclamaron la primera Constitución Española, y una de las primeras del mundo: La Pepa, por entrar en vigor un día de San José, como todo el mundo conoce ya a estas alturas.

Derrotados lo ejércitos napoleónicos, Fernando VII fue restituido en el trono de España entre la aclamación popular.

"El Deseado" regresó a España en marzo de 1814. Y en solo dos meses (el 4 de mayo) declara ilegales las Cortes de Cádiz y restaura el régimen absolutista, derogando la Constitución de 1812.

Aunque su marcha atrás no fue muy contestada inicialmente por la mayor parte de la población, varios pronunciamientos liberales intentaron sin éxito combatir el absolutismo recién reimplantado.

(El término pronunciamiento ha quedado acuñado en la historia universal para definir los intentos de golpe de estado que se sucedieron en España durante el siglo XIX y XX y todavía se usa en los libros de historia para definir un determinado tipo de alzamiento contra el poder constituido).

Y esto fue así hasta 1820. El 1 de enero de ese año, Rafael de Riego -seguro que les suena más por el himno de Riego que por su compromiso político y social- se subleva en Cabezas de San Juan, y proclama de nuevo la Constitución de Cádiz. Tras algunos titubeos iniciales, el alzamiento de Riego triunfa y Fernando VII se ve obligado a aceptar y jurar de nuevo la Constitución de Cádiz de 1812.

Es en este momento, acuciado por la realidad social, en el que proclama de forma ignominiosa la frase que da título a este apunte:
 - Vayamos todos, y yo el primero, por la senda de la Constitución

Da comienzo el Trienio Liberal.

Pero desde el mismo momento en el que pronuncia estas palabras, y acaso desde antes, comienza a conspirar para restablecer el absolutismo, objetivo que consigue en 1823 gracias a la colaboración Francesa de los Cien Mil Hijos de San Luis.

La invasión francesa obliga a los liberales a refugiarse en Cádiz con Fernando VII como rehén. El sitio de la ciudad es duro y finalmente se llega a una cuerdo entre las partes: Fernando VII será liberado y prometerá defender la Constitución de 1812 y todos los derechos que reconocía a los ciudadanos. A cambio se rendirá la plaza.

Inmediatamente se ganó el segundo de sus sobrenombres, el de Rey Felón: se une al invasor y decreta la abolición de todas las normas jurídicas aprobadas durante el Trienio Liberal y la persecución y represión de los liberales españoles

Y así es como comienza la Década Ominosa, cuyo nombre ya es suficientemente explícito de lo que significó.

Como ven, una joya de hombre, cuyo legado no solo no fue enmendado por su sucesora, Isabel II, sino que fue elevado a su máxima expresión. Pero eso lo contaremos otro día.

Por hoy, baste saber que aunque la Historia no le ha hecho "justicia" debidamente al Felón,
España ha vivido, y sigue viviendo, de su lamentable herencia.

Y claro: así nos va.

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