martes, 9 de abril de 2013

Leibniz y el zapatero

El genio conocido de Leibniz se mide con el genio anónimo de su vecino, un humilde zapatero.

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Leibniz fue el matemático al que debemos el cálculo infinitesimal (con el permiso de Newton) y también fue un destacado filósofo racionalista que anticipó la filosofía analítica; entre otras muchas cosas, tal era su versatilidad. Sin embargo, sus méritos no empezaron a ser reconocidos hasta pasadas varias décadas y solo en el siglo XX se ha reinvindicado su legado en toda su extensión.

Es especialmente notable es su principio de razón suficiente, según el cuál, nada sucede sin una causa que lo provoque de esa manera y no de otra. Y aquellos hechos que parecen casuales o producto del azar, no lo son en realidad; simplemente no disponemos de un conocimiento completo de las causas que los motivaron.

Dicho lo cual, no me extenderé en cuestiones filosóficas o matemáticas, sino que me detendré en una anécdota* que tiene más que ver la sabiduría popular que con él.

Leibniz solía acudir a la Universidad de Leiden a debatir con profesores y estudiantes. Estas discusiones se desarrollaban siempre en latín. De esta universidad era profesor Burcher de Volder, con quien mantuvo una profunda, interesante y hasta polémica correspondencia.

Con el tiempo se dio cuenta de que con frecuencia acudía a los debates un vecino suyo, que era zapatero.

La curiosidad pudo con la discrección y un día se acercó a su vecino y le preguntó si tenía los conocimientos de latín suficientes para seguir y comprender aquellas disputas intelectuales.

La conversación se desarrolló más o menos así:
- No. De latín no sé nada, ni tengo intención de aprenderlo. Solo vengo a ver cómo discuten ustedes.

- Pero, si no sabe latín, ¿cómo sabe quién tiene razón en estas discusiones?

- Muy sencillo. Cuando alguien grita mucho, sé con seguridad que no tiene razón.
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* Desconozco si la anécdota es apócrifa. La cita Gregorio Doval en su Anecdotario universal de cabecera. Ediciones del Prado. Madrid 2003.

Pero me sirve para introducir al genio conocido y para reinvindicar al genio anónimo.

La ilsutración está sacada de El rostro humano de las matemáticas.

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