miércoles, 28 de junio de 2017

Las segundas partes de las obras de Cervantes y la autocita

La mejor manera de asegurar la continuidad de una obra es dejar un final abierto, anunciar una segunda parte o crear expectativas sobre una eventual secuela.

De esta estrategia tenemos multitud de ejemplos recientes, sobre todo en el mundo del cine, aunque también en el de las letras.

Pero esa argucia ya se utilizaba en el Siglo de Oro. Y el caso de Cervantes es acaso el más notable.

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La mejor manera de asegurar la continuidad de una obra es dejar un final abierto, anunciar una segunda parte o crear expectativas sobre una eventual secuela.

De esta estrategia tenemos multitud de ejemplos recientes, sobre todo en el mundo del cine, aunque también en el de las letras.

Pero esa argucia ya se utilizaba en el Siglo de Oro. Y el caso de Cervantes es acaso el más notable.

La producción del alcalaíno no fue muy extensa si la comparamos con otros compañeros de viaje literario: Lope de Vega o Quevedo, por ejemplo, fueron mucho más prolíficos. Escribió únicamente tres novelas, una serie de novelas cortas agrupadas bajo el nombre de “ejemplares” y alguna otra obra menor. Sin embargo una de ellas suficiente para elevarlo al Olimpo de los dioses de la literatura universal.

Cervantes era experto en anticipar segundas partes de sus obras aunque solo una de esas promesas se vio cumplida, seguramente muy a su pesar. Y también hacía uso hábil y habitual de la autocita. 

La Galatea fue su primera novela. Se publicó en 1585 con el intencionado título de “Primera parte de”, lo que pone de manifiesto su intención de publicar una segunda parte. En el último párrafo afirma:
El fin deste amoroso cuento y historia (...) con otras cosas sucedidas a los pastores hasta aquí nombrados, en la segunda parte desta historia se prometen, la cual, si con apacibles voluntades esta primera viene rescibida, tendrá atrevimiento a salir con brevedad a ser vista de los ojos y entendimiento de las gentes. 
Final de La Galatea

Y si hablamos de autocitas, en el capítulo VI de la primera parte del Quijote, donde se trata “Del donoso y grande escrutinio que el cura y el barbero hicieron en la librería de nuestro ingenioso hidalgo”, además de libros de caballerías, también varias novelas pastoriles acaban en la hoguera. Una de las que se salvan de la quema es precisamente La Galatea y anuncian que muy pronto Cervantes sacará la segunda parte:
—… Pero ¿qué libro es ese…?
—La Galatea de Miguel de Cervantes —dijo el barbero.
—Muchos años ha que es grande amigo mío ese Cervantes, y sé que es más versado en desdichas que en versos. Su libro tiene algo de buena invención: propone algo, y no concluye nada; es menester esperar la segunda parte que promete…
Y no contento con esto, la promesa de continuación todavía se reiterará en la dedicatoria del Persiles “A Don Pedro Fernández de Castro, Conde de Lemos, de Andrade, de Villalba; Marqués de Sarria… (y bla, bla, bla…)":
Si a dicha, por buena ventura mía (que ya no sería ventura, sino milagro), me diese el Cielo vida, las verá, y con ellas fin de La Galatea, de quien sé está aficionado Vuesa Excelencia.
 Al final, murió sin cumplir la promesa.

Portada del Persiles.
Edición Princeps
De los Los trabajos de Persiles y Segismunda no prometió continuación pero sí se refirió a ella en anteriores ocasiones. Fue su última obra aunque con seguridad ya estaba bastante avanzada para cuando acometió la continuación del Quijote. Así se trasluce del prólogo de las Novelas Ejemplares y de la dedicatoria de la Segunda parte del Quijote, en la que anuncia:
Con esto me despido, ofreciendo a V. Ex. los Trabajos de Persilis (sic) y Sigismunda, libro a quien dare fin dentro de quatro meses, Deo volente 
Poco más de los cuatro meses indicados tardó Cervantes en terminar la obra, cuya dedicatoria escribió en Madrid a 19 de abril de 1616, cuatro días antes de su muerte.

Cervantes terminó “El Persiles” apresuradamente antes de morir y se publicó de forma póstuma dos años después de su muerte. Seguramente por eso no prometió continuación, sabedor de que el fin de sus días estaba próximo.


El caso del Quijote. El plagio más sonado de la literatura 

Cervantes escribe El Quijote ante sus dos personajes.
Cervantes escribe El Quijote ante sus dos personajes.
Avenida Arcentales. Madrid
Foto: Carlos Viñas
Difícil de asegurar es que Cervantes realmente tuviera intención de escribir una Segunda Parte del Quijote, pese a declarar al final de la Primera
Pero el autor desta historia, puesto que con curiosidad y diligencia ha buscado los hechos que don Quijote hizo en su tercera salida, no ha podido hallar noticia de ellas, a lo menos por escrituras auténticas: solo la fama ha guardado, en las memorias de la Mancha, que don Quijote la tercera vez que salió de su casa fue a Zaragoza, donde se halló en unas famosas justas que en aquella ciudad se hicieron, y allí le pasaron cosas dignas de su valor y buen entendimiento. 
Y además concluye la obra con una serie de poemas que no son sino epitafios dedicados a las tumbas de los protagonistas: Dulcinea, Sancho y el mismo Don Quijote:
Aquí yace el caballero
bien molido y malandante
a quien llevó Rocinante
uno y otro sendero.
Sancho Panza el majadero
yace también junto a él,
escudero el más fïel
que vio el trato de escudero. 
Así que, aun encontrándonos frente a un final abierto, no parece que Cervantes verdaderamente contemplase la posibilidad de una continuación.

Hasta que el plagio más sonado de la literatura cambió el curso de los acontecimientos.

Primera página del
Quijote de Avellaneda
Un tal Alonso Fernández de Avellaneda, en vista del éxito que tuvo el Quijote de Cervantes, se apropió de los personajes y de las expectativas abiertas al final de la Primera Parte y continuó por su cuenta y riesgo las andanzas del Caballero de la Triste Figura, llevándolo efectivamente a Zaragoza.

Fue en 1614 y el título no deja lugar a dudas sobre sus intenciones plagiarias: Segundo tomo del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.

De no haber sido por el pérfido “pirata” Avellaneda y “su” Quijote, que circuló como auténtico durante algún tiempo y que gozó de bastante difusión, seguramente el Quijote de Cervantes sería una obra demediada. O simplemente especularíamos con una segunda parte que nunca se escribió.

Visto el plagio, Cervantes se pone manos a la obra para "desfacer" el entuerto, emprende la tarea de continuar él mismo las andanzas de Don Quijote y, como venganza o como manera de diferenciar la copia del original, decide cambiar de rumbo y no llevarlo a Zaragoza.

Pese a todo, sí lo encamina a tierras aragonesas, hasta el punto de que Aragón ocupa la cuarta parte del total del libro, más de 30 capítulos de la segunda entrega y Zaragoza es la ciudad más citada y aludida de toda la novela.

Y se apresuró a hacerlo, pues la auténtica Segunda Parte se publicó pocos meses después del plagio y solo otros pocos meses antes de la muerte de Don Miguel.

Pero héteme aquí que Cervantes decide ir un paso más allá y escarmentar a Avellaneda y a su falsa segunda parte haciendo mención expresa a ella en el capítulo 59 de la verdadera segunda parte.

Hallánse Don Quijote y Sancho en una venta. Se dirigen a sus aposentos para cenar y allí escuchan una conversación proveniente de los huéspedes de la estancia contigua, "que no le dividía más que un sutil tabique":
– Por vida de vuestra merced que en tanto que traen la cena leamos otro capítulo de la segunda parte de Don Quijote de la Mancha. Apenas oyó su nombre don Quijote, cuando se puso en pie y con oído alerto escuchó lo que dél trataban…:  
– ¿Para qué quiere vuestra merced que leamos estos disparates, si el que hubiere leído la primera parte de la historia de don Quijote de la Mancha no es posible que pueda tener gusto en leer esta segunda?  
– Con todo eso será bien leerla, pues no hay libro tan malo, que no tenga alguna cosa buena. Lo que a mí en este más desplace es que pinta a don Quijote ya desenamorado de Dulcinea del Toboso.

Ilustración del Capítulo 59 de la Segunda Parte  del Quijote
Ilustración del Capítulo 59 de la Segunda Parte
del Quijote donde se describe la escena relatada
Don Quijote, lleno de ira y despecho, les responde desde su aposento, desmintiendo tal despropósito. A lo que sigue una conversación entre los dos caballeros y Don Quijote:
– sin duda vos, señor, sois el verdadero don Quijote de la Mancha, norte y lucero de la andante caballería, a despecho y pesar del que ha querido usurpar vuestro nombre y aniquilar vuestras hazañas, como lo ha hecho el autor deste libro que aquí os entrego.  
Y poniéndole un libro en las manos, que traía su compañero, le tomó don Quijote y, sin responder palabra, comenzó a hojearle y de allí a un poco se le volvió, diciendo  
– En esto poco que he visto he hallado tres cosas en este autor dignas de reprehensión. La primera es algunas palabras que he leído en el prólogo; la otra, que el lenguaje es aragonés, porque tal vez escribe sin artículos, y la tercera, que más le confirma por ignorante, es que yerra y se desvía de la verdad en lo más principal de la historia, (…) y quien en esta parte tan principal yerra, bien se podrá temer que yerra en todas las demás de la historia
La escena continúa con los cuatro personajes compartiendo "mesa y mantel" y con Don Quijote dando nuevas válidas de sus andanzas y de su señora Dulcinea. Y finaliza:
… y aunque quisiera que don Quijote leyera más del libro no lo pudieron acabar con él, diciendo que él lo daba por leído y lo confirmaba por todo necio, y que no quería, si acaso llegase a noticia de su autor que le había tenido en sus manos, se alegrase con pensar que le había leído… 

Venganza cumplida.

¿Se han dado cuenta de que el único libro de caballerías, del que se tiene relato expreso, que realmente leyó Don Quijote, siquiera en parte, fue su propia historia apócrifa?
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