miércoles, 28 de enero de 2015

Cómo acabar con los escritores (y resucitar la literatura)

Entre las páginas del relato de Roal Dahl El gran gramatizador automático se encuentra escondida la visionaria solución para terminar con los (mediocres) escritores y resucitar la (buena) literatura: tecnología aplicada, visión empresarial, modelo agresivo de negocio, ventajosos contratos editoriales y…

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El obituario de la literatura se ha escrito en numerosas ocasiones. La más lucida que he leído últimamanete es la que escribió @olahjl hace ya algún tiempo y que tenía el definitorio título de La muerte de la literatura.

Pero tengo la solución. Y vengo hoy a compartirla con ustedes. Se encuentra escondida en las páginas de un relato de Roal Dahl: El gran gramatizador automático.

A Roal Dahl se le suele asociar con literatura infantil y juvenil. Pero no es del todo justo.

El hecho de que muchos de sus personajes sean niños, (los casos más notables son la consumada lectora Matilda y la cinematográfica Charlie y la fábrica de chocolate), no significa que sus historias sea infantiles.

De hecho, tiene multitud de relatos que nada tienen de infantil aunque su lectura sí pueda ser perfectamente recomendable para adolescentes con cierta inquietud literaria.

Pero volvamos al Gran gramatizador automático y a la solución que plantea para resucitar a la literatura.
Se lo explico, aun a riesgo de destripar la trama de un texto que, de todas formas, #RecomiendoLeer.

La idea es sencilla.
La empresa que dirije el Señor Bohlen acaba de construir una máquina sin par:
“Acaba de concluirse la construcción de la gran calculadora automática, encargada por el gobierno hace algún tiempo. Probablemente se trate de la calculadora automática más rápida que existe actualmente en el mundo. En cinco segundos da la respuesta correcta a un problema que un matemático tardaría un mes en descifrar”.
Pero su principal desarrollador, Adolph Knipe, no está contento,  porque él, en realidad, lo que quiere es ser escritor. Pasa sus ratos libres dedicado a escribir relatos que envía compulsivamente a las revistas con la esperanza de que se los publiquen. Esperanza que nunca se ve satisfecha.

Y un día, frente a su máquina de escribir tiene una brillante revelación:
"…una idea fantástica, pero tan impracticable que en realidad no merece la pena pensar en ella".
que básicamente consiste en que
…podrá construirse una máquina con el mismo sistema que la calculadora electrónica, transformándola de modo que colocase palabras en un orden determinado en lugar de números, acorde con las reglas gramaticales. Se introducen verbos, nombres, adjetivos y pronombres; se almacenan en la selección de memoria a modo de vocabulario, y con un mecanismo adecuado se extraen cuando sea necesario.
Tras quince días de intenso trabajo le presenta su idea a su jefe el Señor Bohlen.
Como podrán imaginar, no se lo toma muy en serio. Su principal objeción, como buen empresario, es "¿qué dinero nos producirá?".

La respuesta es sencilla, a la par que brillante:
Verá, con mi máquina, gracias a un coordinador adaptado entre la sección de “memoria” de argumentos” y la de “memoria de palabras”, puedo producir cualquier tipo de relato que quiera, simplemente apretando el botón correspondiente.
Esta máquina puede producir un relato de cinco mil palabras, mecanografiarlo y terminarlo en treinta segundos. ¿Cómo pueden competir con ella los escritores?
Y es ahora cuando el relato se vuelve visionario cuando predice la actual situación de la literatura:
Hoy en día un artículo hecho a mano no tiene ningún porvenir. No puede competir con la producción en serie, sobre todo en este país, y usted lo sabe.
A nadie le importa cómo se hacen las cosas con tal de que se vendan. ¡Los venderemos al por mayor! ¡Rebajaremos los precios para competir con todos los escritores del país! ¡Acapararemos el mercado!
Roal DahlTras hacer unos cálculos sobre el dinero que cobran los autores por publicar un relato y una estimación de la aceptación que tendrían sus producciones en serie, la conclusión es que será un buen negocio. Y así es como el Señor Bohlen accede a construir la máquina.

Deciden montar una agencia literaria, con nombres de autores ficticios, desde la que mandarán sus originales automáticos a las revistas y gestionarán los ingresos. Así parecerá juego limpio. Y para aportar más veracidad a su iniciativa, algunos de los relatos irán firmados por ellos mismos.

Excuso decirles que, después de unos primeros intentos de prueba, el invento acaba por funcionar a la perfección. De los trece primeros relatos que enviaron, seis fueron aceptados de inmediato, tales eran la calidad literaria y la solidez de los argumentos.

En vista del éxito, el Señor Bohlen, llevado por su nueva ambición de escritor de éxito, decide darle una vuelta de tuerca al proyecto:
- quiero escribir una novela
Y así fue como la máquina fue transformada para que escribiera novelas, con un sistema de control fantástico que permitía al autor, literalmente, preseleccionar cualquier clase de argumento y de estilo.
…al pulsar uno de los botones principales, el autor tomaba la primera decisión para incluir la novela en una de las siguientes categorías: histórica, satírica, filosófica, política, romántica, erótica, humorística.
Después, entre la segunda fila de botones (que eran los básicos), elegía el tema: vida militar, época de los pioneros, guerra civil, guerra mundial, problema racial, salvaje oeste, vida en el campo, recuerdos de infancia, vida en el mar, fondo del mar y muchísimos más.
La tercera fila de botones permitía elegir el estilo literario: clásico, fantástico, picante, Hemingway, Faulkner, Joyce, femenino, etc.
La cuarta fila era para los personajes; la quinta, para el léxico, y así sucesivamente, hasta diez largas filas de botones de preselección.
Pero esto no era todo, mediante un sistema podía matizar o mezclar continuamente cincuenta elementos distintos y variables, tales como tensión, sorpresa, humor, patetismo y misterio.
A partir de este punto el Señor Bohlen y Adolph Knipe comienzan a intercambiar sus papeles. El que antes era el empresario preocupado por la rentabilidad del proyecto se transforma en un ambicioso creador, ávido de reconocimiento literario; y el escritor con ínfulas demuestra un inusitado talento para los negocios.

Y ese talento se pone en marcha con la estrategia de comprar a todos los escritores; y si no se venden, se les aplasta.
Tengo una lista de los cincuenta escritores de mayor éxito del país, y lo que he pensado es ofrecerles a cada uno un contrato de por vida. Lo único que tienen que hacer es comprometerse a no volver a escribir ni una palabra y, naturalmente, permitirnos que firmemos nuestra producción con sus nombres.
Tras algunas negociaciones fallidas, al cabo de unos pocos meses el setenta por ciento de los escritores de su lista había accedido a firma el contrato.
– ¿Sabe usted por qué ha firmado?
– ¿Por qué?
– No es por el dinero. Le sobra.
– ¿Entonces?
– Porque ha visto que el material hecho a máquina es mejor que el suyo.
Trancurrido un año, la mitad de los relatos y novelas publicados eran obra de Adolph Knipe con el Gran Gramatizador Automático.
Y a medida que se divulgaba el secreto aumentaba el número de los autores que corrían a asociarse con el señor Knipe, y así el tornillo se iba apretando con más fuerza sobre los que no se deciden a firmar.

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La historia termina con Dahl hablando en primera persona de esta aterradora manera:
En este preciso momento, mientras oigo los alaridos de hambre de mis nueve hijos en la otra habitación, noto que mi mano se acerca más y más a ese contrato dorado que está al otro lado de la mesa. 
¡Oh, Señor, danos fuerzas para dejar que nuestros hijos mueran de hambre
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Lo mismo este relato le aporta una idea de negocio a la gente de Molino de Ideas.
Solo espero que, si lo ponen en práctica, me nombren director de la agencia literaria que creen para llevar a cabo su tarea.

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Para leer más:
• Roal Dahl: El gran gramatizador automático.
Profesor en la Secundaria. Blog
Mariano José de Larra: Literatura.  Rápida ojeada sobre la historia e índole de la nuestra. Su estado actual. Su porvenir. Profesión de fe. El Español. Diario de las Doctrinas y los Intereses Sociales, n.º 79, lunes 18 de enero de 1836, Madrid.

Larra. Facsímil del su artículo "Literatura"
Mariano José de Larra: Literatura.  Rápida ojeada sobre la historia e índole de la nuestra.
Su estado actual. Su porvenir. Profesión de fe
.
Facsímil del original publicado en El Español. Diario de las Doctrinas y los Intereses Sociales,
n.º 79, lunes 18 de enero de 1836, Madrid.

5 comentarios:

  1. La verdad es que me ofende que se hable de literatura mediocre con tanto desprecio, como si fuera herpes. Los que somos mediocres escritores (o incluso malos, si en este caso lo usabas como eufemismo) tenemos algo muy profundo que decir al respecto:

    tralarí tralará

    ¡muerte a la buena literatura,
    pues solo así seremos grandes!

    (Me gustan Quevedo y Céline y Cervantes y Kafka y Mann... Quiero que esto se sepa desde el principio para que no se interprete esto que voy a decir como los delirios insustanciales de un tonto común. Hay mucha profundidad en mis palabras, hay tanta profundidad que me ahogo).
    Lo que quiero decir es que siempre existirá la literatura mediocre, no es un fenómeno, me parece, que se pueda eliminar. Si la mediocridad precede a la vida, ¿cómo no iba a superarla? Mientras existan escritores, existiremos escritores mediocres (sé que soy mediocre porque participo en certámenes literarios y en todos me descalifican o me ofenden) y gente fea y gente calva, etc. Pero lo malo no es ser un mediocre, sino uno de esos feos y calvos. (¿Quiénes son los feos y los calvos? Los escritores ávidos de farándula literaria que más que escribir expenden, los valedores de la endogamia, los tristes trasteros de intrascendencias). Ahora bien, si con el fenómeno de la literatura mediocre pretendemos decir la cantidad de best-sellers de ínfima calidad que saturan el mercado, entonces estamos hablando de cosas distintas. ¿Cómo es posible que personas jóvenes inteligentes (C.I de 132) se aburran con Crimen y Castigo y prefieran Los pilares de la tierra? De un tonto se esperaría cualquier cosa... pero, ay, un listo, ¿cómo puede tener esos gustos tan caros? Claro que el listo puede ser cualquiera, es sólo un ejemplo de los varios que me he encontrado (mi experiencia personal no vale un pimiento, se dirá con toda la razón). ¿Por qué no surgen escritores de calidad en la misma cantidad que han surgido siempre? (Si surgen, estaremos de acuerdo en que no hay ningún problema). Yo veo que hay demasiada gente fea y calva haciéndose pasar por escritores, gente como decía que no quiere escribir más que por el éxito social que piensan que tendrán, gente más preocupada de la farándula que de los folios en blanco. ¡Que rabia me da esa gente! Doy patadas al suelo cada vez que me encuentro con uno de ellos. Y el problema es que en ese círculo vicioso los jóvenes escritores actuales tienen malos profesores: quieren parecerse a los inútiles, a los feos y a los calvos, en lugar de a los grandes. (Ya sé que no todos son así, pero si tuviéramos que matizar cada palabra que dijéramos nos aburriríamos de minuciosos, no podríamos decir nada y por consiguiente tendríamos que callarlo todo, y ¡qué absurdo sería eso!). También me convence la tesis del artículo que has compartido, aunque claro está que con matices (¿ves? ¡soy inteligente! Soy inteligente, pues ¿quién podría ser tan tonto para creerse inteligente sin serlo?).

    No quiero dejar pasar la oportunidad de volver a despotricar contra los feos y los calvos. Ninguno de ellos quiere escribir cosas importantes, están perfectamente asentados en sus poltronas cómodas de intelectuales. Pero no son intelectuales, les horrorizarían los Sueños y discursos y no entenderían a Céline. Son pedantes comunes, solo que ahora el pedante es la norma. Antes al menos un pedante leía a Joyce: ahora los pedantes leen a Bukowski... Yo qué sé, creo que hay que recuperar un poco el romanticismo, veo demasiado funcionario escribiendo, demasiado burócrata, demasiado mercachifle; pero sin caer en la nostalgia infantil. Los feos y los calvos no asumen riesgos, siguen esquemas comerciales evidentes, son mapas de tumbas agrias. Y bueno, es lo que se lee, el espejo, la aspiración. Por eso creo que irá a peor o por lo menos no mejorará. Y eso me conviene: quiero ser el rey de los gusanos.

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    1. Fantástico tu comentario..bueno si puede llamársele comentario.
      Creo que mucha basura vuela cuando el pampero acaricia la badera. Quiero decir que no todo es cultura..no todo es literatura..y pocos se salvan de la máquina infernal de la indiferencia.

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    2. Fantástico tu comentario..bueno si puede llamársele comentario.
      Creo que mucha basura vuela cuando el pampero acaricia la badera. Quiero decir que no todo es cultura..no todo es literatura..y pocos se salvan de la máquina infernal de la indiferencia.

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  2. Os dejo una prueba de mi mediocridad, un micro (los micros están de moda precisamente por lo que comentaban en ese artículo. Lo que sucede es que hay micros muy buenos, pero la mayoría son predecibles y solo buscan el efecto final.)

    Se llama El susto.

    El Susto
    Buh.

    (¡En fin! Es triste saberse mediocre, me gustaría que intentéis empatizar con nosotros un poco más)

    Saludos.

    Pd. Responde a esto: ¿qué piensas de un certamen literario en cuyas bases se menciona que los relatos irreverentes serán retirados? ¿no es triste, patético, ridículo y evidencia poquísimo conocimiento literario? ¡Ay, qué habría sido del pobre Cervantes en este mundo donde la irreverencia se castiga con el vacío y el reproche y sólo se premia lo vacío y lo predecible y lo que se limita a satisfacer expectativas comerciales! Bueno, lo peor es que se castigó siempre: ¿no hemos progresado nada?

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    1. Jorge: interesantes reflexiones, con las que eventualmente puedo llegar a estar de acuerdo.

      Solo quería indicar que todo el artículo se escribió con una clara intención irónico-cínica, como creo que lo es el relato de Dahl, y que creí dejar claro con los úlltimos párrafos.

      Respecto a ese certamen que retira los relatos irreverentes... con su pan se lo coma; nadie debería presentarse a él.

      Y el "sonrisa vertical" desapareció…

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