jueves, 2 de junio de 2016

Libros que nunca fueron escritos

Ya sabemos que Cervantes se anticipó a las modernas estrategias del márketing editorial al anunciar segundas partes de obras que luego no escribió, como hizo con La Galatea; o al autocitarse en sus propias novelas como guiño a sus lectores y señuelo para sus editores, como hizo con El Quijote.

Pero no fue ni el único ni el primero en hacer uso de estas estas prácticas. Y otras obras y autores han sido también objeto de especulación sobre sus verdaderas intenciones, autoría o, simplemente, sobre su autenticidad o incluso su propia existencia.


• Segundo libro de la Poética de Aristóteles. 
Primera página
del Tractatus Coislinianus
La Poética de Aristóteles en su conjunto era una obra que no estaba destinada a ser leída sino a ser oída. Orientada a la enseñanza, se utilizaba como guía para el maestro más que como libro de texto. Seguramente esa es la razón de que el texto permaneciera desaparecido durante siglos y no se conservan códices ni manuscritos de la obra anteriores al siglo X.

La segunda parte en concreto parece que se habría centrado en el estudio de la comedia como medio de conseguir la catarsis. En román paladino, que "a través del placer y la risa se produce la purgación de las emociones". Se trataría del contrapunto necesario de la primera Poética en la que trata sobre la Tragedia:
“La tragedia conmueve las emociones temerosas del alma a través de la compasión y el terror. Y va destinada a crear la justa proporción de temor. La comedia es una imitación de una acción que es absurda e imperfecta, presentada directamente por las personas que actúan; a través del placer y la risa se produce la purgación de las emociones”. 
No existe certeza de que la Segunda parte de la Poética fuera realmente escrita. No existen copias ni más referencias que el Tractatus Coislinianus, manuscrito del siglo X en el que se recoge un resumen de su contenido.

Las especulaciones sobre la obra son diversas: que se quemó en la Biblioteca de Alejandría, que desapareció durante la Edad Media o que no fue obra del propio Aristóteles sino de alguno de los exégetas de su obra.
Como su supuesto autor, Aristóteles, es tradicionalmente reconocido como una autoridad en cuanto escribió, el solo hecho de que hablara de la comedia y de sus efectos benéficos y aleccionadores frente a la tragedia provocaba terror en los más reaccionarios guardianes del dogma cristiano, como quedó magistralmente reflejado en la primera novela de Umberto Eco, El nombre de la Rosa.

Por cierto: el propio Eco hizo automención de su primera novela en su segunda, El péndulo de Foucault, cuando unos de los protagonistas, editor él, menciona que tiene sobre su mesa un "pesado" manuscrito sobre unos crímenes en una abadía medieval.


• También Francisco de Quevedo era aficionado a anunciar segundas partes. Así lo hizo con El buscón, en la última frase:
“determiné de pasarme a Indias y ver si mudando mundo y tierra mejoraría mi suerte. Y fueme peor, como V. Md. verá en la segunda parte, pues nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar y no de vida y costumbres”. 
Segunda parte que, como todo el mundo sabe a estas alturas, nunca vio la luz.
Pero tiene otra obra mucho menos conocida, Vida de Marco Bruto, en la que glosa la vida del asesino de César escrita por Plutarco. De ella también anunció una segunda parte en sus últimas cartas:
 “Aquí es hivierno terrible de hielo, y a mí me tiene aún sin aliento para tiritar, inútil para ningún ejercicio del mundo; en todo voy dictando la Segunda parte de la vida de Marco Bruto, y he de procurar que no pierda por segunda”. 11 de diciembre de 1644. 
“Si el tiempo me hubiera dado lugar, y la salud, ya estuviera en buen estado la Segunda parte del Bruto, porque estoy persuadido ha de preferirse al que salió primero”. 19 de diciembre de 1644.
“…a pesar de mi poca salud, doy fin a la Vida de Marco Bruto…”. Enero de 1645. 
“…cuán cerca estuve de acabar antes mi vida que la de Marco Bruto…”. 22 de marzo de 1645. 
Ya no vuelve a hablar del tema. Muere en septiembre de 1645 y se pierde toda noticia del manuscrito a medio hacer.


El Lazarillo visto por Goya.
• El Lazarillo.
De nuevo, una frase final parece indicar que habrá continuación
“De lo que de aquí adelante me sucediere, avisaré a vuestra merced”. 
Aunque bien podría tratarse de una argucia narrativa. Lo cierto es que se ve que, o no avisó, o nada le sucedió, pues no hay constancia de ningun aviso posterior a “a vuestra merced”.

El Lazarillo tuvo continuaciones. La primera de ellas, inmediata al éxito de la original, es tan delirante que con seguridad no fue escrita por el mismo autor; y la segunda se publicó casi un siglo después.
Y no es de extrañar que no continuara la obra si tenemos en cuenta que fue publicada como anónima por temor a la Inquisición; buenos motivos tenía el autor para permanecer en el anonimato pues la obra fue incluida en el “Índice de libros prohibidos”. Las siguientes ediciones fueron debidamente expurgadas, y tuvo que llegar el siglo XIX para que se publicara en España la versión orginal completa.
Si han seguido la serie de TVE “El ministerio del tiempo”, sabrán que hay un verosímil capítulo dedicado a esta obra.


Sherlock Holmes, escritor. 
El mismísimo Sherlock Holmes dedicaba su tiempo libre entre investigación e investigación a escribir tratados de criminología, basados en sus casos siempre adecuada y brillantemente resueltos.

Esos libros no escritos adornaban su biblioteca sita en, acaso, la dirección más famosa de Londres después del 10 de Downing Street. En Estudio en escarlata, primer relato de Conan Doyle en el que aparece el ínclito investigador, realiza un concienzudo estudio sobre el tabaco. Y es en su siguiente aparición, El signo de los cuatro, donde el propio Holmes menciona su monografía
“…Sobre las diferencias entre las cenizas de los diversos tabacos. En ella cito ciento cuarenta clases de cigarros, cigarrillos y tabacos de pipa, con láminas en color que ilustran las diferencias entre sus cenizas. Es un detalle que surge constantemente en los procesos criminales, y que a veces tiene una importancia suprema como pista”. 
También “pensó seriamente en escibir una monografía acerca de la utilidad de los perros en el trabajo de un detective”, entre otras obras de temas y títulos sugerentes.


• Y para rizar el rizo, les dejo el caso de Honorio Bustos Domecq, que es un narrador que ni siquiera existió. Ese nombre era en realidad una invención a partir de los apellidos de los bisabuelos de… Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, los autores ocultos bajo el pseudónimo.

En el primer libro de este autor “fantasma”, Seis problemas para don Isidro Parodi, una educadora ficticia miembro de la Academia Argentina de Letras realizó una supuesta biografía del escritor; y el prólogo salió de la pluma de otro imaginario personaje que dice ser su amigo.

Borges y Bioy se adentraron magistralmente en el género policiaco a través de Isidro Parodi, un perspicaz recluso que resuelve sus casos desde la cárcel. Publicaron con posterioridad otras obras bajo ese psudónimo pero esta fue la primera, y su éxito provocó que muchos lectores acudieran a las librerías a buscar aquellos libros que se le atribuían en la propia obra: ¡Hablemos con propiedad!, Entre libros y papeles o Astros nuevos: Azorín, Gabriel Miró, Bontempelli, además de otras composiciones poéticas y narrativas.

Genial juego de farsa e ingenio creativo.


•  A su curiosidad dejo el caso de Franz Kafka y la muñeca viajera que escribía cartas a su dueña. Kafka nunca escribió una novela que llevara semejante título o tratara de ese asunto pero sin embargo sí provocó que otros se ocuparan del tema: Jordi Sierra i Fabra lo hizo en Kafka y la muñeca viajera y Paul Auster lo menciona en Brooklin folies.

No creo que El Necromicón merezca una hueco entre estas líneas.

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