lunes, 30 de diciembre de 2013

El día que murió la inteligencia

Pocas defunciones tienen fechas tan unánimemente aceptadas. No nos referimos a personas, lógicamente, sino a valores intangibles; por ejemplo, la música murió un martes 3 de febrero de 1959; la inocencia en el deporte, un 26 de septiembre de 1988; Las novelas de Caballerías murieron en enero de 1605, cuando un complutense escribió la mejor y definitiva; …


¿Y la inteligencia? La inteligencia murió un 31 de diciembre… de 1936.

El día en que Miguel de Unamuno cumplió los deseos de Millán Astray, expresados en su "mejor" aportación a la posteridad:
- ¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte!
El episodio, acaecido el 12 de octubre de 1936 en la Univesidad de Salamanca, de la que Unamuno era Rector, es sobradamente conocido, como también lo es la poliédrica personalidad de D. Miguel.

Pero su respuesta ha quedado para la historia como el reflejo de la España que surgió del golpe de estado de Franco y que todavía, pese a quien pese, no hemos conseguido superar definitivamente:
 «¡Este es el templo de la inteligencia, y yo soy su sumo sacerdote! Vosotros estáis profanando su sagrado recinto. Yo siempre he sido, diga lo que diga el proverbio, un profeta en mi propio país.

Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis, porque para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España. He dicho».

De aquél acto intitucional tuvo que salir escoltado por nada menos que Carmen Polo de Franco, en la que seguramente fue también su mejor aportación a la posteridad.

Unamuno fue destituido de su cargo de Rector de la Universidad de Salamanca por el propio Franco solo unos días más tarde, y recluido a arresto domiciliario.

El 31 de diciembre murió en su casa, humillado intelectualmente aunque liberado de llegar a ver hasta qué punto sus palabras se hicieron realidad.
"Pero cualquier día me levantaré —pronto— y me lanzaré a la lucha por la libertad, yo solo. No, no soy fascista ni bolchevique; soy un solitario".

Uno de los asistentes al acto, José María Pemán (conocido, entre otras cosas, por ser el autor de la letra del himno español, vigente hasta la muerte del dictador), publicó el 26 de noviembre de… ¡1964! su versión de los hechos, bajo el título "La verdad de aquel día" (disponible también en digital).

Y esta era su conclusión:
Ni Unamuno ni Millán Astray eran hombres a los que les gustara pasar inadvertidos en una sesión en la que hubo, con tanta abundancia, ovaciones y entusiasmos. Los dos estaban acostumbrados a exponer el pecho a cuerpo limpio, el uno a las ideas contrarias y el otro a las balas enemigas...
Eran dos españoles. Dios los tenga en su gloria, en el lugar que reserva a los santos y mártires de la vehemencia española.
Les dejo con unos versos de Pemán, que todavía es posible reconocer en muchos periodistas y políticos de este país:
«¿Para qué esas libertades
que nunca el pueblo ha buscado?
Libertad siempre la hubo
Para lo bueno y lo cristiano:
Si quieren otra...es que quieren
Libertad para lo malo».
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Pero no se me despisten: este apunte es un modesto homenaje a Miguel de Unamuno, cuya obra encarecidamente #RecomiendoLeer.

La ciudad de Salamanca y su Alma Mater le devolvieron los honores años después, cuando ya era tarde.

Con pocos, pero doctos libros juntos…

Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos
y escucho con mis ojos a los muertos.

Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
o enmiendan, o fecundan mis asuntos;
y en músicos callados contrapuntos
al sueño de la vida hablan despiertos.

Las grandes almas que la muerte ausenta,
de injurias de los años, vengadora,
libra, ¡oh gran don Iosef!, docta la emprenta.

En fuga irrevocable huye la hora;
pero aquélla el mejor cálculo cuenta
que en la lección y estudios nos mejora.








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Disculpen que no haga el típico resumen del año. 

Les dejo con las recomendaciones lectoras que hemos ido haciendo durante estos meses y con el habitual consejo: #recomiendoleer.

Que al año 2014 nos vuelva más sabios además de más viejos.


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@DesEquiLIBROS
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viernes, 20 de diciembre de 2013

Cuento de Navidad. Ray Bradbury

El día siguiente sería Navidad y, mientras los tres se dirigían a la estación de naves espaciales, el padre y la madre estaban preocupados. Era el primer vuelo que el niño realizaría por el espacio, su primer viaje en cohete, y deseaban que fuera lo más agradable posible.

Ilustración de Oscar Scotellaro para el Cuento de Navidad de Ray Bradbury
Ilustración de Oscar Scotellaro
Cuando en la aduana los obligaron a dejar el regalo porque pasaba unos pocos kilos del peso máximo permitido y el arbolito con sus hermosas velas blancas, sintieron que les quitaban algo muy importante para celebrar esa fiesta. El niño esperaba a sus padres en la terminal. Cuando éstos llegaron, murmuraban algo contra los oficiales interplanetarios.

- ¿Qué haremos?

- Nada, ¿qué podemos hacer?

- ¡Al niño le hacía tanta ilusión el árbol!

La sirena aulló, y los pasajeros fueron hacia el cohete de Marte. La madre y el padre fueron los últimos en entrar. El niño iba entre ellos, pálido y silencioso.

- Ya se me ocurrirá algo -dijo el padre.

- ¿Qué...? -preguntó el niño.

El cohete despegó y se lanzó hacia arriba al espacio oscuro. Lanzó una estela de fuego y dejó atrás la Tierra, un 24 de diciembre de 2052, para dirigirse a un lugar donde no había tiempo, donde no había meses, ni años, ni horas. Los pasajeros durmieron durante el resto del primer "día". Cerca de medianoche, hora terráquea según sus relojes neoyorquinos, el niño despertó y dijo:

- Quiero mirar por el ojo de buey.

- Todavía no -dijo el padre-. Más tarde.

 - Quiero ver dónde estamos y a dónde vamos.

- Espera un poco -dijo el padre.

El padre había estado despierto, volviéndose a un lado y a otro, pensando en la fiesta de Navidad, en los regalos y en el árbol con sus velas blancas que había tenido que dejar en la aduana. Al fin creyó haber encontrado una idea que, si daba resultado, haría que el viaje fuera feliz y maravilloso.

 - Hijo mío -dijo-, dentro de media hora será Navidad.

La madre lo miró consternada; había esperado que de algún modo el niño lo olvidaría. El rostro del pequeño se iluminó; le temblaron los labios.

- Sí, ya lo sé. ¿Tendré un regalo? ¿Tendré un árbol? Me lo prometieron.

- Sí, sí. todo eso y mucho más -dijo el padre.

- Pero... -empezó a decir la madre.

 - Sí -dijo el padre-. Sí, de veras. Todo eso y más, mucho más. Perdón, un momento. Vuelvo pronto.

Los dejó solos unos veinte minutos. Cuando regresó, sonreía.

 - Ya es casi la hora.

- ¿Puedo tener un reloj? -preguntó el niño.

 Le dieron el reloj, y el niño lo sostuvo entre los dedos: un resto del tiempo arrastrado por el fuego, el silencio y el momento insensible.

- ¡Navidad! ¡Ya es Navidad! ¿Dónde está mi regalo?

- Ven, vamos a verlo -dijo el padre, y tomó al niño de la mano.

Salieron de la cabina, cruzaron el pasillo y subieron por una rampa. La madre los seguía.

- No entiendo.

- Ya lo entenderás -dijo el padre-. Hemos llegado.

Se detuvieron frente a una puerta cerrada que daba a una cabina. El padre llamó tres veces y luego dos, empleando un código. La puerta se abrió, llegó luz desde la cabina, y se oyó un murmullo de voces.

- Entra, hijo.

- Está oscuro.

 - No tengas miedo, te llevaré de la mano. Entra, mamá.

Entraron en el cuarto y la puerta se cerró; el cuarto realmente estaba muy oscuro. Ante ellos se abría un inmenso ojo de vidrio, el ojo de buey, una ventana de metro y medio de alto por dos de ancho, por la cual podían ver el espacio. El niño se quedó sin aliento, maravillado. Detrás, el padre y la madre contemplaron el espectáculo, y entonces, en la oscuridad del cuarto, varias personas se pusieron a cantar.

- Feliz Navidad, hijo -dijo el padre.

Resonaron los viejos y familiares villancicos; el niño avanzó lentamente y aplastó la nariz contra el frío vidrio del ojo de buey. Y allí se quedó largo rato, simplemente mirando el espacio, la noche profunda y el resplandor, el resplandor de cien mil millones de maravillosas velas blancas.

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Ray Bradbury. Firma








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La ilustración es de Oscar Scotellaro.

jueves, 19 de diciembre de 2013

Desconfía de aquellos que te enseñan listas de nombres, números y fechas…

LA MEJOR ESCUELA

José Agustín Goytisolo
Desconfía de aquellos que te enseñan
listas de nombres, números y fechas
y que siempre repiten modelos de cultura
que son la triste herencia que aborreces.

No aprendas sólo cosas, piensa en ellas,
y construye a tu antojo situaciones e imágenes
que rompan la barrera que aseguran existe
entre la realidad y la utopía:
vive en un mundo cóncavo y vacío,
juzga cómo sería una selva quemada,
detén el oleaje de las rompientes,
tiñe de rojo el mar,
sigue unas paralelas hasta que te devuelvan
el punto de partida,
haz aullar a un desierto,
familiarízate con la locura

Después sal a la calle y observa,
es la mejor escuela de tu vida.

José Agustín Goytisolo









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• Esta entrada participa en la VIII Edición del Carnaval de Humanidades, cuyo blog anfitrión es ::ZTFNews, y que esta ocasión quiere resaltar la relación entre la poesía y las matemáticas. Algo de eso hay en estos versos.
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miércoles, 18 de diciembre de 2013

Acertijo poético matemático

Poesía y matemáticas no están reñidas, como podréis comprobar en la excelente recopilación que ha hecho José María Sorando Muzás en Matemáticas y Poesía. Y esa es solo una parte de Matemáticas en tu mundo.

Y es que, como reza el encebazado de la web…
"La poesía es la forma de lenguaje  más concisa y cargada de significado, del mismo modo que las ecuaciones son la forma más sucinta de expresar el aspecto de la realidad que describen"
Graham Farmelo
Así que hoy os traigo un acertijo poético matemático; unos versos anónimos (según el antologista) que esconden un sencillo problema:
Fallas más que una escopeta de feriaTIRO AL BLANCO  
Por presumir de certero
un tirador atrevido
se encontró comprometido
en el lance que os refiero:
Y fue, que ante una caseta
de la feria del lugar
presumió de no fallar
ni un tiro con la escopeta,
y el feriante alzando el gallo
un duro ofreció pagarle
por cada acierto y cobrarle
a tres pesetas el fallo.
Dieciséis veces tiró
el tirador afamado
y al fin dijo, despechado
por los tiros que falló:
Mala escopeta fue el cebo
y la causa de mi afrenta,
pero ajustada la cuenta
Nl ME DEBES Nl TE DEBO. 
Y todo el que atentamente
este relato siguió
podrá decir fácilmente
cuántos tiros acertó.

¿Se atreven con él?

Si eres perezoso, la solución aquí.

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Esta entrada participa en la Edición 4.123105625 del Carnaval de Matemáticas, cuyo blog anfitrión es Que no te aburran las mates.

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lunes, 16 de diciembre de 2013

La Edad de Plata que debió ser de Oro #poema27

16 diciembre de 1927. Sevilla. Un grupo de jóvenes poetas celebra un acto de homenaje a Góngora con motivo del tercer centenario de la muerte de poeta cordobés.

Generación del 27

Fue Gerado Diego quien acuñó el nombre de Generación del 27 cuando, en 1932, publicó una antología que recogía la obra de los mejores poetas jóvenes del momento; el vínculo de unión entre todos ellos, más allá de corrientes estilísticas, era su vinculación con el homenaje gongorino de 5 años antes.

En palabras del propio Gerardo Diego:
"Mes de abril de 1926. Una improvisada y amistosa tertulia pone sobre la mesa de un café el lema del Centenario de Góngora. Hay que hacer algo. Y tenemos que hacerlo nosotros. Si esperamos que lo hagan las corporaciones oficiales pasaremos por el bochorno de que España celebre el Centenario de su más grande poeta entre una absoluta indiferencia, con cualquier actillo exterior y falso, algún certamen novelesco y media docena de artículo de enciclopedia, contentos de haber matado el tema nuestro de cada día o semana de colaboración.
Actillos, certamenillos, ensayillos, trabados de cortapisas y reservas miserables, cuando no de hipócritas agravios para la más pura de nuestras glorias poéticas".

Gerardo Diego; Crónica de un centenario gongorino (1927)

Todo el mundo reconoce como el Siglo de Oro de la literatura española la época del Renacimiento y el Barroco, los siglos XVI y XVII, y que incluyen todos los estilos y géneros: Bartolomé de las Casas, Baltasar Gracián, Garcilaso, Santa Teresa, Cervantes, Quevedo, Góngora, Tirso de Molina, Lope de Vega, Calderón de la Barca… la nómina es infinita.

Lo que seguramente menos gente conozca es que las tres primeras décadas del siglo XX español han merecido la denominación de Edad de Plata, periodo de enorme desarrollo cultural y científico, de la mano de los pertenecientes a la generación del 98, la generación de 14 y la generación del 27, (y otros de difícil clasificación generacional pero contemporáneos) entre los que se encuentran escritores, poetas, filósofos, dramaturgos, filólogos, científicos, matemáticos, ingenieros, pintores, escultores, músicos, arquitectos, políticos, humoristas, directores de cine… juzguen ustedes:

Gacía Lorca, Miguel Hernández, Gerargo Diego, Dámaso Alonso, el Nobel Alexandre (que nadie duda de que recibió el galardón como reconocimiento a toda una generación);

Luis Cernuda, Edgar Neville, Jardiel Poncela, Ramón J. Sender, Alberti, Alejandro Casona, Miguel Mihura, Concha Méndez, Valle Inclán, Unamuno, los Machado;

Menéndez Pidal, Américo Castro;  Falla, Baroja, Ramiro de Maeztu, Benavente, Ortega y Gasset, Zuloaga, Falla, Granados, Albéniz, Juan Gris, Dalí, Miró, Azaña, Marañón, D'Ors, Gómez de la Serna;

Clara Campoamor, María Zambrano, María Moliner, Ramón y Cajal, Torres Quevedo, Rey Pastor, Severo Ochoa, Grande Covián, Buñuel…

Seguramente es la época de la historia de España que más cerebros talentosos ha dado. Y a buen seguro merecería la denominación áurea si no fuera porque ese galardón ya había sido otorgado en el s. XVIII a sus antecesores renacentistas y barrocos.

Este periodo argénteo solo se vio truncado por la Guerra Civil, y las consecuencias que supuso su desmatelación (y la de las instituciones que lo hicieron posible) todavía las estamos pagando un siglo después.

El caso es cada 16 de diciembre desde hace 5 años, @tonisolano nos convoca a través de su Re(paso) de lengua a que compartamos en nuestros blogs y perfiles sociales poemas o versos de algunos de los miembros de la Generación del 27, a modo de homenaje, en el aniversario de su "acto fundacional".

Así que, fiel a la cita, aquí va mi aportación:
Deshaced este verso
Deshaced este verso.
Quitadle los caireles de la rima,
el metro, la cadencia
y hasta la idea misma. 
Aventad las palabras,
y si después queda algo todavía,
eso,
será la poesia. 
¿Qué
importa
que la estrella
esté rémora
y deshecha
la rosa? 
Aún tendremos
el brillo y el aroma.

León Felipe.

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Contribuye tú también a este modesto homanaje virtual publicando en tu blog o Redes Sociales versos o poemas de alguno de los miembros de la Generación del 27. Usa el hashtag #poema27.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Los tontos miran la matemática desde una respetuosa distancia

"Existe una opinión muy generalizada según la cual la matemática es la ciencia más difícil cuando en realidad es la más simple de todas. La causa de esta paradoja reside en el hecho de que, precisamente por su simplicidad, los razonamientos matemáticos equivocados quedan a la vista.  
En una compleja cuestión de política o arte, hay tantos factores en juego y tantos desconocidos o inaparentes, que es muy difícil distinguir lo verdadero de lo falso. 

El resultado es que cualquier tonto se cree en condiciones de discutir sobre política y arte -y en verdad lo hace- mientras que mira la matemática desde una respetuosa distancia".

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Ernesto Sábato
Ernesto Sábato, por Julio César Ibarra
El nombre de Ernesto Sábato ha quedado para la posteridad en los manuales de literatura, aunque su obra y su figura son mucho más amplias. Físico de formación, obtuvo en 1938 una importante beca para realizar "trabajos de investigación sobre radiaciones atómicas en el Laboratorio Curie en París".
"Durante ese tiempo de antagonismos, por la mañana me sepultaba entre electrómetros y probetas y anochecía en los bares, con los delirantes surrealistas. En el Dome y en el Deux Magots, alcoholizados con aquellos heraldos del caos y la desmesura, pasábamos horas elaborando cadáveres exquisitos".
Pero "en el Laboratorio Curie, en una de las más altas metas a las que podía aspirar un físico, me encontré vacío de sentido. Golpeado por el descreimiento, seguí avanzando por una fuerte inercia que mi alma rechazaba".

Así que, tras un breve paso por el MIT, decide abandonar definitivamente la ciencia para dedicarse a la literatura.

El impacto de este abandono no fue menor. En su libro de memorias, Antes del fin, Sábato cuenta:
"Cuando a principios de los cuarenta tomé la decisión de abandonar la ciencia, recibí durísimas críticas de los científicos más destacados del país. El doctor Houssay me retiró el saludo para siempre. El doctor Gaviola, entonces director del Observatorio de Córdova, que tanto me había querido, dijo: ‘Sabato abandona la ciencia por el charlatanismo’. Y Guido Beck, emigrado austriaco, discípulo de Einstein, en una carta se lamenta diciendo: ‘En su caso, perdemos en usted un físico muy capaz en el cual tuvimos muchas esperanzas’".
En 1945 publicó su primer libro, Uno y el Universo, una serie de artículos filosóficos en los que critica la aparente neutralidad moral de la ciencia y alerta sobre los procesos de deshumanización en las sociedades tecnológicas.

Ernesto Sábato entrega a Raúl Alfonsín el informe "Nunca Más" sobre los crímenes de la dictadra militar argentina.
Ernesto Sábato entrega a Raúl Alfonsín el informe "Nunca Más"
sobre los crímenes de la dictadra militar argentina.
Su compromiso social y político, a pesar de las críticas de "miembro de la hipocresía argentina" en tiempos de la dictadura militar, le hicieron acreedor del encargo de presidir la CONADEP (Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas), "con el objetivo de investigar las graves, reiteradas y planificadas violaciones a los derechos humanos durante la llamada guerra sucia de entre 1976 y 1983, llevadas a cabo por la dictadura militar argentina".

El resultado de esa investigación fue el informe "Nunca Más", también conocido como "Informe Sábato", que abrió las puertas para el juicio a las Juntas de la dictadura militar.

Pero hoy nos interesa más su perfil científico que el literario, político o filosófico, aunque todos ellos estén ineludiblemente interrelacionados y presentes en su obra. Y así quedó plasmado en el libro Uno y el Universo, al que pertence el capítulo que transcribimos a continuación y que aúna perfectamente el perfil ambivalente de Sábato.

Aquí veréis una lúcida y actual reflexión sobre el hombre (y el científico) en su relación con la ciencia; y sobre la ciencia y su relación con los hombres.

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Ciencia
de Uno y el Universo. 1945

Durante siglos el hombre de la calle tuvo más fe en la hechicería que en la ciencia: para ganarse la vida, Kepler necesitó trabajar de astrólogo; hoy los astrólogos anuncian en los diarios que sus procedimientos son estrictamente científicos. El ciudadano cree con fervor en la ciencia y adora a Einstein y a Madame Curie. Pero, por un destino melancólico, en este momento de esplendor popular muchos profesionales comienzan a dudar de su poder.

El matemático y filósofo inglés A. N. Whitehead nos dice que la ciencia debe aprender de la poesía; cuando un poeta canta las bellezas del cielo y de la tierra no manifiesta las fantasías de su ingenua concepción del mundo, sino los hechos concretos de la experiencia “desnaturalizados por el análisis científico”.

Probablemente, este desencuentro entre el profesional y el profano se debe a que el desarrollo de la ciencia a la vez implica un creciente poder y una creciente abstracción. El hombre de la calle sólo ve lo primero, siempre dispuesto a acoger favorablemente a los vencedores; el teórico ve ambos aspectos, pero el segundo comienza a preocuparle en forma esencial, hasta el punto de hacerle dudar de la aptitud de la ciencia para aprehender la realidad. Este doble resultado del proceso científico parece contradictorio en sí mismo. En rigor es la doble cara de una misma verdad: la ciencia no es poderosa a pesar de su abstracción sino justamente por ella.

Ernesto Sábato: Uno y el UniversoEs difícil separar el conocimiento vulgar del científico; pero quizá pueda decirse que el primero se refiere a lo particular y concreto, mientras que el segundo se refiere a lo general y abstracto. “La estufa calienta” es una proposición concreta, hasta doméstica y afectiva, con reminiscencias de cuentos de Dickens. El científico toma de ella algo que nada tiene que ver con estas asociaciones: provisto de ciertos instrumentos, observará que la estufa tiene mayor temperatura que el medio ambiente y que el calor pasa de aquélla a éste. En la misma forma examinará otras afirmaciones parecidas, como “la plancha quema”, “las personas que se retardan toman el té frío”. El resultado de sus reflexiones y medidas será una sola y seca conclusión: “El calor pasa de los cuerpos calientes a los fríos”.

Todavía esto es bastante accesible para la mente común: el desiderátum del hombre de ciencia es enunciar juicios tan generales que sean ininteligibles, lo que se logra con la ayuda de la matemática. El enunciado anterior todavía no le satisface y sólo queda tranquilo cuando puede llegar a decir: “La entropía de un sistema aislado aumenta constantemente”.

Del mismo modo, cuestiones como la caída de la manzana sobre la cabeza de Newton, la existencia de las cataratas del Iguazú, la fórmula del movimiento acelerado y el accidente de Cyrano, pueden reunirse exitosamente en la proposición “El tensorg es nulo”, que, como observa Eddington, tiene el mérito de la concisión, ya que no el de la claridad.

La proposición “la estufa calienta” expresa un conocimiento y por lo tanto da algún poder al que lo posee: sabe que si tiene frío será conveniente acercarse a una estufa. Pero este conocimiento es bastante modesto, no le sirve para ninguna otra situación.

En cambio, si alguien tiene pleno conocimiento de que la “entropía de un sistema aislado aumenta constantemente”, no sólo buscará una estufa para calentarse —resultado muy magro para veinte años de estudio— sino que podrá resolver una enorme cantidad de problemas, desde el funcionamiento de un motor hasta la evolución del Universo.

Así, a medida que la ciencia se vuelve más abstracta y en consecuencia más lejana de los problemas, de las preocupaciones, de las palabras de la vida u utilidad aumenta en la misma proporción. Una teoría tiene tantas más aplicaciones cuanto más universal, y por lo tanto cuanto más abstracta, ya que lo concreto se pierde con lo particular.

El poder de la ciencia se adquiere gracias a una especie de pacto con el diablo: a costa de una progresiva evanescencia del mundo cotidiano. Llega a ser monarca, pero, cuando lo logra, su reino es apenas un reino de fantasmas.

Se logra unificar todas aquellas proposiciones porque se eliminan los atributos concretos que permiten distinguir una taza de té, una estufa y personas que se retardan. En este proceso de limpieza va quedando bien poco; la infinita variedad de concreciones que forma el universo que nos rodea desaparece; primero queda el concepto decuerpo, que es bastante abstracto, y si seguimos adelante apenas nos quedará el concepto demateria, que todavía es más vago: el soporte o el maniquí para cualquier traje.

El universo que nos rodea es el universo de los colores, sonidos, y olores; todo eso desaparece frente a los aparatos del científico, como una formidable fantasmagoría.

El Poeta nos dice:
El aire el huerto orea
y ofrece mil olores al sentido;
los árboles menea
con un manso ruido
que del oro y del cetro pone olvido.
 Pero el análisis científico es deprimente: como los hombres que ingresan en una penitenciaría, las sensaciones se convierten en números. El verde de aquellos árboles que el aire menea ocupa una zona del espectro alrededor de las 5000 unidades Angström; el manso ruido es captado por micrófonos y descompuesto en un conjunto de ondas caracterizadas cada una por un número; en cuanto al olvido del oro y del cetro, queda fuera de la jurisdicción del científico, porque no es susceptible de convertirse en matemática.

El mundo de la ciencia ignora los valores: un geómetra que rechazara el teorema de Pitágoras por considerarlo perverso tendría más probabilidades de ser internado en un manicomio que de ser escuchado en un congreso de matemáticos. Tampoco tiene sentido una afirmación como “tengo fe en el principio de conservación de la energía”; muchos hombres de ciencia hacen afirmaciones de este género, pero se debe a que construyen la ciencia no como científicos sino simplemente como hombres.

Giordano Bruno fue quemado por haber cantado frases por el estilo de “creo exaltadamente en la infinidad del universo”; es explicable que haya sufrido el suplicio por esta frase en tanto que poeta o metafísico; pero sería penoso que haya creído sufrirla como hombre de ciencia, porque en tal caso habría muerto por una frase fuera de lugar.

Estrictamente, los juicios de valor no tienen cabida en la ciencia, aunque intervengan en su construcción; el científico es un hombre como cualquiera y es natural que trabaje con toda la colección de prejuicios y tendencias estéticas, místicas y morales que forman la naturaleza humana. Pero no hay que cometer la falacia de adjudicar estos vicios del modus operandi a la esencia del conocimiento científico.

De este modo, el mundo se ha ido transformando paulatinamente de un conjunto de piedras, pájaros, árboles, sonetos de Petrarca, cacerías de zorro y luchas electorales, en un conglomerado de sinusoides, logaritmos, letras griegas, triángulos y ondas de probabilidad. Y lo que es peor: nada más que en eso. Cualquier científico se negará a hacer consideraciones sobre lo que podría estar más allá de la mera estructura matemática.

La relatividad completó la transformación del universo físico en fantasma matemático. Antes, al menos, los cuerpos eran trozos persistentes de materia que se movían en el espacio. La unificación del espacio y el tiempo ha convertido al universo en un conjunto de “sucesos”, y en opinión de algunos la materia es una mera expresión de la curvatura cósmica. Otros relativistas imaginan que en el universo no hay pasado, ni presente, ni futuro; como en el reino de las ideas platónicas, el tiempo sería una ilusión más del hombre, y las cosas que cree amar y las vidas que cree ver transcurrir apenas serían fantasmas imprecisos de un Universo Eterno e Inmutable.

La ciencia estricta —es decir, la ciencia matematizable— es ajena a todo lo que es más valioso para un ser humano: sus emociones, sus sentimientos de arte o de justicia, su angustia frente a la muerte. Si el mundo matematizable fuera el único mundo verdadero, no sólo sería ilusorio un palacio soñado, con sus damas, juglares y palafreneros; también lo serían los paisajesde la vigilia o la belleza de una fuga de Bach. O por lo menos sería ilusorio lo que en ellos nos emociona.

Ciencia y moral. Un telémetro de artillería requiere el concurso de matemáticos, físicos e ingenieros; pero puede ser utilizado por los ejércitos de un bandolero o por hombres que luchan por la libertad. Los productos de la ciencia son ajenos al mundo de los valores éticos: el teorema de Pitágoras puede ser verdadero o falso; pero no puede ser perverso, ni respetable, ni decente, ni bondadoso, ni colérico.

Sin embargo, la matemática, la física y en general todas las ramas que han llegado al estadio de ciencia estricta, no de simple conocimiento o clasificación empírica —Wissenschaft—, tienen un valor formativo que debe ser calificado como moralizador.

En la ciencia estricta, el yo debe ser sacrificado a la objetividad; el hombre que investiga la naturaleza lo hace con los deseos, prejuicios y vanidades que son inseparables de la pobre condición humana; pero, frente a los insobornables hechos, hay un instante en que el investigador debe abandonar sus deseos, sus prejuicios y sus vanidades; este es el duro momento en que un verdadero científico se manifiesta superior al resto de los mortales; si Aristóteles hubiera sobrevivido hasta el Renacimiento y hubiera aceptado la refutación de su teoría ante la experiencia de la Torre de Pisa, entonces habría  pasado a la historia como un verdadero hombre de ciencia.

Estas rectificaciones no son fáciles; la historia de la ciencia está llena de hombres que se aferraron a teorías falsas mucho después que los hechos las hubieron destrozado. Los peripatéticos contemporáneos de Galileo se negaron a aceptar la existencia de los satélites de Júpiter; Poggendorff pasó a la historia por haber encajonado la memoria de Mayer, descubridor del principio de la energía; Painlevé se negaba a aceptar la teoría de Einstein; Le Chatelier comentaba con sorna que “algunos ilusos dicen haber comprobado la producción de gas helio por el uranio”, varios años después que centenares de físicos trabajaban en radiactividad.

La ciencia es una escuela de modestia, de valor intelectual y de tolerancia: muestra que el pensamiento es un proceso, que no hay gran hombre que no se haya equivocado, que no hay dogma que no se haya desmoronado ante el embate de los nuevos hechos.

Ernesto Sábato.
Uno y el Universo.

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Más info:
Ernesto Sábato, el escritor matemático.
Ernesto Sábato en iuventicus.
Ernesto Sábato: la muerte del científico desencantado.
y en wikipedia.
Uno y el Universo. Texto completo en scribd.

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• Blog del Carnaval de Humanidades.
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lunes, 2 de diciembre de 2013

El inventor de la máquina del tiempo

H.G.Wells ha pasado a la historia de la literatura como autor de novelas de Ciencia Ficción. La más conocida, seguramente, es La Guerra de los Mundos, que aterrorizó a los norteamericanos con la dramatización radiofónica que realizó Orson Welles el 30 de octubre de 1938.

Otra de las aportaciones de Wells (que no Welles) es la invención de la máquina del tiempo en su novela homónima de 1895. En ella narra las pericias de un viajero en el tiempo aunque no se detiene mucho a profundizar en las paradojas temporales en las que luego se han detenido otros autores.

Tampoco se detiene a hacer una descripción muy detallada ni científica del artilugio, como sí solía hacer Julio Verne, al que describe muy someramente, en un claro intento de dejar al lector el trabajo de visualización mental.

El Anacronópete, de Enrique Gaspar y Rimbau
Lo que poca gente sabe es que la máquina del tiempo no lo inventó H.G. Wells, sino un tal Enrique Gaspar y Rimbau, escritor y autor teatral español. Y en 1887 publica una obra titulada el Anacronópete:
“…debe su nombre a tres voces griegas: aná que significa “hacia atrás”, cronos “el tiempo” y petes “el que vuela”, justificando de este modo su misión de volar hacia atrás en el tiempo;
porque en efecto, merced a él, puede uno desayunarse a las siete en París, en el siglo XIX; almorzar a las doce en Rusia con Pedro el Grande; comer a las cinco en Madrid con Miguel de Cervantes Saavedra -si tiene con qué aquel día- y, haciendo noche en el camino, desembarcar con Colón al amanecer en las playas de la virgen América.”

Iba a extenderme en la semblanza de Don Enrique Gaspar y en la obra, pero este trabajo ya lo hicieron hace unos años en "Enrique Gaspar y la primera máquina del tiempo", en "El anacronópete, la primera máquina del tiempo", en "Para máquina del tiempo, la de don Enrique Gaspar", y en "HG Wells or Enrique Gaspar: Whose time machine was first?", así que no nos extenderemos más.

Sirva esta entrada para dejaros la obra digitalizada íntegramente para su consulta y lectura: el Anacronópete.

El Anacronópete, la primera máquina del tiempo, de Enrique Gaspar y Rimbau



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