jueves, 30 de mayo de 2013

Todos los hombres son iguales, pero algunos son más iguales que otros

Animal Farm (Rebelión en la Granja, en su traducción al castellano) es la novela escrita por George Orwell en la que se hace una crítica mordaz del sistema de gobierno estalinista de la extinta Unión Soviética.

Pero la visión que ofrece de la corrupción del poder, que acaba conviertiéndose en tiranía absoluta, hace de esta novela un referente obligado que trasciende el caso concreto que parodia.

Básicamente, el argumento presenta a los animales de una granja, comandados por los cerdos,  revelándose contra la dominación del granjero (de todos los humanos, en realidad) y creando un sistema igualitario basado el siete mandamientos intachables, expuestos públicamente:

1.- Todo lo que camina sobre dos pies es un enemigo.
2.- Todo lo que camina sobre cuatro patas, o tenga alas, es un amigo.
3.- Ningún animal usará ropa.
4.- Ningún animal dormirá en una cama.
5.- Ningún animal beberá alcohol.
6.- Ningún animal matará a otro animal.
7.- Todos los animales son iguales.

Como todo el mundo sabe (y si no, aquí comienza el spoiler) ese régimen, bajo la férrea dirección de los cerdos, va introduciendo matices en esos mandamientos y manipulándolos y adaptándolos a su favor.
Esto es posible porque la inteligencia y habilidades porcinas son superiores a la del resto de los animales, que escasamente saben leer o hacer otra cosa que la que se les ordena, tal es su docilidad y mansedumbre. Todo con la inestimable colaboración de un represor ejército canino.

Así, los siete mandamientos van poco a poco sufriendo pequeñas matizaciones con el objeto de justificar las cada vez más reprobables conductas de los cerdos:

• Ningún animal dormirá en una cama con sábanas.
• Ningún animal beberá alcohol en exceso.
• Ningún animal matará a otro animal sin motivo.

Al final, en un  brillante esfuerzo de análisis de la situación y de síntesis legislativa, los siete mandamientos acaban resumidos en un único y terrorifico postulado.
Todos los animales son iguales pero algunos son más iguales que otros.
Ilustración de Ralph Steadman para la edición
de Rebelión en la Granja de Los libros del zorro rojo.

Y la novela termina con los humanos de las granjas vecinas confraternizando y estableciendo buenas relaciones con el nuevo orden de facto.

El último párrafo es aterrador:
Los animales de afuera miraron del cerdo al hombre, y del hombre al cerdo, y nuevamente del cerdo al hombre; pero ya era imposible discernir quién era quién.
Se acabó el spoiler y comienza la realidad: ¿a qué les suena esta descripción?

A mí, a la perversión del sistema que, nacido de buenas propuestas e ideales, termina por servirse únicamente a sí mismo olvidando por completo a aquellos a quienes debe servir. Y, salvando las distancias, ese es el camino que han tomado las democracias occidentales en las últimas décadas, llevándonos al actual statu quo.

Precisamente fue la primera democracia occidental, por antigüedad y por poderío, la que recogió todo el espíritu de la Ilustración y plasmó en su Declaración de Independecia el primer reconocimiento histórico expreso de los derechos humanos fundamentales:
Sostenemos como evidentes por sí mismas dichas verdades:

• que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables
• que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad;

• que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados;

• que cuando quiera que una forma de gobierno se vuelva destructora de estos principios, el pueblo tiene derecho a reformarla o abolirla, e instituir un nuevo gobierno que base sus cimientos en dichos principios, y que organice sus poderes en forma tal que a ellos les parezca más probable que genere su seguridad y felicidad. 
La prudencia, claro está, aconsejará que los gobiernos establecidos hace mucho tiempo no se cambien por motivos leves y transitorios; y, de acuerdo con esto, toda la experiencia ha demostrado que la humanidad está más dispuesta a sufrir, mientras los males sean tolerables, que a hacerse justicia mediante la abolición de las formas a las que está acostumbrada.

• Pero cuando una larga serie de abusos y usurpaciones, que persigue invariablemente el mismo objetivo, evidencia el designio de someterlos bajo un despotismo absoluto, es el derecho de ellos, es el deber de ellos, derrocar ese gobierno y proveer nuevas salvaguardas para su futura seguridad.
De esta declaración de independencia nació una Constitución, aprobada en 1787, antes de la Revolución Francesa, y que solo ha sufrido 27 enmiendas.

En ella también se recogen, a modo de siete madamientos,  los valores fundamentales de toda sociedad moderna de igualdad y respeto a los derechos humanos fundamentales, de separación de poderes y de garantías legales para todos los ciudadanos.

Y en esta constitución se inspiraron, con mejor o peor suerte, las que vinieron después hasta nuestros días.

Con el paso de los años, décadas, siglos incluso, a la aplicación del espíritu inicial ha ido sucediéndole la introducción de variaciones que conducen, invariablemente, a la restricción intelectual y a la perpetuación del poder al servicio de sí mismo.

Y a esta tarea se afanan gobiernos y partidos mayoritarios, olvidando a quien sirven.

Todo esto para reflexionar sobre el hecho de que en nuestras manos está aceptar la Rebelión de Orwell o recuperar el espíritu ilustrado y tomar las riendas.

Así que, si no lo han hecho todavía, lean Rebelión en la Granja de George Orwell y verán en él reflejada la sociedad de nuestro tiempo, desaparecida ya la Unión Soviética y su siempre denostado régimen.

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