miércoles, 30 de mayo de 2018

James era Jan. Jan Morris: la cronista de la conquista del Everest

"Tenía tres o tal vez cuatro años cuando me di cuenta de que había nacido en el cuerpo equivocado, y realmente debería ser una niña. Recuerdo bien el momento y es el recuerdo más antiguo de mi vida". 

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James Morris saluda a Hillary
James Morris saluda a Hillary
después del éxito en el Everest. 30 mayo 1953
El Everest fue escalado por primera vez el 29 de mayo de 1953. Pero, por temor a una filtración de la exclusiva, no podían usar la radio para comunicar el éxito así que el resto del equipo se enteró al día siguiente, cuando, en el descenso, los propios alpinistas de altura lo pudieron decir en persona.

El enviado especial del diaro "The Times", patrocinador de la expedición, era James Morris. Escritor e historiador, acompañó a la British Mount Everest Expedition en calidad de observador, y se encontraba el día 30 de mayo en el campo IV, a unos 6700 m, cuando recibió la noticia del éxito de Hillary y Tenzing del día anterior. Él se encargó de comunicarla al resto del mundo mediante un ingenioso sistema de codificación del mensaje que permitió que se publicara el día 2 de junio, coincidiendo con la coronación de Isabel II.

Reunión de miembros de la Expedición de 1953
Hoy James Morris es Jan Morris, escritora e historiadora, tras someterse a uno de los primeros procesos de cambio de sexo. Morris se había casado en 1949 y tuvo cinco hijos. Pero a mediados de los sesenta decidió afrontar la realidad de que realmente se sentía mujer y comenzó su tratamiento para cambiar de sexo, que culminó en 1972.

Como las leyes inglesas le obligaban a divorciarse de su mujer, Elizabeth, para realizar la operación tuvo que desplazarse en Marruecos. A la vuelta no quedó más remedio que regularizar esa anómala situación porque la legislación británica no permitía los matrimonios de personas del miso sexo.

Jan Morris y su mujer Elizabeth
Jan Morris y su mujer Elizabeth
De todas formas, Elizabeth y Jan siempre permanecieron juntos y en 2008, con el cambio de legislación, se casaron de nuevo en una ceremonia civil.
En 1974 Jan Morris publicó un libro autobiográfico titulado Conundrum en el que narró su experiencia personal de transexualidad. Comienza:
"Tenía tres o tal vez cuatro años cuando me di cuenta de que había nacido en el cuerpo equivocado, y realmente debería ser una niña. Recuerdo bien el momento y es el recuerdo más antiguo de mi vida".
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Javier Sanz, Rafael Ballesteros Díaz; Ni tontas ni locas. Cuando anónimo era sinónimo de mujer. Ed. Oberon. 2018
Prólogo de Elisenda Roca, Olga Viza, Estrella Montolío y Rosa María Calaf. Ilustraciones de Xurxo Vazquez.
Ni tontas ni locas. Portada libro

jueves, 24 de mayo de 2018

Ni tontas ni locas. Cuando anónimo era sinónimo de mujer

Pese al grueso calibre de los desprecios que han dedicado a las mujeres filósofos e intelectuales de todas las épocas, si algo han demostrado las mujeres a lo largo de la historia es que no han sido ni tontas ni locas. Y eso es lo que hemos querido reflejar en este libro.

Ni tontas ni locas
Ni tontas ni locas.
En él encontrarás artistas, científicas, inventoras, escritoras, soldados, exploradoras, víctimas y heroínas de todas las épocas, precursoras y referentes en sus respectivos campos. Algunas son bastante conocidas pero imprescindibles; otras, actuales por revisiones recientes; y otras muchas casi completamente anónimas. La recopilación no pretende ser enciclopédica ni sistemática sino reivindicativa aun a sabiendas de que son mayores las ausencias que las presencias. Virginia Woolf acertó en el diagnóstico en Una habitación propia: “Me atrevería a aventurar que Anónimo, que tantas obras escribió sin firmar, era a menudo una mujer”.

Javier Sanz, Rafael Ballesteros Díaz; Ni tontas ni locas. Cuando anónimo era sinónimo de mujer. Ed. Oberon. 2018
Prólogo de Elisenda Roca, Olga Viza, Estrella Montolío y Rosa María Calaf.Ilustraciones de Xurxo Vazquez.

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"Existe un principio bueno que creó el orden, la luz y el hombre; y un principio malo que creó el caos, la oscuridad y la mujer". Palabra de Pitágoras.

Y la palabra de Confucio es que “tal es la estupidez del carácter de la mujer que en todas las cuestiones le incumbe desconfiar de sí misma y obedecer al marido".

Dice San Pablo en su primera Carta a los Corintios, versículos 34 y 35:
34 Como en todas las iglesias de los santos, que las mujeres callen en las asambleas, pues no se les está permitido hablar; más bien, que se sometan, como dice incluso la ley.
35 Pero si quieren aprender algo, que pregunten en casa a sus maridos, pues es indecoroso que las mujeres hablen en la asamblea”.

San Agustín era de la opinión de que “las mujeres no debe ser iluminadas ni educadas en forma alguna. De hecho, deberían ser segregadas, ya que son causa de insidiosas e involuntarias erecciones en los santos varones”.

Que “la mujer no es más que un hombre imperfecto” es de la cosecha de Averroes, pero ya Aristóteles había dicho lo mismo unos mil quinientos años antes.

De Santo Tomás de Aquino es la sentencia: ”…fue necesario crear a la hembra como compañera del hombre en la única tarea de la procreación, ya que para el resto, el hombre encontrará ayudantes más válidos en otros hombres”.

Y de Martín Lutero son las palabras "aunque se agoten y se mueran de tanto parir, no importa, que se mueran de parir, para eso existen".

Erasmo de Rotterdam explicaba en su Elogio de la locura que "la mujer es, reconozcámoslo, un animal inepto y estúpido aunque agradable y gracioso”, cuyo destino en la vida es “sazonar y endulzar” con su estupidez la tristeza del carácter varonil; y “si, por casualidad, alguna mujer quisiere ser tenida por sabia, no conseguiría sino ser doblemente necia”; justifica el proverbio clásico de que “aunque la mona se vista de seda, mona se queda” para concluir que “la mujer siempre será mujer, o sea loca, por muchos esfuerzos que realice para ocultarlo”.

Fray Luis de León afirmaba en La perfecta casada que la mujer fue hecha “para un solo oficio simple y doméstico”, y que “la naturaleza les limitó el entender, y por consiguiente, les tasó las palabras y las razones”.

Voltarie el ilustrado, el mismo que sostenía que “No todos los ciudadanos de un Estado pueden ser igual de poderosos, pero deberían ser igual de libres”, en su Diccionario filosófico, sentenciaba que las mujeres "han nacido para agradar y para ser el adorno de las sociedades; y parece que han sido creadas para suavizar las costumbres de los hombres".

Y Balzac era de la opinión de que “por muchas razones, no es bueno que la mujer estudie y sepa tanto”.

 La lista es larga… tal era la consideración hacia la mujer. Y, como ven, el arsenal utilizado durante siglos ha sido de grueso calibre y el fuego, proveniente de los más diversos frentes. Pero a pesar de todo ha habido a lo largo de la historia muchas mujeres que rompieron el molde y aplicaron, pese a todas las dificultades, la máxima de Virginia Woolf de que “no hay barrera, cerradura ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente”: todas derribaron barreras o marcaron el camino aunque corrieran suerte desigual.

Hablar a tontas y a locas es expresión antigua y siempre con doble sentido. Ya el prólogo del Quijote contiene unos versos donde Urganda la Desconocida, la maga protectora del Amadís de Gaula, previene al autor, Cervantes, de que debe andarse con tiento y dejarse de frivolidades porque “el que saca a la luz pape-(les) / para entretener donce-(llas) / escribe a tontas y a lo-(cas)”.

Luis Quiñones Benavente, en su Entremés cantado. El soldado, termina:
De aquestas palabras pocas,
no os agraviéis, damas, no;
que ya se sabe que yo
lo digo a tontas y a locas. 
 Y Juan de Robles, en El culto sevillano, retrata una escena en la que el fraile Juan Farfán se ve comprometido y cómo sale del paso: ·Convidáronle ciertas monjas para predicarles un sermón grave, dándole poco lugar de estudiar. Subióse al púlpito y escusóse de ello y remató la escusa diciendo: "Pero, al fin, hoy predicaremos a tontas y a locas, como pudiéramos".

Se ve que nuestro flamante premio Nobel Jacinto Benavente se inspiró en este último pasaje para declinar la invitación que le cursó el Lyceum Club Femenino, auténtico foro de la intelectualidad española de nuestra Edad de Plata, para que impartiese una conferencia. Premura y desdén inspiraron un “No tengo tiempo; no puedo dar una conferencia a tontas y a locas”.

Pero si algo han demostrado las mujeres de todas las épocas es que no han sido ni tontas ni locas. Y eso es lo que hemos querido reflejar en estas páginas. En ellas encontrarás artistas, científicas, inventoras, escritoras, soldados, exploradoras, víctimas y heroínas de todas las épocas, precursoras y referentes en sus respectivos campos. Algunas son bastante conocidas pero imprescindibles; otras, actuales por revisiones recientes; y otras muchas casi completamente anónimas. La recopilación no pretende ser enciclopédica ni sistemática sino reivindicativa aun a sabiendas de que son mayores las ausencias que las presencias. De nuevo es Virginia Woolf la que acertó en el diagnóstico en Una habitación propia: “Me atrevería a aventurar que Anónimo, que tantas obras escribió sin firmar, era a menudo una mujer”.













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Javier Sanz, Rafael Ballesteros Díaz; Ni tontas ni locas. Cuando anónimo era sinónimo de mujer. Ed. Oberon. 2018
Prólogo de Elisenda Roca, Olga Viza, Estrella Montolío y Rosa María Calaf.
Ilustraciones de Xurxo Vazquez.

• Entrevista en RNE en el programa Gente despierta, con Carles Mesa
• Entrevista en Aragon Radio en el programa #Escuchate. (min 36:30)

martes, 15 de mayo de 2018

Williamina Fleming: computadora de Harvard

Williamina Fleming nació un 15 de mayo. Fue la primera supervisora del equipo de "Computadoras de Harvard", también conocidas como el "Harem de Pickering". Las aportaciones de este equipo de mujeres fueron fundamentales para la astronomía moderna.

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Henry Draper fue un reconocido médico de la segunda mitad del siglo XIX, pero además de la medicina tenía otras pasiones: la astronomía y la fotografía. Fusionando ambas desarrolló la técnica de fabricación de telescopios y la de capturar las observaciones en placas fotográficas. Otro célebre médico, que llegó a Premio Nobel, fue también pionero de la fotografía en España. Tras la muerte de Draper en 1882 su viuda legó todo su trabajo y una importante suma de dinero para financiar la realización de un catálogo estelar, basado en las fotografías obtenidas de las estrellas, que llevara el nombre de Henry Draper y que todavía sigue vigente. Esa tarea recayó en el director del Observatorio de Harvard, Charles Pickering. Con esa aportación económica decidió contratar personal para la catalogación y clasificación de todo el material existente y el nuevo que se iba añadiendo tras las nuevas observaciones.

Y contrató mujeres. ¿Por qué se le ocurriría hacer tal cosa, en unos tiempos en los que la mujer solo podía aspirar a tareas domésticas, a trabajar en alguna fábrica o, como mucho, a ser maestras o enfermeras? Los motivos fueron de diversa índole: por un lado, que no estaba satisfecho con el rendimiento de su personal masculino, desbordado por la cantidad de datos que tenía que procesar; por otro, la diligencia y precisión con las que las mujeres desarrollaban habitualmente su trabajo; y no menos importante, que el salario que había que pagarles era sustancialmente inferior al que la universidad hubiera tenido que pagar a un hombre. Así es como entró a formar parte del proyecto Williamina Fleming, la primera mujer contratada por Pickering, que era su ama de llaves. Williamina poseía una aceptable educación y había ejercido de maestra, pero cuando su marido la abandonó tuvo que buscar un trabajo de asistencia doméstica y entró a trabajar para el astrónomo. Era 1881.

Más allá del trabajo rutinario de gestión, algunas de estas mujeres merecen el reconocimiento individual por sus aportaciones fundamentales al campo de la astronomía. La mencionada Williamina Fleming fue la primera supervisora del equipo, encargada entre otras cosas de entrevistar y contratar a nuevas candidatas, y la responsable de crear el sistema básico de clasificación de las estrellas. Es probable que hayan oído hablar de la Nebulosa Cabeza de Caballo o que hayan visto su imagen en algún documental; pues bien, fue Williamina su descubridora.

A lo largo de su carrera descubrió personalmente numerosos objetos estelares como novas, nebulosas, estrellas variables y a ella debemos el descubrimiento de un tipo de estrellas, conocidas como enanas blancas. Su nombre no apareció en los créditos del primer Catalogo Índice de Nebulosas y Cúmulos de Estrellas por obra y gracia de su responsable, John Dreyer, que atribuyó todo el mérito a Pickering. Afortunadamente, la segunda edición del Catálogo sí le otorgó el justo reconocimiento.

En 1906 se convirtió en miembro honorario (las mujeres no podían ser miembros de pleno derecho) de la Royal Astronomical Sociey of London. Sus aportaciones merecieron el honor de que un cráter de la Luna lleve su apellido, aunque ex aequo con el descubridor de la penicilina.

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Este texto es un fragmento del libro Ni tontas ni locas, de Javier Sanz, de Historias de la historia, y este que les habla publicado por Oberon, con prólogo de Elisenda Roca, Olga Viza, Estrella Montolío y Rosa María Calaf.
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