lunes, 7 de mayo de 2012

Ser profesor de literatura en estos tiempos

… Quizá la única nota pintoresca en él sea precisamente el hecho de ser profesor de literatura en estos tiempos.

Hace poco fue a un banco a solicitar un crédito porque anda con ganas de introducir mejoras en el piso. Le demandaron la profesión, invitándolo así a demostrar su solvencia social.

Él dijo: "Profesor de Lengua y  Literatura en un instituto de bachillerato", y como el empleado lo mirase por un instante con cierta preocupación no exenta de estupor y piedad, Pérez apartó los ojos y se sintió como el protagonista de El castillo de Kafka: un agrimensor que no ha sido llamado y cuyos servicios no son tampoco necesarios, pero que sin embargo está ahí: gravoso, obstinado y absurdo.

Entonces Manuel Pérez Aguado pensó que, al presentarse como profesor, eran tanto como si hubiera dicho: soy-alguien-que-sabe. Porque, en efecto, lo primero que podría decirse de un profesor es que es-alguien-que-sabe. El empleado, con su mirada, parecía sin embargo decir: no sabrás tanto cuando no consigues convertir tu conocimiento en dinero, cuando tu sabiduría no te luce en la nómina. Y Pérez se llevó una mano a la cara y hubo de bajar los ojos antes el escándalo de aquella paradoja.

Crédito de la imagen
(…) 

Manuel Pérez Aguado, además de profesor, es lector y escritor. Esto, bien mirado, no deja de ser un problema, porque a pesar de ser tres actividades complementarias, no obstante hay en ellas zonas conflictivas y hasta excluyentes. Por ejemplo: hay autores, como Joyce, que le interesan al escritor, y bastante menos al lector y al profesor; al lector y al profesor les gusta Galdós, y al escritor no tanto, pero Hermann Hesse, que fue del agrado del lector en la adolescencia, ahora sólo le atrae, or solidaridad con sus alumnos, al profesor.

En fin, que se podrían hacer muchas combinaciones y ver cómo esa trinidad vive escindida, entre alianzas y rupturas continuas. Manuel Pérez no cree que esas trifulcas ocurran en otras trinidades, como por ejemplo en la de ingeniero de caminos, canales y puertos, donde los tres ingenieros forman de verdad una sola y armónica persona.

Hay días en que el profesor se levanta triste y el lector contento, o uno modorro y el otro dinámico, y hay otros días en que al escritor le gustaría mandar a hacer puñetas al profesor, y días milagrosos en que los tres compadres amanecen puestos de acuerdo en todo, como los mosqueteros.

El escritor va por libre, y en general hace buenas migas con el lector. Lector y escritor a veces se burlan del profesor, que es el más viejo y cumplidor de los tres. El profesor, alguna tarde, se acuerda de cuando era sólo lector y no tenía que dar explicaciones a nadie, y se acuerda también de Adorno, filósofo al que admiró durante un tiempo y que dice que tanto menos se goza de las obras de arte cuanto más se entiende de ellas, cuanto más las pretensiones cientificistas del conocimiento van usurpando el papel de la intuición y de la sensibilidad.

En ese caso, al lector le entra la morriña y recuerda la lejana edad en que el demonio de la literatura se le metió como una fúlgura en el alma. …

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Luis Landero; Entre líneas: el cuento o la vida. Tusquets Editores. Barcelona. 2001.

Esta es la cuarta entrega, con un poco de retraso, de la iniciativa 12 meses, 12 libros que hemos puesto en marcha para este año 2012: #recomiendoleer.


2 comentarios:

  1. Hermosa nota. Me siento muy identificado!

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  2. Un texto muy acertado. Me gusta mucho el humor con que está escrito, pues así es al fin y al cabo como hay que tomarse las atrocidades que se cometen en estos tiempos: el que lee, enseña y/o escribe, es un raro. El declive de las humanidades.

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